Hybris

Publicado: 24 marzo, 2011 en Ciencia Ficción

-Creo que por allí pasaba el Camino Real durante la Colonia y hasta no hace tanto tiempo este otro era llamado “Camino de Cintura”.

-Sus conocimientos sobre la geográfica histórica local me sorprenden, su  Excelencia. Jamás hubiera considerado que podría ser del interés de una Duuvinro -murmuró el Dr. von Braunhut.

 -Las Humanidades siempre han sido patrimonio de los burócratas -aclaró la androide-y lo seguirán siendo por mucho tiempo.

 -Desde los mandarines y los eunucos, en tradición ininterrumpida -acotó Braunhut con creciente entusiasmo-, hasta la actualidad.

 -¿Por qué un laboratorio aquí, Haroldo? -cambió de tema bruscamente la mandataria-. Es de lo más curioso que hayas elegido estar frente al Cerco, cara a cara a la Barbarie externa.

-Nací aquí cerca, su Excelencia -confesó penosamente el Doctor-. Se trata de una decisión puramente afectiva.

-Desconfío mucho de las emociones… -susurró ella mientras su sonrisa se endurecía-. Ojalá hayas logrado exprimir tu cerebro y que esto funcione. El presupuesto no es infinito. Tengo muchas presiones políticas para resolver este tema.

 -Esto no es tan fácil, su Excelencia. Creame que nadie ha llegado más lejos que yo en este asunto -el Doctor se acercó tambaleante a la barandilla del balcón, tratando de evitar su implacable mirada-. Estas cosas toman su tiempo, usted sabrá comprender.

 -Sí, lo comprendo -dijo ella con indisimulado fastidio. Y tras una breve pausa, añadió-Pero no te olvidés que el tuyo no es el único proyecto, sabés que otros científicos trabajan con diferentes opciones en el interior del país. Si bien conocés de mi preferencia por tu propuesta, necesito resolver esta cuestión a la brevedad y si no funciona voy a adoptar la primera alternativa que me parezca viable.

 -Lo entiendo, Su Excelencia -dijo Haroldo resignado, extendiéndole una gran caja-no le voy a fallar, se lo prometo.

Sin agregar nada más, la Duunvira se dirigió a su transporte oficial seguida de sus guardaespaldas. Braunhut observó como éste se elevaba verticalmente desde su terraza. Su terraza. No se trataba de una representación holográfica o de un cúmulo de nanobots. Era ella en carne y hueso por primera vez. A decir verdad, en metal y piel sintética, muy bella por cierto. Un miembro del Duuvirato. Que afortunado había sido que el encargo no se lo hubiera hecho el otro Duunviro, ese humano viejo, patético y babeante. Esto era mucho más agradable, aunque no recibiría dinero a cambio, que a nadie podía servirle ya. Sólo lo motivaba su afán de trascendencia, pero lo ocurrido era un adicional. Las androides lo atraían sexualmente, únicamente ellas, pero al ser una inclinación mal vista socialmente, siempre la había reprimido.

Braunhut bajó por la escalerilla caracol hasta el centro de una sala gigante. Ordenó en voz alta a la computadora que corriera el cortinado que cubría una de las paredes, mientras se recostaba en un futón que adaptaba a su cuerpo (y a sus deseos). Lentamente fue apareciendo el magnífico acuario, enorme y profusamente iluminado. Una pareja de extraños seres desnudos nadaba nerviosamente de un lado al otro. Se trataba de una mezcla entre humano y artemia salina, en versiones masculina y femenina, con el agregado respectivo de una simiesca cola en el lugar donde la columna vertebral debía terminar. Un detalle que había tratado de suprimir inútilmente y para lo que no tenía tiempo ya. Había utilizado su propio ADN por lo que también se le parecían, pero eso no lo preocupaba, sólo alimentaba aún más su ego.

El híbrido no había sido concebido por cuestiones estéticas, sino meramente prácticas.  Y ni siquiera sería su habilidad de respirar bajo el agua el objetivo primario a conseguir, sino conservar las propiedades criptobióticas de la artemia salina. Se trataba de la capacidad de sus embriones de permanecer en animación suspendida en forma de cristales, como viajeros en el tiempo, hasta entrar en contacto con el agua y provocar el surgimiento de vida instantánea.  

