Luna de miel en Saint Thomas

Publicado: 24 marzo, 2011 en Escritura, Mi vida

Pertenezco a la clase ¼. Esto quiere decir, entre otras cosas, que durante mi infancia el único turismo que disfruté esporádicamente fue el sindical, en la costa bonarerense para ser más preciso. Sin embargo, desde mi televisor blanco y negro que captaba sólo cuatro canales (cinco si hacía buen tiempo -en La Plata, imagino-) nada me impedía soñar. En particular, cuando una pareja con apariencia muy sofisticada filmaba propagandas por el todo el mundo promocionando unos conocidos cigarrillos. Eran paisajes de fantasía, de un exotismo inalcanzable desde mi cotidianeidad. Me maravillaban también los documentales de Jacques Cousteau, a tal grado que jamás me llamo la atención que el traductor tuvieran un acento francés completamente innecesario pero altamente pintoresco. Ya durante mi adolescencia, hubo un breve furor en relación a la película “La laguna azul”. El paraíso polinesio tomaba allí forma de romance y algo de aventura y uno, desde el cine del barrio, vivía por un par de horas otra realidad. Cuando luego de varios años de noviazgo Adriana y yo decidimos casarnos, se presentó una oportunidad única para nuestra luna de miel; como no hacíamos fiesta mi suegro nos regalaba el viaje, estabamos en los albores de la convertibilidad y mi futura mujer trabajaba en una agencia de turismo. Una tarde ella llegó con montones de folletos y una doble propuesta: Disneyworld y el Caribe. Lo primero era lo más sencillo de decidir, quién se puede resistir a Mickey Mouse. Lo segundo era más complejo; el desplegable del barco lo mostraba fastuoso y no pensamos que nos sentiríamos cómodos protagonizando un remedo del “Crucero del amor”. Aunque en realidad lo determinante al desechar la idea fue que la nave ofrecía el acceso libre a cinco restaurantes y luego del esfuerzo de una estricta dieta para estar en forma al momento de la boda, no queríamos echar todo a perder en un par de semanas y volver rodando, cosa que no teníamos la menor duda de que en ese contexto sucedería. Propuse entonces ir a una sola isla y mi mujer lo aceptó con entusiasmo; faltaba decidir a cuál. Había visto recientemente un reportaje a la modelo de las propagadas de cigarrillos de mi niñez, en la que ella contaba de su casa en Saint Thomas. No dudé un segundo y apoyé mi dedo índice sobre un punto del mapa, diciendo entre risas y fingida grandilocuencia: “Lo que es bueno para Claudia Sánchez, es bueno para nosotros. Una vez en Disney, en pleno Animal Kingdom escuchamos a nuestras espaldas una voz inconfundible, única en el mundo: la de Isabel Sarli. Nos dimos vuelta y vimos que “la Coca” se encontraba en el descanso de una entrevista que le hacía, si no me equivoco, Mateyko. Espléndida, con un trajecito blanco, recién repuesta de una operación, nos atrevimos a saludarla y fue amabilísima con nosotros, mostrándose como una persona cálida y de gran sencillez. Debo admitir que también tuvimos allí, en Epcot Center para ser más preciso, una señal de alarma que desestimamos. Durante la proyección de una película en pantalla de 360 grados en el stand de Mongolia, en la que unos caballos salvajes giraban sin cesar, mi flamante esposa se puso verde y no dejó de vomitar el resto del día. Fuimos a una tienda y explicamos lo que pasaba; le diagnosticaron “Motion sickness” (la enfermedad de movimiento) y nos proveyeron de un antiemético muy conocido elaborado en base a dimenhidrinato que se vendía por doquier como si fuese un caramelo de menta. Antes de irnos a la isla visitamos Estudios Universal. Habíamos comprado para aprovechar el cambio favorable una cámara de fotos. Sin embargo, no teníamos filmadora, pero aún así deseabamos llevar algo grabado para agregar a nuestro video de casamiento. Como fanático de “Viaje a las Estrellas”, convencí a Adriana de que se calzara un uniforme rojo y orejas puntiagudas para representar al primer oficial vulcano; fue entonces que nos insertaron en medio de un capítulo, con desmaterialización incluida. A veces, como puede verse, hay maneras delirantes de expresar el amor. La felicidad, por el contrario, es en cierto punto inefable. Para mí, aún hoy en día, se cristaliza frecuentemente en un recuerdo luminoso. En esta imagen, me encuentro vistiendo una zunga en animal print de distintos tonos del violáceo. Aclaro, desde mi idiosincracia machista y argentina, que fue la única vez que me atreví a ponerme algo así; todo estaba tan bien allí, que absolutamente nada me hubiera podido avergonzar. En mi memoria, estoy recostado en medio de una pileta con agua salada, en un colchón flotante por cuyos intersticios se cuela el agua tibia, que cosquillea mi espalda. En mi mano derecha, mi tercer daikiri. En la izquierda, una novela de bolsillo que recrea la vida en la isla, “No detengan el carnaval “, de Herman Wouk. ¡Y vaya que no quería que se detuviera para mí! El gris de mi oficina se presentaba entonces como parte de un complot internacional para alejarnos a la mayor parte