Llevar lejos

Publicado: 24 marzo, 2011 en Ciencia Ficción

La Ley de Servicio Militar Masculino (Ley 17.531) y su reglamentación establece lo siguiente: Art. 42 “El que en tiempos de paz gestionare dolosamente para sí o para otra persona la excepción al servicio militar, será penado con prisión de dos a cuatro años”. Art. 44 “El que no se presentare en la fecha fijada por la autoridad militar competente para cumplir con sus obligaciones de la conscripción, sin causa justificada; cumplirá un recargo de servicio continuado de dos días por cada día de retardo en su presentación (…) Idéntico recargo de servicio y hasta un máximo de seis meses será aplicado al ciudadano que sin causa justificada no se presentare en la fecha fijada para reconocimiento médico”.

Hola, hola, hola, hola,

¿Hay alguien allí adentro?

Sólo asiente, si puedes escucharme

¿Hay alguien en casa?

Náuseas me produjo la leyenda al dorso del telegrama de “Llamado al Servicio de Conscripción” –entiéndase, en primera instancia, “a Reconocimiento Médico”-, la cual no dejaba lugar a dudas: por primera vez en mi vida alguien (o algo) que no fueran mis padres tenía el poder y la determinación suficiente para obligarme a obrar independientemente de mi voluntad. La velada amenaza de violencia implícita en este ejercicio legal de la coacción me revolvía el estómago. Irremediablemente debería perder la libertad (lo que juzgaba como quintaesencia de lo humano en mí) aunque fuera sólo por unas horas. Y esa perspectiva me enfermaba gravemente.

El horario de presentación en el Distrito Militar La Plata era las 7.00 hs. El tren desde la estación de Banfield donde yo vivía no iba directo hasta allí, había que tomarlo desde Temperley. Además, el cronograma ferroviario durante la madrugada era muy limitado. La cuestión es que cuando me despertaron antes del alba fue prácticamente imposible para mí despertarme completamente. Durante el resto de ese terrible día tendría la sensación de estar transitando por la surrealidad, el espacio medio entre el sueño y la vigilia.

Ven ahora.

Escucho que te estás sintiendo deprimido.

Bien. Yo puedo facilitar tu dolor.

En ese momento yo no hablaba habitualmente con mi padre (como tantos otros adolescentes con los suyos). La oferta de compromiso, escaso por cierto, que él me hizo llegar por interpósita persona –léase mi mamá- era fácilmente desechable: si quería que me acompañara hasta la esquina. El tono del “gracias” de mi rechazo formal destilaba sarcasmo y bilis. Decidí a continuación no afeitarme; en cualquier caso, me dirigía hacia  algo más parecido a la Legión Extranjera que a un desfile de modas. Además, algo en mi interior me decía que era conveniente que alentara un inexistente costado rústico en mi apariencia, mente y comportamiento.

Sólo alcancé a deslizar en el bolsillo mi talismán para la suerte. Se trataba de una enorme moneda plateada con la efigie de Marvin el Marciano en la que se leía la inscripción “In Gluteus Maximus we trust”. Reluctante, me dirigí hacia la Estación distante a dos cuadras. Abordé un vagón de tren casi vacío, aunque había otros dos muchachos de mi edad.  Temperley, por el contrario, se encontraba bullente de testosterona.

Los expendedores de pasajes del ferrocarril, en ese entonces propiedad del Estado, se encontraban ausentes y las ventanillas de la boleterías, cerradas. El telegrama de convocatoria aclaraba que correspondía que se me reconocieran hasta tres pasajes gratuitos con el objetivo de llegar a la revisación (evidentemente quienes lo habían redactado no tenían ninguna preocupación acerca de como uno retornaría de ella).  Obviamente, yo debería haber hecho el trámite previo en la empresa de trenes. Que pena que no siempre haga lo que debo. Sin embargo, a nadie parecía importarle no tener boleto y decidí adherir a ese espíritu.

