Enanos parados sobre los hombros de gigantes

Publicado: 24 marzo, 2011 en Ciencia Ficción

   

   La subasta de vinos criogenizados había conmocionado a la Estación Espacial Rajub 7. En realidad, el proceso de conservación al que había sido sometida la curiosa bebida era mucho más sofisticado que un congelamiento –en tanto conservaba el vino eternamente en el punto de maduración considerado por la mayoría de los expertos como “ideal”-, pero Vit desconocía tanto el término correcto a ser empleado para referirse a tal prodigio como los detalles técnicos involucrados en el mismo.

 Lo único que sabía con certeza era la fortuna que había pagado por la botella; la puja había sido durísima. Los habitantes de esta comunidad historicista sabían muy bien cuando tenían un tesoro frente a sus ojos, pero pese a ello la reciente mudanza de Vit aquí había logrado dar sus primeros frutos.

 Se trataba de la primera confirmación de que había hecho lo correcto. La decisión de establecerse allí había sido difícil de tomar. Hasta que se preguntó por qué el apego al pasado y sus objetos, entendido como un hobby, no sería razón tan válida como cualquier otra para reunirse y convivir con quienes compartiera el mismo interés. La lógica del postulado le pareció tan irrefutable que su incertidumbre cesó de inmediato.   

   Vit entró a sus habitaciones y se dirigió presuroso hacia el control climático. Consideró que 14 grados grados Celsius, la temperatura ambiente de la bodega (según indicaba el panfleto adjunto), sería la temperatura adecuada; reguló luego la humedad y el nivel de ozono hasta sentirlos a gusto. Mecánicamente presionó un botón imperceptible en el cuello de su anatómico traje plateado y éste se autoabsorbió hasta quedar reducido a una pequeña plaqueta que sostuvo un segundo entre los dedos índice y pulgar de su mano derecha, para luego apoyarla sobre un estante.

 La Estación Espacial era uno de los dos lugares en la galaxia en los que no le importaba usar este tipo de traje, el otro era su tierra natal, Olimpia III. En la estación era el único humano entre razas alienígenas para quienes era imposible distinguir un humanoide de cualquier otro. En su planeta en cambio, entre sus pares, su peculiar situación estética pasaba casi desapercibida.

Completamente desnudo se aproximó a uno de los amplios ventanales y con sólo apoyar la palma de su mano este se transparentó. Se extendía de lado a lado de su sala de estar, desde el piso hasta el techo. La vista de este sector de la galaxia era abrumadora, un estallido estelar. Fascinado, se quedó unos segundos observando el espectáculo; alcanzar las estrellas había sido su sueño desde que tenía memoria y finalmente lo había logrado.

No era este el único recuerdo que lo trasladaba a su infancia. El pueril exhibicionismo del que estaba haciendo gala le producía cierto pícaro e ingenuo placer. De cualquier modo, sabía que no contaba con público; las naves espaciales atracaban del otro lado de la Estación.

 De este lado se encontraba el ala residencial; la correspondiente a su sala de estar sería sólo una abertura entre cientos de otras, una celda en una colmena, poco llamativa para que eventuales voyeurs la percibieran (el planeta habitado más cercano se encontraba a una cantidad de años luz tal que el telescopio más moderno y poderoso no podría zanjar).

   Vit dio la espalda al ventanal y contempló orgulloso su colección, resultado de una relativamente corta aunque intensa vida de coleccionista. Tomó su bata de jacquard, un tejido natural que aunque sofisticadamente elaborado carecía de la más elemental tecnología incorporada; no filtraba la transpiración, no se adaptaba a la forma del cuerpo, no regulaba la temperatura corporal de quien lo usaba, no protegía de ataques ni portaba sensores ni cambiaba de color ni exudaba ninguna fragancia. Para cualquiera, un pedazo de trapo sin valor, una verdadera porquería.

Pero para Vit era una joya, el ropaje de un emperador, de un largo que rozaba el piso, con las mangas holgadas y el cuello en seda rasada color verde claro símil mostaza, verde que lujuriosamente se prolongaba en obscenos tulipanes de los cuales nacían tallos, ramas y hojas que se entremezclaban sobre un fondo ocre tornasolado.