de la gente de la verdadera vida, que estaba allí, rodeándome. Levantaba de vez en cuando mis anteojos negros y veía un cielo de un azul celeste inmaculado. A los cinco minutos, se largaba una llovizna tropical; uno ni atinaba a moverse. Sólo me reía tontamente, tenía sobradas razones para hacerlo. Ya era un nativo más, completamente despreocupado, como los que nos miraban tentados en el aeropuerto, tirados en cualquier lado fumando quien sabe qué, mientras pretendíamos que nos llevaran las valijas. Pronto comprendí que no era desidia sino otra manera de ver la existencia. Que nosotros vivíamos corriendo sin saber hacia dónde y para qué y comprando cosas que nos nos hacen falta. Y que, en cambio, los naturales del lugar nos decían algo así como: “Estabamos cuando ustedes no venían, estamos ahora y estaremos cuando no vengan más; y cada vez que haya un nuevo huracán que se lleve todo, comenzaremos nuevamente, como lo hemos hecho siempre, porque lo que en realidad se necesita es muy poco”. Cuando volviera, ni yo lo iba a creer. Lástima no poder documentar tanto placer, pensaba mientras hojeaba un diario local. Hasta que leí el aviso que decía algo así como: “Crucero a isla desierta, incluye filmación submarina”. Instantáneamente comencé a imaginar el relato en off apretádome la nariz que escucharían nuestros amigos y familiares: “Hemos llegado con el Calypso a la noche del calamagggg….” Era muy cara la excursión, pero bueno, sólo se vive una vez; todavía no teníamos conciencia de que, ya en casa, el resúmen de la tarjeta de crédito, en vez de decir “Hoja 1 de 2” iba a decir “Sobre 1 de 2”. A la mañana siguiente llegamos en una camionetita a la que estaba considerada una de las diez playas más bellas del mundo; doy fe de que aunque inverificable, la estimación era, sin dudas, altamente probable. Nuestros compañeros de travesía eran de Brooklyn, tan apasionados (incluso para nuestro standard mielero) que se nos figuraron prejuiciosamente como amantes, aunque en el frío trato con nosotros se verificaba absolutamente el estereotipo sajón, al igual que en el caso del Capitán del pequeño yate, a la vez conductor-azafata-improvisado cineasta, todo en uno. El Capitán nos vino a buscar en un botecito con motor fuera de borda. Aunque mi mujer había tomado con la anticipación necesaria la dichosa pastilla contra los mareos, empezó a vomitar casi de inmediato, mientras el nos mostraba el paisaje diciendo “Allí tiene una casa Steven Spilberg, en aquel lado Magic Johnson…” A Adriana le importaba muy poco, lo único que quería era pisar tierra firme y luego de un buen rato, así se lo hice saber a nuestro anfitrión. Me ofreció llevarnos a una isla cercana, mientras la otra pareja seguía atiborrándose de cerveza y comiendo sandwichitos, sin demostrar demasiada solidaridad. Nos advirtió que debíamos descender de la lancha antes de llegar a tierra firme pues ésta si se acercaba demasiado podría encallar. Nos bajamos con el agua a la altura de la cintura y nuestras cosas elevándolas con nuestros brazos en alto. Creí escucharle decir que tuvieramos cuidado con los… tiburones. Tratabamos de correr pero el oleaje no nos dejaba, hasta que nos tumbó mojando todas nuestras pertenencias, inclusive la nueva cámara de fotos, que alcanzó a tomar alguna antes de expirar y quedar colgando, escurriéndose, de la rama de una palmera, mientras estabamos tirados en la playa exhaustos, Era el mediodía y el sol era implacable. Trataba de mantenerme tranquilo pero recordaba que el yate podría irse y nadie sabría dónde estabamos. Realmente era como la laguna azul; incluso me adentré en la selva y encontré una especie de altar con cenizas. ¡Zaz! Nos faltaban los caníbales, cartón lleno. Como mi mujer se sentía mejor, hicimos señas para que nos vinieran a buscar. Al retirarnos, el capitán dio vueltas a toda velocidad para que se saliera el agua de la lancha, por lo que mi esposa ya estaba descompuesta nuevamente al volver a bordo. Les pregunté cuanto faltaba para llegar. “Ya llegamos” fue la respuesta. Adriana se dio vuelta y sin decir palabra se tiró al agua y volvió nadando a la isla, que se encontraba a gran distancia. Todos me miraban como un aguafiestas, mientras subía mis hombros y ponía cara de feliz cumpleaños. Preocupado e imaginando un rescate en helicóptero, el capitán se acercó y me pidió que le avisara –con señas- a mi mujer que la excursión había acabado, que así no tenía gracia, que compensaría a nuestros compañeros de periplo otro día. Adriana volvió nadando y al llegar al borde del yate, la filmación la muestra preguntando, completamente dispuesta a dar media vuelta y seguir braceando: ¿Nos vamos?. Para las fiestas de Diciembre, durante los años siguientes, recibíamos una tarjeta de felicitación de parte del Capitán. No se si es mi imaginación, pero tengo la imagen de mi esposa teniendo arcadas mientras las sacaba del sobre y rápidamente las colocaba en una ramita bien escondida del árbol de Navidad. 

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