 Me encontré con el gordo Mariano, el compañero nuevo que se había incorporado a mi curso en el último año de la secundaria, quien estaba completamente pálido y abstraído, evidentemente muy nervioso y alejando de su elocuencia habitual. No entendí qué le pasaba; esto era sólo un trámite, un mal momento. Ambos nos habíamos salvado por número bajo en el sorteo, la situación no era para tanto. Apuramos el paso hacia el vagón en silencio, porque yo tampoco tenía muchas ganas de hablar.

(Bien. Yo puedo facilitar tu dolor)

Y ponerte de pie nuevamente

Relájate…

Reconocí a lo lejos al colorado Martínez, un ex compañero de primaria. Había sido mi vecino durante muchos años hasta que él y su familia se mudaron a otro barrio cercano. Al verlo recordé una anécdota contada por su mamá, la cual en su momento me había parecido hilarante y que ahora resultaba muy alusiva. Su hermano mayor le había dicho una vez que si se dejaba dar un enema, en el Servicio Militar iban a creer que era homosexual. Nunca ocurrió lo del enema, pero una vez un médico le había prescripto supositorios. Todo fue inútil, “Tuco” había saltado de cama en cama durante largo rato, negándose terminantemente a dejárselo aplicar.

Subimos como un malón al tren, apretadísimos. Me hice lugar al costado de una puerta, donde había un poco de oxígeno, perdiendo de vista a Mariano. El ambiente estaba lleno de tensión y excitación. Casi todos especulaban respecto de lo que nos iba a suceder;  ecos de relatos de otros, cada vez más magnificados. Yo permanecía en silencio. Por ejemplo, contaban que las psicólogas del distrito militar eran todas unas locas, inmensamente atractivas y que se dejaban. El colorado Martínez se integró a la improvisada ronda y me saludó con un lacónico gesto de cabeza. Naturalmente, Tuco aportó lo suyo cuando le preguntaron por un llamativo corte en un brazo que según posteriormente explicó, se había provocado de modo involuntario en contacto con una chapa oxidada. Dijo que él había ido a darse la antitetánica a la casa de un amigo enfermero para que se la diera en el brazo. Porque dejársela dar en el culo era cosa de maricas. Mis eventuales compañeros asintieron seriamente y uno dijo que a los putos les imprimían la libreta de enrolamiento con un sello rosa y que se salvaba. Bueno, eso no había ni que decirlo, era redundante. Eso lo sabíamos todos, quien podía dudarlo.

No hay dolor, vos estabas retrocediendo.

Un barco distante navega sobre el horizonte.

Vos estás sólo, viniendo a través de las olas.

Hubo un trasbordo en Bosques. Era la primera vez que estaba allí y el paisaje circundante hacía honor al nombre de la localidad. Miré hacia el cielo y vi las luces que había visto desde siempre, moviéndose a gran velocidad, pero en esta ocasión en un número inconmensurable. ¿Nadie más las  veía, nadie más sabía que no estábamos solos, que nos estaban observando?

Tuco, el pelirrojo, volvió a constituirse en centro de la conversación una vez que ascendimos al nuevo vagón. Mientras hablaba, reíamos nerviosamente, sin razón. Comenzó a contar una anécdota que atribuyó a un primo, centrada en el examen visual del ano del convocado, realizado por parte de un médico. El profesional habría expresado aproximadamente lo siguiente: “Por aquí pasó algo”. A lo que el valiente primo del colorado habría contestado: “Sí, la lengua de tu hermana”, para ser inmediatamente arrestado.  No se si alguien le creyó, pero todos necesitábamos sin dudas las carcajadas.

Ya en La Plata, las diagonales estaban repletas de muchachos dirigiéndose cual marabunta al Distrito Militar. Al ingresar, había enormes cartelones. “Si UD. consume o ha consumido drogas, infórmelo”. “Si ha mantenido o mantiene relaciones sexuales con otros hombres, indíquelo”. “Avise al oficial más cercano si ha sufrido o sufre problemas psíquicos o ha estado o se encuentra bajo tratamiento psiquiátrico”. Sí, alguien iba espontáneamente a admitir algo de esto en esa ocasión. Sí, seguro.  Idiotas.

