Fata Morgana

Publicado: 24 marzo, 2011 en Ciencia Ficción

El incidente del edulcorante fue la gota que derramó el vaso. Y el replicador de la nave no podía subsanarlo, al menos según Fernando. El mate estaba irremediablemente arruinado y era irremplazable hasta retornar a su hogar, pues decía que nadie los curaba como él sólo podía hacerlo allí. ¿A quién podía ocurrírsele no tomarlo amargo? A Federico, obvio, a quién más.

Y pensar que todo había comenzado de una manera tan promisoria. Fernando Basoa, el más reciente exponente clon de un linaje de colonos y exploradores, había abandonado el puerto espacial de Titán, seguro de haber dado una vuelta de página en su vida. El contrato con el Instituto del Hielo era ampliamente provechoso. Tres meses de travesía, descenso en el tercer planeta del sistema Aldebarán, recolección de muestras, retorno con ellas al sistema solar y a cobrar. El anticipo había pagado reparaciones impostergables de la bella Ermita II. Sus nuevas velas, plenamente desplegadas, le otorgaban una presencia majestuosa e imponente.

También hubo un beneficio adicional en el asunto. Librarse de Azucena. La navegadora de los tres viajes anteriores se había tornado en un estorbo. En el primer viaje conjunto había sido una presencia gratificante, sexualmente hablando. En el segundo viaje había comenzado a cuestionar su elección de rutas y a sugerir cambios en la decoración interna de la nave –inexistente- y en los alimentos que consumía. El tercer viaje fue el colmo, cuando le armó el escándalo de celos por la “visita” a las siamesas  de Tau Ceti, famosas en toda la galaxia por sus proezas en gravedad 0.

El aviso publicado en el Heraldo de Titán decía claramente: “Se necesita piloto experimentado para expedición científica con una duración de siete meses. Imprescindible aportar transporte sin navegador residente”. Aunque la ley protege la existencia de los entes que han cobrado conciencia de sí mismos por un período superior a  los tres meses, ir  a un reiniciador clandestino en un asteroide que nadie admitía haber visitado pero del que todos conocían el nombre y la ubicación, fue casi un parpadeo mental, sin distancia entre la concepción y la ejecución.

Cuando borraron a Azucena de la memoria de la nave, tuvo unos segundos de remordimiento. Pero pasaron pronto. La vida sigue. Y el nuevo compañero virtual sería masculino esta vez, un cambio sin duda para mejor. Miró la planilla que le entregaron con curiosidad. Federico, la memoria viviente de un Nivólogo y Glaciólogo de excepción, muerto trágicamente cinco años atrás en una avalancha en NeoGstad durante sus vacaciones. Características: afable, conversador, perverso polimorfo, zurdo, argentino. ¿Otro Argentino? ¿Había lugar en el universo para dos? Mejor imposible.

Luego de que la nave despegara, Federico se materializó como holograma autoportante. Sonriente, delgado, de pulcra apariencia, le estrecho la mano con entusiasmo. Empezaron una charla acerca de su país de origen antes de encarar el primer salto al hiperespacio. A Federico le asombró que Fernando no entrara en la cámara de estásis. Fernando no era como ninguno de los pilotos anteriores que había conocido.

El capitán Basoa transitaba sus tardíos treintas. Era extremadamente caballeroso con las mujeres, de esos caballeros de los que no existen más, capaces de acompañar a una mujer hasta su planetoide sin importar la distancia a recorrer o los peligros que pudiera enfrentar. Levemente excedido de peso, nunca había mostrado predilección por los deportes (ni por la gente). Su más preciado bien era la soledad. Siempre había querido que lo dejaran tranquilo. Cuando estudiaba, soñaba con ser guardaparques espacial en una colonia de la frontera, frondosa y aislada. No por romántica, la idea había dejado de seducirlo. Pero era impracticable para el sobrevivir y darse sus pequeños gustos con el salario asignado a ese puesto. Además, tendría superiores a quien reportarse. Como piloto, casi mercenario, era completamente libre. Nadie cuestionaba su libertad (salvo la navegadora virtual que se había creído que con un par de coitos igualmente virtuales tenía derecho a manejarlo). En su vida, no compartiría el espacio de sus decisiones con nadie y ahora lo sabía. Continuaba siendo el único, y estaba fuera de toda influencia, excepto en ocasiones especiales. Como aquella frente a la supernova. Pero esa es otra historia.

