Los Atquins

Publicado: 24 marzo, 2011 en Ciencia Ficción

Los Atquins eran una de las razas extraterrestres que vivían en un planeta llamado Omnivoria. Las otras especies de ese lugar comían lo que querían y no les pasaba nada. Pero si un Atquin digería algo dulce, cereales, o tubérculos, se hinchaba como una pelota.

A un Atquin llamado Till-ocrmo se le ocurrió que su gente sería más feliz teniendo su propio lugar. Entonces juntó muchas cáscaras de pepino, construyó un planetoide y lo llamó Protein Gras. Allí se celebraría siempre una especie de Carnaval donde se podría masticar todo lo que creciera en su vivero y en la cantidad que se deseara sin peligro de terminar rebotando. Fue un éxito y los colonos empezaron a llegar muy pronto, cada cual con su propio vegetanimal para aportar al emprendimiento.

Todo iba muy bien. Pero como llevar adelante un pequeño planeta es una ardua tarea, Till-ocrmo estaba casi siempre de viaje consiguiendo cosas, así que decidió encargarle a su pionero favorito Ber-toal que cuidara los cuatro cráteres de acceso al interior del nuevo hogar, donde se encontraba el nuevo mundo de los Atquins y sus  cultivos.

Como Ber-toal no podía dividirse en cuatro, se paró frente al agujero más grande y le pidió a sus tres vecinos más adelantados que cuidaran el resto de las entradas, no sin antes darles muchas instrucciones y una credencial a cada uno.

Un día arribó Gna-Cmonti con un arbusto de encurtidos y quiso entrar. Ber-toal ni lo miró y con un gesto despectivo le señaló que fuera a ver a la dama que estaba al fondo a la derecha, llamada Lac-Tea.  Ella era muy amable y le mostró su propia creación, un árbol que tenía tronco de requesón, flores de yogur entero y frutos de queso gruyere.

Gna-Cmonti prestó mucha atención a esta maravilla y se lo elogió. A continuación le pidió que le permitiera entrar a través del cráter que custodiaba, pero Lac-Tea negó con la cabeza.  Le dijo que sólo ingresaban quienes tenían un prendedor en el delantal.

–Me encantaría, pero el único que da las credenciales es Ber-toal -aclaró.

Gna-Cmonti creyó haber entendido que debía hacer. Entonces, con mucho trabajo crió su propio bonsái de leche cultivada y se lo llevó a Ber-toal, quien lo prácticamente lo ignoró y apenas lo derivó con un movimiento de cabeza a Ovo-Dur, quien cuidaba el cráter de la izquierda.

Dur fue muy simpático y hasta le enseñó su hongo de omelet con finas hierbas. A Cmonti se le hizo agua a la boca y le pidió que por favor lo dejara entrar. Dur movió su dedo índice derecho hacia un lado y hacia el otro.

–Con todo gusto, pero sólo Ber-toal puede dar los prendedores –afirmó.

Decepcionado, Gna-Cmonti se decidió a impresionar al guardián…

Juntó un ramillete de margaritas de codorniz, con centro de yema y pétalos de clara, para exhibírselo a Ber-toal, quien resopló y de mala gana lo envió con un movimiento de hombros hacia Car-Paccio, que se ubicaba a sus espaldas. Paccio también se portó atento y ni siquiera alardeó de su cactus de lomo con espinas de jamón crudo. Cmonti le rogó que lo dejara pasar, pero Paccio,  previsiblemente, también sostuvo que todo estaba en manos de Ber-toal.

–No hay nada que yo pueda hacer –concluyó.

Algo frustrado y utilizando sus mejores técnicas de injerto, Gna-Cmonti se las ingenió para lograr un nenúfar de papas a la española. Esta vez Ber-toal no tenía como sacárselo de encima, se le habían terminado los acólitos, así que ya no le transmitió nada. Como Gna-Cmonti era muy paciente, se sentó a esperar que lo dejara pasar, mientras el arbusto, el bonsái y el nenúfar se secaban.

Ber-toal era algo estrábico. Con uno de sus ojos, el bueno, vigilaba. Pero el fijo y desviado sólo veía a su propio árbol. Dicho sea de paso, su árbol era espectacular. Era una araucaria gigantesca, de cuyas ramas pendían diversos tipos de carnes: cerdo, ternera, pollo, etc.      

  Pasaron los segundos, los minutos, las horas y los días. Cuando Gna-Cmonti finalmente se rindió, se fue, no sin antes llevarse las semillas de sus creaciones que agonizaban. Había decidido ofrecérselas a otros que pudieran valorarlas, en otros mundos.

