El otro angelito

Publicado: 25 marzo, 2011 en Cuentos

De rodillas, con la cabeza inclinada y los brazos extendidos. Los asistentes al rito concentraron su mirada en el cuerpo inerme del infante, ubicado sobre un altar translúcido improvisado en medio de la bahía de carga. Aunque estático, el párvulo se encontraba vivo. Así lo confirmaban los alertas ojos rasgados, las mejillas redondeadas y rozagantes, el brillo de su tez cobriza y  la vivacidad que de todo este conjunto emanaba.

Como un mantra alienígena, el lamento repetitivo de los oficiantes penetraba a través de los oídos del pequeño y de algún modo incomprensible evitaba que intentara escapar. Uno de ellos, el que en apariencia dirigía el coro, se acercó y dispuso una serie de minúsculos artefactos sobre el niño, quien no sintió dolor aunque de algún modo comprendió que su naturaleza estaba siendo profundamente modificada. Acto seguido, el nuevo ente fue repuesto al  lugar exacto donde había sido encontrado, antes, cuando era otro.

Unos minutos después llegó una mujer, que lloraría amargamente luego de haber gritado y recriminado a sus dioses por largo rato, en cuclillas. Finalmente, agotada, se dejó caer al suelo. Comprendió entonces que su respiración entrecortada y jadeante sobre los fríos labios del cadáver no devolvería el aliento vital a su primer y único hijo, al que había extraviado sólo por un par de horas. El niño, rígido, no entendía la desesperación de  su madre desesperada, ni tampoco porqué no podía moverse o hablar. Menos aún comprendía la estrecha conexión de su mente con la de sus recientes secuestradores. Muy lejos de allí, los oficiantes, aún en trance, veían a través de sus ojos el entorno en el que la situación se desarrollaba, percibían los sentimientos que la rodeaban absorbiendo toda la información que les era posible, descubriendo el dolor en un éxtasis místico.

Cuando Yara se resignó a que nada más podía hacerse, creyendo que su hijo ya no se encontraba allí, lo ubicó sobre unas piedras y se dirigió a la tribu, en busca de otros que la ayudaran a realizar la ceremonia correspondiente que aseguraría su tránsito seguro al otro mundo. La india hubiese preferido llevarse al niño consigo y no abandonarlo a merced de los animales salvajes, pero presintió que debido a su extraña apariencia podía haber sufrido algún tipo de maldición que no deseaba se extendiera entre los suyos. Tuvo tiempo, sin embargo, de tomar un puñado de polvo y esparcirlo sobre su cuerpo. Tiempo de mirar al sol, de invocar al viento, de hablar con las rocas. 

Una lavandera negra que se hallaba a la vera del río color de león, curiosa, había presenciado también el breve duelo, escondida entre unos arbustos. En cuanto Yara se retiró, la esclava se acercó cuerpo sigilosamente y asegurándose de que nadie la viera. Tomó a lo que creyó un muñeco con ambas manos y escapó de allí, sonriente y segura de que éste serviría perfectamente a sus fines.

Lo vistió luego con unos retazos de tela, un remedo del vestido de su ama, a la que tanto odiaba, sentimiento compartido por sus iguales. Pero algo la diferenciaba de ellos; aunque ningún blanco lo supiera la negra era houngan, una sacerdotisa en el lugar donde había nacido. Se dirigió entonces a un prado, donde un pequeño grupo de negros de todas las edades estaba reunido junto al fuego, tocando tambores y danzando. Todos hicieron silencio cuando vieron llegar a Graciana, quien pidió una olla y comenzó a solicitar a los niños allí reunidos que les buscaran los ingredientes más curiosos: tarántulas, huesos, plantas, gusanos, sapos venenosos. Luego dio instrucciones precisas, mostrando ella misma cómo debían tocar los varones los tambores, cómo debían bailar las mujeres a su alrededor, cómo debían ser sacrificados ciertos animales domésticos y que debía hacerse con su sangre durante la ceremonia.

El ritmo de los tambores poco a poco se volvió frenético, al igual que el baile de las mujeres. Había sangre de animales por doquier, vertida en diferentes vasijas. Graciana comenzó a girar, cada vez con más velocidad, revoleando la cabeza. Las fórmulas ininteligibles que todos cantaban dieron lugar dieron lugar a la transpiración y al frenesí, durante el cual ella cayó al piso vomitando espuma, en el centro de una ronda de bailarinas. Luego se levantó y comenzó a ahorcar al cuerpo del infante con un pedacito de soga y finalmente le clavó una astilla de hueso en lugar donde debía estar ubicado el corazón.

Sorpresivamente, el supuesto muñeco comenzó a levitar. Graciana y el resto de los esclavos no daban crédito a sus ojos y salieron corriendo despavoridos, a pesar de que el cuerpo había dejado de flotar pocos segundos después. Cuando volvieron a la casa relataron sólo la última parte de los sucesos. Estaban asustados, pero no tanto como para decir toda la verdad de lo que habían estado haciendo.