Fernando tenía incontables particularidades. Una de ellas era insistir en bañarse con agua (era un conservador en muchos otros aspectos), reciclada y vuelta a destilar una y otra vez, cuando este sistema era ya una antigüedad. Salía de la ducha y comenzaba a secarse escrupulosamente, oculto entre el vapor. Sonreía, como si fuera una broma privada, al ver su imagen reflejada en un espejo,

¾Parezco un gorila en la niebla ¾dijo en voz alta.

 Había utilizado la misma expresión en soledad, muchas veces antes. Pero esta vez percibió una mirada. Federico tenía sus ojos clavados en él. Tarde comprendió que no sólo era básicamente homosexual, sino además que le fascinaban en particular los abdómenes abultados.

¾Me deshago de la pesada de Susi y ahora no sólo tengo un compañero homosexual, sino uno que gusta mucho de mí y es la computadora además. ¡¡¡¡¡¡¡Tengo una nave gay!!!!!!! ¡¿Por que Dios se ensaña conmigo?! ¾gritó dirigiendo su vista hacia el techo te la nave.

Aunque inmediatamente le aclaró la situación al holograma con gráfica crueldad y muy poco tacto, no vio resignación en Federico, por el contrario. A partir de entonces, el humano cubrió su cuerpo de manera paranoica en todo momento, incluso durmió vestido (contra su costumbre) y no volvió a dirigirle la palabra a su compañero virtual. Además, pensó en entrar en animación suspendida. Al fin y al cabo, era la práctica habitual de los que hacían viajes tan largos. La gente se dormía para evitarse los tiempos muertos de los viajes y vivir el resto. Fernando en cambio, hubiera entrado en estásis al tener que contactarse con gente, de poder hacerlo. No había tiempos más vivos ni más preciosos para él que los que pasaba sólo en su nave.

Federico se recluía en el interior de la computadora durante las ocho horas previamente estipuladas para el sueño, a los efectos de realizar los cálculos de navegación necesarios. Era entonces cuando Fernando podía relajarse y dedicarse a algunos de sus dos pasatiempos favoritos: la cinematografía e InterPlanet. A veces a ambos simultáneamente, como aquella noche en la holo-habitación.

Su interlocutora (no le quedaba otra opción que confiar en que fuera mujer) al otro lado de la galaxia había aceptado recrear a la protagonista uno de sus filmes preferidos, uno muy antiguo. Se presentaría como una especie de cavernícola exhuberante, apenas cubierta por una especie de malla de dos piezas, confeccionada con pieles. Fernando sería Deus Irae, el todopoderoso visitante extraterrestre encargado de civilizarla a la fuerza. Pero por alguna razón desconocida, él perdió súbitamente el interés una vez que la había arrastrado pedagógicamente de sus cabellos hacia la cueva. Tal vez ella no había opuesto la esperable resistencia o no había desempeñado convincentemente el papel. Cuando abandonó la holo-habitación encontró el mate edulcorado (el edulcorante él lo tenía por si lo requería alguna visita ocasional, para otra infusión), abandonado horas antes por Federico (quien en realidad no necesitaba alimentarse ni beber y lo hacía por mera cortesía), desgraciado evento que daría origen a todo aquello que sucedió luego.

Presa de un ataque de nervios, el capitán Basoa precipitó la salida del hiperespacio. Necesitaba con urgencia una fémina real, de carne y hueso, o de lo más parecido que consiguiera. Federico se apareció, entre asustado y sorprendido, obligado a escuchar sus recriminaciones. Atinó a decir que el planeta habitado más cercano era Fata Morgana, para retirarse ofendido, sin aclarar las advertencias de no visitarlo descriptas en las correspondientes cartas estelares.

Las velas tornasoladas de la Ermita se extendieron, brillantes y atrevidas, atravesando la materia oscura con elegancia. Antes de entrar en la atmósfera del planeta, volvieron a replegarse, esta vez parcialmente. La nave en sí misma, desnuda, ofrecía un aspecto bastante barroco y poco aerodinámico. Sin embargo, contra todo pronóstico, empezó a planear hábilmente entre incontables nubes; había peligrosas corrientes de aire de diversas temperaturas entremezclándose por doquier.