Mientras subía a su nave, oyó por primera vez la voz de Ber-toal.  Sus gritos en realidad:

–Mírenlo, como se da por vencido. Vean cómo desprecia sus consejos y la atención que le dieron. Sean testigos de cómo rechaza la sabiduría que compartieron con él. Vete y no vuelvas jamás Gna-Cmonti –sentenció, ampulosamente.

Dicho esto, Ber-toal decidió y sellar las compuertas de los cráteres con paté, no sin que antes los demás lo siguiera al interior, algo confundidos. Dentro, la comilona estaba en su apogeo. El interior tenía un falso cielo de panceta con nubes de grasa.

 Muchos de los Atquins que vivían allí ni siquiera habían llegado a saber de la existencia de Gna-Cmonti. Lac-Tea extrañó un tiempo a Cmonti; su leche cultivada había sido original, pero bueno, la vida continúa. Ovo-Dur tenía sus dudas con lo que había ocurrido, pero no se animaba a cuestionar a Ber-toal. Car-Paccio en cambio, ambicionaba el puesto de Ber-toal; pensaba que si era lo suficientemente fiel algún día a él también le dejaría entregar credenciales, era sólo cuestión de tener paciencia.

Un día llovieron claveles aéreos con sabor a costillitas de carnero sobre el paraíso Atquin. Habían penetrado por rajaduras que se habían producido en la superficie de Protein Gras. Eran invitaciones de Gna-Cmonti para que aquellos a quienes les interesara se sumaran para crear un nuevo jardín comunitario, poblado de nuevas especies experimentales.  

Ber-toal se puso furioso. Esta vez gritó mucho más fuerte, casi aulló.

–Gna-Cmonti los engaña.  El quiere llevarlos por el camino de la perdición -aseguró. Todos los Atquins presentes dejaron de masticar al unísono. 

–Gna-Cmonti quiere…, quiere… -balbuceó toal. El silencio y la ansiedad por escuchar lo que tenía que decir petrificaron a sus congéneres.

–Quiere crear árboles de fideos, campos de masa con cercos de turrón, lagos de dulce de leche…

–No, no –gritaban los Atquins con profundo dolor. Muchos se agarraban las cabezas, otros rodaban por el suelo.

–Quiere instalar cataratas de flan con caramelo, montañas de bizcochuelo, que caigan copos de helado como si fuera nieve….

–No lo soportamos más –gritaban dos Atquins mientras golpeaban entre sí  sus respectivos cascos.

–Quiere hacer un desierto de arroz, mares de polenta, huracanes de avena arrollada. Quiere que todos ustedes vuelvan a contar calorías y porciones –remató, sabiendo que estaba usando su carta más poderosa.

–Basta, basta, fuera Gna-Cmonti –exclamó la multitud.

Toal sonrió interiormente. Esta vez condenaría a Cmonti al destierro definitivo, quien podía dudarlo. Lo de volver a contar las calorías y porciones era algo frente a lo que cualquier Atquin preferiría la muerte. Sin embargo, esta vez se escucharon algunas voces de disidencia que se atrevieron a decirle a Ber-toal que exageraba y malinterpretaba las cosas.

 Toal se alteró mucho; no estaba acostumbrado a escuchar otra voz que no fuese la propia y menos a que se lo cuestionara. Es por eso que se permitió, por primera vez, decir una grosería.

–Parece que aquí hay muchos amantes de los carbohidratos y los azúcares –comentó descuidadamente, lo que todos interpretaron claramente como una amenaza.  Los implicados bajaron la vista y volvieron a comer en silencio.

 Así fue que se dejó de hablar de Gna-Cmonti. Todos entendieron que no se debía volver a nombrarlo, si es que valoraban sus propias credenciales.

Finalmente, todos vivieron muy felices: Ber-toal fue el guardián del cráter hasta el fin de su ciclo vital. Su nombre fue olvidado un par de generaciones después. Sin duda los Atquins son una raza muy sugestionable y poco agradecida, que considera que nadie es imprescindible.

Gna-Cmonti cultivó su propio jardín y aquellos de quienes se lo permitieron.  Vivió una vida sencilla y modesta hasta el fin de sus días. Su mayor logro fueron unas vacas que al ser ordeñadas producían un batido de alto contenido proteico y contra todo pronóstico, hipocalórico, sabor banana y chocolate. Tiene un dejo levemente salado y recibe en su honor el nombre de leche Gmontisada. 

 El resto de los Atquins adultos comió hasta que enfermaron de gota y  les subió el colesterol y finalmente reventaron de hipertensión.

Eso sí, todos terminaron muy flacos. Ah, y sus hijos se dedicaron en adelante a comer ensalada de hojas verdes.

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