Increíblemente, comenzó a circular de boca en boca el rumor de que alguien había admitido ser homosexual, que usaba maquillaje y que lo estaban llevando separadamente a revisar. “Ahí viene, ahí viene” se escuchó y me vi arrastrado por la multitud. Todos saltaban y gritaban obscenidades.  Tuve que estirar el cuello para lograr ver a un pobre chico asustado acompañado por un militar. Lo siguiente fue sentirme muy pero muy mal conmigo mismo, avergonzado por haber sido como fuera parte de esto.

 Una vez sentados en el piso de un enorme patio al aire libre y algo más serenos, los convocados constituíamos un océano de cabezas, riéndonos tontamente de las ridículas combinaciones de apellidos y nombres que se escuchaban por los altoparlantes al nombrarnos.

El primer paso fue el test psicológico. Un militar se ocupaba de que ingresara al correspondiente recinto un número determinado de chicos. Detuvieron la fila justo cuando yo iba a entrar. Luego, una psicóloga dijo que había lugar para uno más. Conclusión, no quedaba más espacio en los bancos y me dieron un lápiz de 2 cm. casi sin punta y ninguna goma de borrar, acompañado por una libreta con unos dibujos impresos para copiar.  Vi al gordo Mariano con los ojos llorosos frente a la hoja en blanco. Vi al Tuco Martínez dibujar unas florcitas y a los demás dibujar cualquier cosa, queriendo hacerse pasar por locos para salvarse. Cuando pude sentarme, conté y reproduje cada uno de los puntitos de un círculo. Medí con los dedos los lados de un paralelogramo para hacerlo igual. Cuando vinieron a buscar el papel, sólo yo me encontraba allí, los demás habían terminado hace rato.

 Un grupo de psicólogas examinó mis dibujos. Una levantó la vista reprobadoramente y  otras sacudían las cabezas hacia los lados con un rictus de desagrado en los labios. Finalmente, comenzaron a comunicarse entre ellas como si hablaran en lenguas. Más exactamente, lo que escuché sonaba al ruido que producen las serpientes, era algo como un silbido. Finalmente,  la primera  me hizo un gesto que indicaba que debía retirarme. Casi pude percibir que sentía lástima de mí.

Tus labios se mueven pero no puedo escuchar lo que estas diciendo.

Cuando yo era un chico,

Tuve una fiebre.

Mis manos se sentían como dos pelotas.

Cuando salí de allí, crucé el patio a toda velocidad y me puse nuevamente en fila. Sentí algo que me molestaba en la nuca y al darme cuenta descubrí que, con un par de metros de distancia, un oficial me observaba fijamente. Nunca olvidaría sus ojos verdes, escrutadores, violentos. Volví a girar tratando de disimular que me había dado cuenta que me estaban persiguiendo. 

La fila de convocados avanzaba al ritmo marcado por otro oficial más viejo que nos interpelaba mediante el término ciu-da-da-nos, cargando cuidadosamente cada sílaba con desprecio. Cuando estaba frente a él, bajé la mirada y lo oí susurrar entre dientes, “civilachos de mierda”. Pronto, un nuevo sentimiento se superpondría a los anteriores. La puerta del complejo se encontraba abierta de par en par. El marco de ésta resplandecía de un azul fulgurante, rodeado de luces blanquecinas. Comencé a parpadear frenéticamente, tratando de aclarar la imagen, pensando que podría tratarse del resultado de mis nervios. Pero no, allí continuaba el halo, ahora violáceo, rodeando esa especie de portal a otra dimensión. Extrañamente, acepté la situación con tranquilidad. La perplejidad sería producto de otro hecho.