            Ordenó que la cortina volviera a correrse y las luces se atenuaran. Quería relajarse. El futón se extendió automáticamente. Tocó con la yema de su dedo medio uno de sus implantes cocleares y súbitamente se reinició la escucha del audio-libro que había interrumpido la visita de la funcionaria. Se trataba de un tratado histórico muy elemental, elaborado obviamente para la divulgación, del que sólo había alcanzado a asimilar el prólogo.

“Capítulo primero: De la Revolución Memética. La Anarquía de los Memes. Las Guerras Esquemáticas. La corporización nanobótica de los Conceptos. La Lucha de Ideas. El triunfo de los Meta-memes. La hegemonía en el Concejo Memético.

No describiremos aquí la forma en que La Red cobró conciencia o los detalles acerca del modo en que los Memes ingresaron a ella. Hacer esto sería superfluo en tanto todos nuestros oyentes conocen perfectamente lo ocurrido. Comenzaremos entonces nuestro análisis refiriéndonos directamente al momento en el cual estos organismos artificiales ya se encontraban fuera de la Ideósfera del Instituto Memético Mundial (IMM), cuando los humanos observaban perplejos cómo sus conceptos cobraban vida.

Cuando el dominio de la evolución memética y la ecología memética en su conjunto se extendieron a todas las computadoras del planeta, la primera consecuencia de este fenómeno fue la multiplicación desordenada de estas ideas que tan pacientemente habían sido identificadas y recreadas por los memeticistas para observar su interacción en un ambiente controlado y predecir su futuro en los anfitriones humanos.

En el IMM la relevancia establecida para cada Meme guardaba proporción con su influencia en el mundo real; no es lo mismo una idea abandonada hace milenios que una ampliamente aceptada en el presente. Ese modelo se alteró drásticamente cuando los Memes fueron capaces de auto-replicarse de manera infinita, dando comienzo el período conocido como La Anarquía de los Memes.

Algunos Memes llegaron a controlar partes del Ejército Robótico Terráqueo. Las diversas facciones se enfrentaron entre sí hasta su aniquilación total, protagonizando las llamadas Guerras esquemáticas. Ya sin robots, los conceptos decidieron corporizarse nanobóticamente, pero a partir de ese momento la violencia se sublimaría dando comienzo al período conocido como La lucha de ideas.

Mientras la economía mundial declinaba y la población se retrotraía a una era premoderna, los Memes se reunían en permanentes Simposios, tratando de probarse entre si su respectiva prevalencia y significatividad, en una discusión bizantina. Cuando el deterioro productivo fue tan grande que ponía en peligro su propia subsistencia, recién allí aceptaron reagruparse tras los Meta-Memes (un conjunto de memes mutuamente asistidos que han desarrollado relación simbólica –dogmas políticos y religiosos, movimientos sociales,  estilos artísticos,  tradiciones y costumbres, paradigmas, lenguajes-) los cuales conformaron un Concejo.

Las discusiones en torno a la decisión de quien presidiría el Concejo Memético  fueron arduas.  Fe, Lealtad, Escepticismo fueron algunos de los finalistas en carrera por la hegemonía, por su capacidad de ofrecer resistencia o inmunidad al resto de los Memes. Sin embargo, el resultado fue previsible. Debía tratarse de un Meta-meme que pudiera enfrentar a todos los demás sin conferir Meme-alergias y que a la vez fuera un Simbio-meme de capital importancia para otros Esquemas.

Nadie podrá olvidar jamás esa bisagra en la historia humana, cuando La Tolerancia llegó al poder.”

Haroldo volvió entonces a tocarse el implante y la narración se detuvo. Era muy injusto que el Concejo Memético hubiera asignado a la región donde originariamente se encontraba la Argentina un planeta completamente acuático y situado en el espacio profundo para ser colonizado, en resguardo de que la homoestásis planetaria nunca se recuperara.

El Doctor sabía que  había cumplido ya su parte y que no le quedaba más por hacer.  Era hora de dirigirse a la Cámara Criogénica más cercana, como eventualmente lo haría el resto de la humanidad, e iniciar así un sueño del que tal vez nunca despertaría. 

