Tácito

Publicado: 24 marzo, 2011 en Ciencia Ficción

Era mi primer día como diplomático principiante. Estaba muy excitado y ansioso pero a la vez confiado en mis aptitudes para el puesto. Siendo un Seussura, soy un telépata natural y el aprendizaje de los lenguas y el protocolo para este sector de la galaxia me había resultado sencillo.

Repasé mentalmente los atecedentes mi primera misión como mediador entre dos vecinos, Ipegto y Natimi. Pan comido;  Ipegto había vencido a su eterno rival Tihta y sometido a su satélite Natimi como vasallo o en servidumbre, categoría a definir. El malentendido era básicamente cultural. El deificado Faraón de Ipegto, Mársse II, consideraba que la anexión significaba un honor para los recién incorporados (lo que implicaba a su vez comenzar a recibir tributo del planetoide en forma inmediata).  Attarashut, Dominus de Natimi, sostenía en cambio que la nueva era una relación de reciprocidad, por lo que previamente reclamaba el envío de tropas para defender a su pueblo de nuevos ataques tihtas. 

Entré a la hora acordada al palacio piramidal y dejé mi ropa en la recepción. Desnudo avancé hasta la sala de audiencias y en el portal sagrado giré y comencé a arrastrarme hacia atrás por sobre los mosaicos helados. Al llegar a una distancia prudencial de Su Divina Presencia, me detuve manteniendo los ojos pegados al suelo, sinténdome estúpido mientras escuchaba la infinita letanía de títulos del Señor del Mundo Sin Sujeto (no hacía falta, eran panteístas y por tanto Mársse II era todo).  Dicen por ejemplo: “Regalo para el Dominus” y uno comprende qué se debe hacer y quién lo tiene que hacer.

De espaldas al Faraón me incorporé. Se me acercó el Ujier, Tarbhes, una masa informe peluda y gelatinosa, sudorosa y babeante. Cuando se empezó a refregar contra mi cuerpo casi no pude evitar las arcadas por el hedor que transmitía. Esto de los lenguajes táctiles iba a resultar más arduo de lo que me había imaginado.  Cuando terminó, fui a retirar mi ropa (que eventualmente se contaminaría con los restos del portero) y el presente para Attarashut, un bufón enano mudo.

            Fue terrible subir, había en la plataforma de despegue inspectores que empujaban para cerrar las puertas de la enclenque navecita. Adentro, parecíamos sardinas enlatadas. En el tumulto, el pigmeo quedó suspendido en el aire como una cartera, a dos metros de donde me encontraba. La presión era insoportable; la gente que me rodeaba me miraba con desprecio por mi olor. Podía bloquear sus pensamientos pero no acallar en mi mente los gritos desgarradores del enano, los cuales  sólo yo percibía mientras éste se asfixiaba.

            Natimi era el último destino, los pasajeros que restaban descendieron allí. Lloroso, fui a recoger el cuerpo de mi amiguito, al que la turba había aplastado sin piedad. Su falda de hojas de Pickwik y su collar de cuentas de Asflñk se encontraban manchados por su sangre tornasolada. Debo confesar que me desesperé, pero como un profesional, enfrenté de cualquier modo al Dominus.

            Attarashut y su pueblo son cuasi minerales. Hacen un culto de la inacción, pues se movilizan a una velocidad infinitesimal. Sus pensamientos se expresan sin verbos. “Ningún ejército, Faraón desconsiderado, regalo sin vida, mensajero también culpable”.

Estas palabras taladran mi cerebro, como las gotas que persistentemente caen del techo de la cueva en la que me colocaron sus robots, llena de estalactitas y estalagmitas. Me siento algo aturdido para pensar. ¿Alguien me dirá que será de mí?

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