Desde donde me encontraba, aguardando que me ordenaran entrar, podía ver una hilera de muchachos completamente desnudos. No podía dejar de pensar en lo paradójico de la situación; si uno anduviera sin ropa por la calle, sería detenido rápidamente. Dentro de este lugar, por el contrario, nos obligarían a desvestirnos. No pude evitar pensar acerca de escenas similares en el pasado, de gente acarreada como animales;  la analogía no me tranquilizó.  

Cuando ingresamos, conscriptos sentados tras una mesita bromeaban, producto del hastío o la desidia. Luego me di cuenta de que no formulaban las preguntas que debían, sino que jugaban a inventar las respuestas. Cuando pude leer mi ficha, vi que me había convertido en un jugador de basketball, declaradamente católico y con manifiesto interés en el paracaidismo. – Parece que las señoritas necesitan una invitación para ponerse en pelotas, que están esperando, maricas – nos gritó un conscripto con desprecio mientras nos arrojaba unos morrales color verde, en los que nerviosamente colocamos nuestras prendas. Nos hacían pasar a pesarnos, mientras otro conscripto con un centímetro nos medía la cintura y el pecho. Durante la espera, se hacían avalanchas en la fila. Luego nos hicieron depositar las bolsas en otra habitación. Con el correr de los minutos, mi sensación de extrañeza frente a la desnudez se revirtió. Siendo un consumado antideportista, mi experiencia en vestuarios era nula. En medio de una multiplicidad de cuerpos desnudos, que comencé a aceptar con naturalidad, pasaron a destacarse como extraños aquellas personas que vestían delantal blanco o uniforme de fajina verde. No era que me propusiera mirar por curiosidad, obviamente no hubiera sido una idea feliz, por diversas razones. Inmediatamente adopté la consigna que uno presume de estilo para un campo nudista: mirar a los demás solamente a los ojos. Sin embargo, aunque no me propusiera ver, se trataba de una escena barroca en la que el pintor combatiera el horror vacui con cuerpos desnudos. Las imágenes penetraban involuntaria y tangencialmente por el rabillo de mis ojos. Extrañamente, ahora lo pienso, casi no vi tatuados (imagino que sería en esa época tal vez algo reservado al sistema carcelario o a los marineros).

Ahora yo tengo ese sentimiento nuevamente.

Yo no lo puedo explicar, vos no entenderás

Esto no es como yo soy.

Sí vi desdentados, cariados, gingivíticos, con aparatos de ortodoncia, con dentaduras de propaganda de dentífrico. Lampiños, velludos. Con sombra de bigote o barba. Con cejas finas, con o sin entrecejo, con cejas pobladas. Pecosos, con lunares, con manchas, con verrugas. Rubios, morochos, castaños, pelirrojos. Blancos, trigueños, negros, amarillos, cafés con leche, colorados. Esmirriados, musculosos, enjutos. Altos, bajos, medianos, gordos, flacos, esbeltos. Leptosómicos, pícnicos, atléticos, displásicos, mixtos. Cuerpos de nadador, de rugbier, de karateka, de futbolista. Pies planos e irregulares. Con hongos, con eczemas, con dermatitis seborreica, con soriasis. Con calvicies incipientes, con cabellera abundante, grasosa, seca, enrulada, lacia, con caspa. Con penes enteros, circuncidados, gigantes, infantiles. Con piel de bebé, con epidermis curtida, con tez de papel de lija. Con pectorales desarrollados, con el plexo solar hundido, apolíneos. Con costillas que se podían contar, con estructura ósea inhallable. Con bíceps y tríceps desarrollados, con brazos esqueléticos. Sobrealimentados, subalimentados, anoréxicos, famélicos, satisfechos, anémicos, anómicos, astronómicos. Encorvados, jorobados, de espalda recta. Con más y menos vello púbico. Con hombros destacados y espaldas anchas, con hombros caídos. Con cinturas estrechas, intermedias y ecuatoriales. Con abdómenes musculados como tablas de lavar la ropa, con torso fláccido, con inuendos de panza. Pura piel y huesos o con depósitos de grasa como camellos. Inodoros, olorosos, perfumados. Secos, transpirados. Con piojos, con pulgas, con ladillas.  Pálidos, bronceados de cuerpo entero o con la zona del pantalón corto blanquísima. Rengos, chuecos. Tuertos, estrábicos, con astigmatismo. Proporcionados, incongruentes. Enanos, gigantes. Normales, anormales.  Ricos, pobres, clase media, clase un cuarto. Todos igualados, todos diferentes, todos en cueros,  todos como Dios nos había traído al mundo.