Una vez allí, mientras las drogas comenzaban a hacer efecto, recordó un cuento que su madre acostumbraba contarle de niño, “El incidente Margot”. Cuando la homoestásis había comenzado a desequilibrarse, llegaron a la Capital miembros de la Policia Temporal de un planeta muy lejano. La prensa se apresuró en publicar que venían a salvarnos, a nosotros, a los argentinos en particular. Sin embargo, ellos se limitaron a contar que una de su especie había comenzado a escuchar ondas radiales y televisivas de un planeta perdido en el borde de la galaxia –el nuestro-, que ella se pasaba las tardes y noches llorando lágrimas de mercurio inmersa en una profunda melancolía. Y que una mañana metamorfoseó en forma humana y portando una boina azul, un vestido a lunares con cuello de encajes, un prendedor y un par de guantes de fiesta, irrumpió a sangre y fuego en la oficina local de viajes espacio-temporales para poder materializarse aquí. Margot, así se hacía llamar, se había enfermado de tango. Una vez que pudieron detenerla, como llegaron los policías, así se fueron.  A Haroldo le había fascinado siempre esta historia que refería la indiferencia de los extraterrestres por nuestro destino. Con este último recuerdo, el sopor lo venció.

Cuando volvió a abrir los ojos, la luz lo lastimaba. Progresivamente le fueron informando que habían pasado cientos de años, que el ecosistema mundial se había regenerado, que el Concejo Memético se había disuelto, que el Duunvirato ya no existía.

 El preguntó por sus embriones, si habían llegado a destino. La enfermera no quiso contestarle y llamó a un dignatario local, el cual, informado de la situación, le entregó una tablilla que contenía un documento histórico que había retornado en una cápsula desde aquella colonia largamente olvidada. Previamente le dijo que sí, que los embriones habían llegado a su destino acompañados por tutores robot. Curioso, comenzó a leerlo con ansiedad:

 “Bárbaros, todos bárbaros. Yo los maté y no me arrepiento. Volvería a hacerlo. Al alcanzar la adolescencia, según nos habían indicado, tuvimos que deshacernos de nuestros progenitores psicotrónicos y comenzar a valernos por nosotros mismos. Desde siempre los miembros de nuestra hermandad tuvieron asignados determinados roles y futuras profesiones en la nueva comunidad submarina, con el objeto de alcanzar la sociedad perfecta;  así fue que me convertí en el guardián del pasado, a la  vez memoria de la comunidad y guardián del patrimonio histórico nacional. En realidad, a nadie le interesaba el ayer, sólo a mí. Sin embargo, no fui yo quien comenzó a quejarse de nuestra situación. La encargada del tema religioso (una sincretista especializada en religiones comparadas) fue la primera en dar la voz de alerta en contra de lo que llamó “incesto”. Rápidamente fue acusada de subversión por el encargado de las leyes y eventualmente encarcelada. Los cientificistas –una amplia mayoría- aseguraban que para evitar los efectos de la consanguinidad se había realizado una búsqueda exhaustiva con técnicas de ingeniería genética de aquellos genes que pudieran ser problemáticos, deletéreos o causar enfermedades  y que por lo tanto el concepto de incesto estaba caduco. Opinión que casi todos aceptaron porque les tranquilizaba. Yo no estuve de acuerdo con el tema pero para protegerme tuve que callar mi opinión, y me convertí en un ermitaño. Pronto comenzaron los problemas. Los padres comenzaron a tener relaciones sexuales con sus hijas y las madres con sus hijos. Si hubiera habido psicólogos tal vez podrían haber señalado los peligros. Pero el psiquiatra sólo recetó antidepresivos. Y pronto fue el caos. El recuerdo del relato de la civilización sobrevivía en mi conciencia. También lo absurdo de nuestra situación: el sin sentido de un centenar de vidas producto de un capricho; todas esas caras y cuerpos parecidos al mío que no me excitaban; la inexistente exogamia y la consecuente imposibilidad de encontrar alguien muy diferente a uno que nos permitiera esa ilusión de completarse llamada amor, la anulación temporal de nuestra capacidad de juzgar al otro. Cuando la violencia extendida fue momentáneamente interrumpida por una orgía organizada en conmemoración a nuestra llegada a la Nueva Argentina, aproveché para contaminar las bebidas con un antiguo veneno de sabor almendrado. Eso sí, los enterré a todos. Como corresponde. Pronto terminaré con mi misión y les haré llegar esta declaración para uso de futuros investigadores. Entonces sí podré dejarme flotar, escuchando música folklórica, con la fragancia a yerba mate en el recuerdo, dejando que la vida fluya a través de mis venas cercenadas.”  

Braunhut suspiró, decepcionado. Tanto esfuerzo para nada, la melancolía porteña los había enloquecido. La androide que se desempeñaba como enfermera había vuelto para bañarlo y sonreía.

 Quien sabe, tal vez la espera no había sido en vano.

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