El extraño caso del mezcladito molotov

Publicado: 25 marzo, 2011 en Cuentos

El extraño caso del mezcladito Molotov

El Comisario Tácito era un hombre de pocas palabras. A decir verdad, casi de ninguna. Es por esto que en cada escena del crimen permitía que su ayudante, Parácleto Gómez, diera las explicaciones del caso a los presentes.
–´Ombuzdión ezbondánea. ´Onzizde en el inzendio del ´uerbo de una ´edzona zin una ´uende de inizión ezdedna ´ázilmende idendifigable –dictaminó el oficial, con indisimulada satisfacción, mientras su jefe husmeaba los labios y lo que había sido la delantera de la occisa y recogía una especie de estilete y un encendedor descartable que se hallaban junto al cadáver–.
El cuerpo de la RR.PP. se encontraba despatarrado, cubierto en sangre y con el pecho abierto como para un trasplante cardíaco, tendido en el centro de la pista de la bailanta Maravunta, sita en la periferia de Villa Luzuriaga. Una docena de monos formaban parte de la selvática decoración del antro y desde sus jaulas aturdían a los presentes. Se los veía notoriamente alterados a los monos (los uniformados permanecían tan tranquilos como siempre).
Esa misma mañana, al dirigirse hacia el lugar del hecho en el móvil de la Policía Científica, el Comisario había circulado frente a la palmera y placa que recuerdan la ubicación de la desaparecida Posta de Montero, último aprovisionamiento para diligencias previo a ingresar al Interior durante la Colonia. No siendo creyente (aunque sí profundamente religioso), Tácito se persignaba ante el predio cuando debía cruzar Camino de Cintura.
Sin haber recibido instrucción alguna, Cleto comenzó a repartir tarjetitas de presentación y a distribuir turnos entre los testigos, con el objeto de tomarles declaración más tarde en la sede ubicada en la rotonda de San Justo. El principal sonrió; su adláter lo seguía a sol y a sombra desde que se habían conocido en el colegio agrotécnico salesiano, décadas atrás. Sabía que ya no podía prescindir de él.
Ese mediodía, luego de una parada obligada en el comedor de la institución, Tácito apoyó su mano derecha sobre el marco de la puerta del laboratorio forense mientras se apretaba las aletas de la nariz con la izquierda; nunca ingresaba, pues le revolvía el estómago. El Dr. Doyle comenzó a recitar el informe preliminar, entusiasmado. En líneas generales, se sentía desperdiciado por la mediocridad del crimen suburbano, pero esta vez era diferente.
–A simple vista, el cuerpo se encuentra cubierto de una erupción hemorrágica propia de un virus de la familia Filoviridae y género Filovirus, Subtipo Ébola Zaire. La muerte se produjo por shock hipovolémico por pérdida de sangre. Los resultados del laboratorio tardarán semanas; no la vale la pena esperarlos, esto es definitivo. Ya estoy escribiendo la nota para alertar al Ministerio de Salud Pública. Hay que poner a toda La Matanza en cuarentena.
Tácito sonrió levemente; ya podía ver su nombre en las placas rojinegras de Crónica TV. No era una perspectiva agradable. Sin decir “si te he visto no me acuerdo” giró 180 grados y a los pocos segundos ya se encontraba en la cocina, armándose un sanguche de tres pisos. Según su buen saber y entender, un estómago lleno constituía el camino más prístino hacia la verdad.
Mientras tanto, Cleto tipeaba pacientemente el relato de los testigos. Los carbónicos estaban tan gastados que intentar leer la tercera copia hubiera sido imposible hasta para Indiana Jones. El oficial había presenciado pocas veces una pareja tan variopinta de probables imputados.
Pipi, vocalista de “Los insaciables” –los cuales se encontraban en pleno recital en el momento del incidente–, ex novio de la difunta, la acuso de zoófila con los simios del lugar, recién traídos de África, y remarcó que lo había amenazado de muerte si no volvía con ella esa misma noche. El susodicho tenía tantos tatuajes y piercings en la cara que resultaba virtualmente imposible dejar de mirarlo. Lo que repetía una y otra vez era que la explosión había sido horrible y que nunca la olvidaría en su vida.
Naná, la barwoman y actual novia del cantante, una rubia pizpireta que había visto demasiada televisión, admitió que detestaba a la difunta. Y que no le había arrojado el vaso de “mezcladito” encima sin querer, que había sido una sutil advertencia para que se dejara de joder. Pero que sin embargo desconocía el porqué se le había prendido el pecho a lo bonzo. El mezcladito era inofensivo, aseguró, y sólo levemente combustible. Caso contrario, afirmaba, no hubieran sobrevivido los cientos de clientes que lo habían tomado.
Luego de leer pacientemente los informes en su oficina, Tácito se propuso explorar la hipótesis del mezcladito Molotov y, a tal efecto, se apersonó en la oficina del Dr. Doyle quien estaba terminando de redactar el informe que lo dispararía cual proyectil humano hacia el estrellato forense. En preciso instante entró un joven oficial que preguntó con cierta sorna:
–Doc, puedo llevarme el fiambre del trava a la morgue? –y descontando la respuesta afirmativa empujó unos centímetros la camilla con rueditas en dirección al ascensor. El comentario logró que el forense saliera abruptamente de su ensimismamiento y que su silla giratoria pareciera aún más giratoria, mientras Tácito levantaba su mano derecha, también conocida como “La mano de la justicia”.
El tiempo se detuvo. El silencio se tornó denso, insoportable. El comisario levantó, con la punta de dos dedos, la minifalda escocesa tableada que cubría mínimamente unas robustas piernas de futbolista enfundadas en medias de red. Sus sospechas se vieron confirmadas. Contundentemente confirmadas. Pantagruélicamente confirmadas. Tácito miró reprobadoramente al Dr. Doyle, dispuesto a aplicarle el castigo del silencio. El forense supo que debía justificarse o nunca en su vida volvería a escuchar una palabra de parte de su jefe. Se le venía la noche.
–Es ci-cierto –tartamudeó– ahora que lo pienso, se podría haber albergado alguna sospecha. La sombra de barba, la nuez de adán. Pero bueno, uno tampoco va a ser tan detallista. ..

Fiel a su costumbre, Tácito citó esa misma noche a la pareja implicada y a Cleto en la cocina de la sede. Eran aproximadamente las ocho de la noche. Sentado en un taburete hacía rollitos de pastrón, los cuales masticaba metódicamente. La espera ponía aún más nerviosos a los invitados y era completamente deliberada. Naná estaba perdiendo la paciencia, pero Cleto no vaciló en explicarles la lógica secreta de la mente de un genio.
–El ´omizaguio ez un ´edecdive zen. ´igue el ´amino del ´ao. Engüendra la ´esvuezda ´in ´uzcagla.
Bastó que Tácito balbuceara “picahielo” mientras masticaba el enésimo rollito para que Cleto se apresurara a esposar a Naná. Pipí se cubrió el rostro con ambas manos, sintiéndose descubierto. Nunca olvidaría cómo Naná, durante el tumulto que había ocasionado volcando el mezcladito, había clavado el estilete en ese par de tetas rebosantes de aceite industrial para luego encender la llama que preludiaría un estruendo infernal.

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