Comencé a entender entonces que aquello de que todos los hombres somos iguales no era sino una falacia, en más de un sentido.

En fila india fuimos avanzando al paso veloz que nos obligaban a través de una especie de laberinto configurado por precarios separadores de un material parecido al aglomerado. Luego de dos o tres procedimientos, estábamos completamente mareados. Un conscripto indicaba con un gesto la abertura a su derecha y al ingresar pasábamos en cuestión de segundos por una máquina de tomar radiografías. Apenas salidos de allí, otro indicaba a su derecha una nueva abertura, donde había otro hombre de delantal que nos contaba los dedos de los pies y hacía que nos los separáramos en búsqueda de hongos. Luego nos extraían sangre o nos efectuaban un electrocardiograma. Era como una línea de montaje alocada. Al ingresar a un nuevo compartimiento sentí un pinchazo en el hombro izquierdo y al girar la cabeza vi a una mujer grande (cuanto menos, grande para mí a esa edad).

Mentiría si dijera que me sentí avergonzado de encontrarme repentinamente desnudo frente a una mujer desconocida y vieja. En primer término, debo admitir que no tuve tiempo de sentir nada en absoluto; en menos de un suspiro ya me encontraba en otra habitación sometido a otro examen. Haciendo un esfuerzo por recordar, veo la imagen de una mujer en estado cuasi catatónico, con la mirada vacía, con una especie de máquina de aplicar inyecciones en su mano derecha (porque, naturalmente, todos con diferencia de segundos fuimos vacunados con la misma aguja).  ¿Sería esta mujer pasible de sentir excitación o placer frente a la visión de tantos cuerpos jóvenes y bellos? Lo dudo. La monotonía de haber visto cientos, miles o tal vez más cuerpos desnudos a lo largo de quien sabe cuántos años la había cegado. No me hubiera apreciado aunque fuera el efebo más bello y aún si yo hubiera sido un animal mitológico hubiera bostezado.

Bien, bien.

Es sólo un pequeño pinchazo de alfiler.

¡No habrá más ahhhhhh!

Pero tú podrías sentirte un poco enfermo.

Voces, esas voces. Siempre las había escuchado. Pero en esta oportunidad las escuchaba más fuerte que nunca. En un nuevo espacio, nos hicieron ingresar en grupos de a seis. Nos dijeron que nos paráramos frente a una pared, que nos inclináramos lo más que pudiéramos y que nos separáramos con ambas manos los cachetes del trasero exhibiendo el ano. Lo hice y pasaron un par de minutos de espera en esa incómoda situación.  Nervioso, giré la cabeza hacia mi derecha y logré ver al “Tuco” Martínez en la misma posición, transpirando, con un hombre de delantal examinándolo que le decía:

-Señor, inclínese más, ábrase más- pero la orden era infructuosa. Hizo un gesto con un par de dedos al militar de la mirada amenazadora que me perseguía y se lo llevó casi arrastrándolo, entre gritos.  Aterrorizado, cerré mis ojos hasta que dijeron que la inspección había terminado. Preguntaron una y otra vez si alguien tenía alguna dolencia o tara que quisiese admitir. Yo me había llevado mis anteojos verdosos gruesos como fondo de sifón y tenía estrujada en mi mano una receta del oftalmólogo que decía que padecía una gran miopía en cada ojo. Vergonzosamente levante la mano. Un conscripto me llevó a otra sala, donde me hicieron sentarme (recuerdo el frío del metal sobre mi piel). Burlonamente, el médico me dijo “Usted no ve más allá de sus narices”. Cinco minutos después tenía la libreta sellada: Deficiente de Aptitud Física. Me crucé con otro muchacho que había conocido en el tren y estaba feliz; se la habían firmado y lo habían derivado al Hospital Naval porque le encontraron Mal de Chagas, cosa que él no tenía la menor idea de lo que era.