Se puso la bata y al sentir rozar la tela sobre sus músculos escuchó el murmullo que se producía al moverse y sin poder evitarlo se le puso la piel de gallina. No podía verse pero sabía que se había sonrojado. Ató parsimoniosamente la cinta que rodeaba su cintura, ajustándola con firmeza.

   Desde el momento en que había entrado se habían prendido las luces y había comenzado a escucharse música de fondo. Una cantante de jazz, de standars podríamos decir, susurraba e invitaba a relajarse.

Vit palmeó una vez y se hizo un silencio absoluto, la habitación estaba perfectamente aislada de todos los ruidos externos. Las paredes estaban preparadas para percibir el estado de ánimo del único habitante, amo y señor de estos aposentos, y en consecuencia comenzaron a adquirir una tonalidad rojiza.

 Fue entonces que, tomó nuevamente el panfleto para ver como poder hacerse del cabernet, cuyo nombre figuraba ininteligiblemente en la etiqueta y tampoco se hallaba transliterado en el panfleto. Sólo reconocía una numeración, por lo que concluyó que la bebida, que contaba con adjudicado e incierto origen en alguna región olvidada de la no menos mítica Tierra (supuesta y discutible cuna original de la humanidad), pertenecía a una partida limitada.

 El procedimiento para sacarla de su letargo parecía sencillo, bastaba con introducir un código que le habían proporcionado en el tablerito ad hoc del compartimiento de vidrio (o un material parecido) et voilá, el mismo se abriría.

   Siguió las instrucciones y cuando no se produjo nada en forma inmediata, por un momento temió haber sido estafado. Pero no, se equivocaba; luego de la breve demora la caja translúcida se abrió como una flor de loto, dejando a la vista el envase y un cartucho holográfico.

Fue entonces cuando Vit sintió realmente que el extraño presente del remotísimo pasado le estaba predestinado; esos cartuchos habían dejado de usarse hacía años, sólo un chiflado por lo antiguo como él podía poseer el aparato adecuado para que el holograma se proyectara. Introdujo el cartucho y de inmediato aparecieron opciones en la pantalla del reproductor: “Participar en la escena”, “Sólo observar”.  Luego de optar por la segunda opción, apretó “Pausa”.

   Parsimoniosamente tomó la botella de vino y  con un cortaplumas rompió limpiamente la cápsula virgen dejando al descubierto al corcho. El escuchar el ruido que se produjo en ese momento le produjo un gran placer; estar a punto de violar el contenido resguardado por tantos siglos, que sería suyo únicamente. Uno posee sólo aquello que es capaz de destruir.

A continuación, con un finísimo lienzo de lino limpió apenas la boca de la botella y la superficie del corcho. El  tirabuzón elegido, de doble palanca, cuya espiral de titanio se extendía unos seis centímetros,  la descorchó sin dificultad.

Luego de limpiar nuevamente la boca de la botella y de desechar un pequeño chorrito –no fuera a ingerir una inaceptable impureza-, vertió el resto en un botellón de cristal antariano de base ancha, especialmente soplado para que esta bebida se desarrollara de la manera más propicia y con celeridad. El botellón formaba parte de un carísimo juego (resguardado al vacío y absolutamente estéril) que incluía varias copas.

Vit tomó un copón con forma de óvalo perfecto y observó al trasluz su transparencia sin igual y los escasos micrones de su grosor (a pesar de lo cual se lo promocionaba como prácticamente indestructible).

 Los antarianos eran célebres en toda la galaxia por este arte. Beber agua común de una de sus copas la transformaba en un elixir de los dioses. A continuación, llenó el copón en una tercera parte. Y comenzó a buscar el sitio adecuado para realizar la degustación.

La chaise-longue era de cuero natural, negro. La miraba cada noche, antes de recostarse en ella, dispuesto a disfrutar de su momento de mayor intimidad. Y sin embargo, nunca dejaba de maravillarse de su diseño, de lo armonioso y austero de sus líneas, siempre era como cuando la había visto la primera vez en aquel mercado de pulgas.

