Margot

Publicado: 24 marzo, 2011 en Ciencia Ficción

Fue en vano tratar de convencer a la policía temporal de mi inocencia. Era el vecino de Margot y algo tenía que saber, decían ellos. Yo lo único que sabía era que desde que ella había comenzado a escuchar ondas radiales y televisivas de un planeta perdido en el borde de la galaxia, se pasaba las tardes y noches llorando lágrimas de mercurio inmersa en una profunda melancolía. Y que una mañana metamorfoseó en forma humana y portando una boina azul, un vestido a lunares con cuello de encajes, un prendedor y un par de guantes de fiesta, irrumpió a sangre y fuego en la oficina local de viajes espacio-temporales y nunca más supe de ella. Paso mucho tiempo antes de que me enterara qué era lo que había ocurrido.

            Margot se había enfermado de tango. Las coordenadas a las que se dirigió la dejaron en medio del patio de un conventillo, con un gran estruendo que pasó inadvertida entre la babel de lenguas y los niños jugando con una pelota de trapo. La enorme matrona que subarrendaba las piezas observó su aspecto con contenido desprecio, pero la aceptó porque a su entender y en su apresurado juicio “las mujeres de la vida siempre pagan puntualmente y son muy limpias”. Emocionada Margot se dirigió al cabaret. Las otras mujeres la vieron con recelo  ingresar al salón de baile y hacerle una caída de párpados al primer cajetilla que encontró, quien se apresuró a sacarla. Bailó como si la vida se le fuera en ello y el cliente la llevó a un cuarto frío y con las paredes llenas de humedad, donde logró sacarle unas monedas de más contando la historia sobre su viejita que lavaba ropa de la mañana a la noche.

            Un jovencito francés recién llegado, con berretín de cantante, juntaba unos pesos en el cabaret haciendo caricaturas de los danzantes. Margot volvería cada noche hasta enloquecerlo de amor y de envidia. El regordete muchacho volvía a la habitación de su pensión en el Abasto y en febril insomnio pintaba un cuadro inacabable noche a noche. Una de esas noches se decidió, juntó todos sus ahorros, se alquiló un smoking y engominó su cabello. Margot nunca se había percatado de su presencia, pero el puñado de billetes arrugados que disimuladamente le colocó en la mano derecha acabaron con sus dudas. La orquesta seguía tocando cuando se dirigieron al cuarto habitual.

            A Margot sólo comenzó a interesarle la charla cuando le dijo que cantaba folclore y se acompañaba con una guitarra criolla y le regaló una amplia sonrisa inmaculada. Fue cuando la metamorfa, aparentando pasión, lo abrazo y le clavó las uñas en los brazos en un arrebato. Le introdujo la lengua por el cuello y luego se fue transformando toda en lengua y penetró el cuello de Charles que intentaba librarse desesperadamente y no podía. Pronto salió canturreando, mientras una boina azul, un vestido a lunares con cuello de encajes, un prendedor y un par de guantes de fiesta quedaban en el piso de la habitación.

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