Fue entonces que me condujeron hasta donde había dejado la ropa para que me vistiera.  Comencé a hacerlo rápidamente, me encontraba sólo. Escuché un quejido sordo  tras los paneles. No pude evitar la tentación de espiar por una rendija. Para mi horror, vi al colorado Martínez en el aire, sostenido por brazos mecánicos, contorsionándose espasmódicamente en un inútil intento por liberarse, la boca cerrada a la fuerza con otro dispositivo. Unos reptiles humanoides flotaban a su alrededor, con evidente curiosidad. A la enfermera que me había inyectado previamente se le caían lonjas de carne a jirones; dejando al descubierto una androide levitante de cuyo cuerpo surgían montones de agujas de enorme tamaño que lo pinchaban. Un largo tubo metálico que partía del suelo estaba siéndole introducido por el recto.

¿Puedes tu pararte? ¡No!

Yo creo que está funcionando bien

Tenemos que seguir a través del espectáculo

Vamos, es tiempo de ir.

Cobardemente salí de allí lo más rápido que pude, dirigiéndome a la estación aturdido por las voces  y me subí al tren que estaba saliendo. Transpirado, me senté junto al gordo Mariano que en un lenguaje entrecortado me explicó que le habían firmado la libreta por no se qué desviación que le habían descubierto en la columna. Y luego se largó a llorar inconsolable. El resto de los pibes bromeaba, aliviados. Contaban que había un médico con guantes que contaba los testículos palpándolos como si estuviera en la verdulería apretando la fruta para comprobar si estaba madura. O cómo les apoyaba los dedos en las ingles y los habían hecho toser repetidamente o les había pedido que retiraran el prepucio y dejaran el glande al descubierto (y muchos habían pedido aclaraciones al respecto, porque no entendían las palabras que usaba).

 El gordo Mariano seguía llorando y yo no entendía porqué. Me contó algo que nunca le había contado a nadie, según me dijo.  Me lo contó como una explosión, aunque en voz muy baja, cuando ya sus lágrimas se habían agotado. Que cuando tenía quince años golpearon a la puerta de su casa. Que su mamá estaba enferma y que él abrió la puerta. Que eran militares, que se la llevaron y que nunca más la volvió a ver. Que robaron todo y que lo que no se llevaron lo destrozaron. Qué el y su papá se habían tenido que mudar y ocultar y que tenían miedo y  no habían podido hacer nada respecto a lo ocurrido.

Cuando yo era un niño

Capturé  una vislumbre al vuelo,

más allá del rabillo de mi ojo.

Me di vuelta para mirar pero se había ido.

No pude poner mi dedo sobre él.

El niño ha crecido, el sueño se ha ido.

Miré por la ventanilla. Estábamos en Bosques de vuelta. Había un operativo. Policías por doquier, guardas por todos lados. Estaba preparado, todos sabían que a esa hora volvíamos de la revisación y que nadie tenía boleto. Exigían el pago de una suma altísima en concepto de multa, que ninguno tenía. Empezaron a tomar como prenda relojes, anillos y otros objetos de valor. Cuando me paré frente al molinete, saqué de mi bolsillo mi moneda de Marvin El Marciano. El guarda la miró inclinado la cabeza, la gorra le tapaba el rostro. Cuando levantó en rostro, reconocí sus ojos verdes asesinos, su sonrisa y vi la lengua bífida deslizarse ansiosamente entre sus labios.

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