“Pruébela”, casi ordenó el vendedor. Aunque el cuerpo y la estatura de Vit distaban de asemejarse al promedio humano, el acople con la silla fue perfecto, como si la hubieran hecho a medida. El placer estético de observarla aún lo extasiaba y  emocionaba casi hasta las lágrimas.

Se recostó en la chaise-longue sosteniendo el copón en su mano izquierda, asiendo firmemente entre sus dedos el espacio entre el nacimiento del tallo y su base, con completa naturalidad y sin temblar en absoluto, la superficie del caldo completamente inmutable.

 De cualquier modo, ensuciarse no sería un problema en esta situación en particular. Este era su momento, el momento de no preocuparse por lo sucio, por lo pegajoso, por lo que pudiera arruinarse, por la opinión de los demás. No era momento de preocuparse por nada, ni siquiera por ser considerado con el otro, por ser delicado, por contemplar el deseo, la necesidad y la sensibilidad del otro. Puesto que no había otro, mejor dicho, otra. Era un abuso de si mismo y el abusado toleraría gustosamente el crimen y no lo denunciaría.

Siempre sentía un deja vú en esta situación; la repetición cíclica de un ritual con mínimas variaciones en cada ocasión. Esto le producía una agradable sensación de seguridad. Y sin embargo, siempre sentía la esperanza inocultable de que esta vez fuera sublime, de enfrentarse a aquello que no se encuentra si se busca, aquello que sólo ocurre cuando no se espera y sin embargo resulta maravilloso.

 El hombre que se aferra a la calma y la placentera rutina, que a su vez lo esclaviza y aburre y en consecuencia desea experimentar lo nuevo que, paradójicamente, por constituir lo desconocido lo asusta y por asustarlo lo excita.

   Presionó finalmente la tecla de “Pausa”. La habitación se llenó de figuras corpóreas entremezcladas y en movimiento, de diversos colores y aromas, de risas y jadeos. En un principio, al ser la aparición tan repentina, le produjo cierta sensación de brusquedad, sobre todo porque se le dificultaba distinguir qué estaba ocurriendo en la escena, si bien el folleto lo había adelantado muy explícitamente.

 Reinas vendimiales de belleza y sus respectivos cortejos principescos pisaban (aunque le sonara increíble, había leído bien, pisaban) uvas Cabernet  en cubas gigantes de roble. Todas juntas y simultáneamente. El corazón de Vit comenzó a latir con más fuerza y se le hizo agua a la boca.

   Bajó la vista y examinó el disco. Se veía claro y límpido, rico en un rojo-rojo consistente. Casi tan rojo como el abundante cabello de la Reina que ocupaba el tonel más próximo y parecía mirarlo con picardía. Todas usaban una especie de togas blancas muy cortas en algodón, que permitían ver la totalidad de sus piernas y a la vez se manchaban del carmesí que la salpicadura de las uvas trituradas producía.

Inclinó el copón y al colocarlo nuevamente en posición horizontal aparecieron diversas estrías en la pared de cristal. Lentas y anchas predecían un vino maduro y untuoso. Boadicea sería el nombre de la pelirroja, decidió; oleosa y aglicerada como este vino, en su justa medida. Las princesas rubias que le acompañaban podían constituir un buen assemblage pero nada más, sólo un vino de conversación, un Chardonnay tal vez. El cuerpo estaba en el rojo, en la roja, al rojo.

Vit olió el vino inmóvil. El aroma intenso y poderoso lo sacudió. Dirigió su mano derecha al reproductor para lograr focalizar la cuba más cercana, que súbitamente desplazó a todas las demás y tomó proporciones reales. Algo nervioso, volvió a reposar su mano sobre su bajo vientre. El gigantesco tonel estaba allí, a medio metro de su nariz.

Y éste no era un dato ocioso, estaba oliendo algo más que el vino. Percibir sería una expresión más correcta que oler. Puesto que no era que se tratara de transpiración de las féminas, cosa que desvergonzadamente pensaba que no le molestaría en lo más mínimo que se hubiera integrado en lo que iba a beber, pues viniendo de donde venía sólo podría mejorarlo.