Había un mar azul intenso. Debajo del horizonte sobre la superficie del agua se veía una construcción, elongada y elevada como un castillo. Al acercarse, la imagen se desvaneció. La situación volvió a repetirse una y otra vez; era enloquecedora. Fernando se encontraba ya al borde del colapso cuando decidió aterrizar en lo que al menos en apariencia era tierra firme.

Descendió y al bajar tuvo que secarse el sudor de la frente. Odiaba el calor. Esta era otra de las razones para aceptar el trabajo del Instituto del Hielo. Comenzaba a arrepentirse profundamente de su decisión. Vio otro castillo, esta vez en el desierto, a la distancia y se dijo a sí mismo que sin duda se trataba de otro espejismo, pero no tenía otra  opción. Al irse acercando no pudo dar crédito a lo que sus ojos veían: el castillo era real. O al menos eso parecía. Llegó al puente levadizo, el cual cruzó con lentitud y prudencia. Golpeó el enorme portón de madera, que se abrió con un chirrido. Al entrar, todo parecía desolado. Curiosamente, tras las murallas se extendía un jardín. Y un laberinto hecho de arbustos. Comenzó a recorrerlo, hasta que se tuvo que sentar, extenuado.

 Por un momento creyó que jamás saldría de allí. Involuntariamente, descubrió que uno de los arbustos no se encontraba allí, sino que se trataba de una imagen reflejada en un espejo. En realidad, había espejos por doquier y era difícil distinguir los arbustos reales de los reflejos de arbustos. Decidió extender sus brazos y caminar con precaución desplazando los espejos a un lado, dirigiéndose sin prisa y sin pausa, irreflexivamente, hacia el  centro  del laberinto.

Federico se había corporizado luego de que él descendiera y lo había seguido a una distancia prudencial, desobedeciendo las órdenes recibidas, aunque en realidad Fernando no tenía autoridad para ordenarle nada y el Instituto en realidad confiaba más en el criterio del especialista en hielo, tan fuera de ambiente de trabajo. Cruzar los espinosos arbustos fue un juego de niños para el holograma.

En el centro del juego había un lago y dentro de él, bañándose morosamente, infinidad de hadas. Ellas, en general, absorbían el fluido emocional de los intrusos casi inmediatamente, antes de que en cumplimiento de un ancestral pacto simbiótico, los señores arácnidos subieran a la superficie a apropiarse de los cadáveres. Pero esta vez habían decidido postergar la doble consumación. Los visitantes de este tipo eran tan poco frecuentes que sintieron la necesidad de sacarles provecho. Por mera curiosidad. Al menos por unos minutos.

Percibieron la frustración en la líbido de Federico, un sentimiento interesantísimo para ellas, acostumbradas a obtener casi inmediatamente todo lo que desearan. La tensión y ambivalencia de su relación con Fernando, quien les resultaba completamente enigmático e insondable. Cuando éste alcanzó la orilla del lago, Morgana en persona, la más bella de las Hadas, se hizo presente. Se acercó a Fernando sensualmente. Este preguntó cuanto debía pagar. El hada lo miró extrañada.

¾Nada ¾le dijo.

¾No me gusta deberle nada a nadie -le contestó el humano y se dio media vuelta para volver a su nave. La hechicera quedó estupefacta, jamás le había sucedido algo así. Los señores arácnidos surgieron de la profundidad, consternados y trataron de devorarlo pero

Federico lo salvó, al distraerlos ofreciéndoseles como festín. Hambrientos y babeantes, de más de dos metros de altura, los arácnidos humanoides alados se abalanzaron sobre la indefensa presa. Sus enormes colmillos los lastimaban entre sí, haciéndoles sangrar por doquier un líquido pastoso verde fluorescente y aumentando así su avidez.  El más grande de todos pudo finalmente imponerse, dejando a sus competidores detrás. Las hadas se habían retirado, pero no sólo ellas experimentarían la frustración. Sus compañeros también la descubrirían.  Masticar fotones no fue de su agrado.

Basoa volvió a duras penas a la nave. Ahora sí le debía algo a alguien, pero tomó el asunto con calma. No era nada que un reinicio total del sistema en un alejado asteroide no pudiera solucionar.

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