Lo que estaban desprendiendo era sin dudas feromonas, de la más salvaje y desenfrenada calidad. Estaban mezclando su esencia más personal y el perfume natural de su piel con las uvas tan delicadamente prensadas.

   Vit sacudió el vino, lo agitó delicadamente y lo volvió a olfatear. Un bouquet a roble invadió sus fosas nasales hasta nublar el resto de sus sentidos. Las princesas jugueteaban con la Reina, parecían desafiarla. La tomaban de la cintura, de los hombros, se la disputaban.

 Rozaban sus piernas, entre sí y con las de ellas. Y reían, reían contagiosamente, disfrutando el momento como niñas. “Boadicea” las miraba complaciente, las alejaba alternativamente, marcándoles el límite, señalándoles hasta donde podían llegar.

   Sabía que debía dejar descansar el vino un par de minutos. Entretuvo la vista en los senos de las princesas. Quiso contarlos, no de a pares, sino de a uno para duplicar la duración del conteo y a la vez del placer de realizarlo; en tanto, éstos se sacudían hacia arriba y hacia abajo, hacia los lados, casi con vida propia. Tenía otras copas del juego antariano que podían contener perfectamente esos pechos sin sostén.

 Se imaginó irrumpiendo en la escena con sus copas en la mano, solicitando lo dejaran probar su teoría en cada caso hasta encontrar la contención más adecuada para todas y cada una. Las rubias accederían gentilmente, colaboradoras desinteresadas en el progreso de la anatomía, y sus breteles se deslizarían bajo sus hombros grácilmente y con celeridad.

   El momento cúlmine se aproximaba, sabía que debía masticarlo, pero también era consciente que el proceso adecuado era casi un trabajo de relojería. Dio un sorbo, reteniendo en su boca ligeramente abierta una pequeña cantidad, aspirando por la nariz el aire, con la lengua extendida hacia delante. Frutos rojos, frutos negros.

 El canal natural que se formó disparó aromas y sabores intensísimos. Era la instancia de mayor control, donde no debía ceder ante la casi irresistible tentación. Envió el caldo casi hasta el fondo de la garganta, pero antes de que penetrara el esófago hizo volver a la boca el buche y en ese preciso momento respiró con la boca abierta dejando que ésta se impregnara completamente. Pimiento verde y especias.

De ahora en adelante, algo se atemperaría, algo se repetiría ritualmente y algo permanecería inmutable y un único ritmo unificaría las acciones. La mano derecha sólo acariciaría con delicadeza extrema; la izquierda acercaría y alejaría la copa a la boca intermitente y lentamente, los ojos permanecerían fijos en la deliciosa dinámica de la escena que se desarrollaba al frente, que continuó in crescendo hasta el paroxismo y al alcanzarlo, como si hubiera extraviado repentinamente su razón de ser, se desvaneció abruptamente.

Vit se dispuso entonces a postergar la éxtasis lo más que pudiera. Apresurado en la cuenta regresiva, dejó caer la copa vacía al suelo, la cual no produjo ningún ruido y rebotó sin siquiera sufrir un rasguño.

 Empujó atrás la nuca, hundiendo la base del cráneo en el rodillo que remataba la chaise-longue, recorrió con ambas manos sus lados, el cuero y el metal, lo frío y lo cálido contenidos en la forma perfecta.

 Se asió con fuerza de los bordes, cruzó las piernas extendidas, cerró los párpados presionándolos tanto que veía estrellas en su temporal ceguera y comenzó a temblar violentamente arrastrando a la delicada reposera en las convulsiones.

Y entonces sucedió. Petit mort. Sobrevino la pequeña muerte. La sensación de ser líquido y escurrirse, de vaciarse en su totalidad. Un blanco mental prolongado, toda la vida en un instante, la nada en vez del ser. La satisfacción total. La relajación absoluta.

Vit concluyó para si mismo que aquella cultura que había sido capaz de producir esta perversa exquisitez debía ser sin duda la dominante en el abigarrado tablero nacional que se decía conformaba la Tierra originaria. Suspiró, artificiosamente nostálgico y dijo en voz alta: “Somos enanos parados sobre los hombros de gigantes”.

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