La señora no creyó nada de lo que le dijeron, interpretando que estaban tratando de justificar la haraganería de haberse apartado de sus quehaceres. Sin embargo, el vociferante grupo logró sembrar la duda en una vecina, portadora de una pobreza semejante a la de ellos aunque fuera pálida y libre, quien decidió visitar el lugar que habían indicado.

Una vez allí, encontró al muñeco. Y decidió tomarlo, para dárselo a su hijo menor, gravemente enfermo desde hacía unos días, quien lo abrazó con fuerza, volando en fiebre. Lo había llevado en la esperanza de que el niño se alegrara, alejara los malos humores y se mejorara eventualmente.

Pero en la última hora su salud se había deteriorado en forma significativa. El padre no dudó y lo llevó apresuradamente a ver a Estevania, la curandera. La mujer diagnosticó “mal de ollo”. Ya en su choza, la cual era realmente desagradable, llena de telarañas con ratas apareciéndose de tanto en tanto, la bruja enana puso sobre el fuego un enorme recipiente cerámico, tras el cual apenas se le alcanzaban a ver sus ojos bizcos y su puntiagudo sombrero. Colocó en el fondo del recipiente azúcar y cortezas de limón. Y empezó a recitar un encantamiento:

–Mouchos, coruxas, sapos e bruxas. Demos, trasgos e dianhos, espritos das nevoadas veigas. Corvos, pintigas e meigas, feitizos da mancinheiras. Pobres canhotas furadas, fogar dos vermes e alimañas –y mientras recitaba esto, agregaba aguardiente al recipiente

           –Oide, oide! Os ruxidos que dan as que non poden deixar de queimarse no agoardente, quedando así purificadas –puso a continuación en un cucharón sobre un poco de azúcar, le agregó un chorro de aguardiente y lo acercó al fuego que se encontraba en un rincón. El contenido del cucharón comenzó a arder y Estevania lo hacía girar por sobre su cabeza  mientras seguía recitando el conjuro:

           –E cando este brevaxe baixe polas nosas gorxas, quedaremos libres do males da nosa alma e de todo embruxamento – y dicho esto incorporó lo del cucharón al contenido del recipiente, el cual en el acto se encendió y continuó, mientras daba vueltas al líquido, con suavidad y sin tocar el fondo:

           –Oide, Oide! Forzas do ar, terra, mar e lume, a vos fago esta chamada: si e verdade que tendes mais poder que a humana senté, eiqui e agora, facede cos espritos dos amigos que estan fora, participen con nos desta queimada –dio entonces por terminado el conjuro, retiró el azúcar sobrante del fondo del recipiente y apagó el fuego con vino tinto.

Que beba un sorbo de esto y se curará –ella no había terminado de decirlo y ya el padre le había llenado la boca al niño a la fuerza, quien no consiguió tragar el brebaje y a los pocos minutos murió. El hombre intentó entregarle a la vieja una moneda, que ésta rechazó con un ademán, posiblemente enojada por su propia ineficacia.

Al entrar a La Trinidad no se veía foso ni empalizada. No había puertas, ni soldados haciendo guardia. Muchas personas harapientas y pocas ricamente ataviadas iban a buscar agua al río portando vasijas. Contados jinetes dentro de la aldea; escasas carrozas. Unos esclavos que portando una silla de manos conducían a su ama a la iglesia o de visita a algún lado se interpusieron en el camino. El padre detuvo bruscamente la carreta y giró su cabeza para verificar que la maniobra no hubiera perturbado el sueño final de su preciosa carga.

Nubes de polvo se alzaban constantemente nubes de polvo a consecuencia del viento. A lo largo del camino había lodazales, seguramente formados con la lluvia, muchos de ellos verdaderos pantanos. La tierra de las calle estaba floja, removida por animales que circulaban y con huellas de carretas arrastradas por bueyes, que usaban ruedas chirriantes con llantas de madera envueltas en lonjas de cuero crudo. Mientras el carretero avanzaba, vio que algunas se trababan y el conductor debía bajar toda la carga pacientemente hasta poder hacerla avanzar.

Había también cadáveres de animales en descomposición, jaurías de perros cimarrones, caranchos, chimangos, emanaciones odoríficas de aguas servidas y  mosquitos por doquier. Caballos, cerdos y ovejas estaban sueltos, pastando en las calles y huecos y entrando a los templos que tienen sus puertas siempre abiertas. Abundaban los cardales y malezas. Nada de esto le llamó la atención al conductor.

La morada familiar era de barro y paja; el hogar de unos vecinos más afortunados era de adobe, con techo de caña y totora sostenido por palmas del Paraguay. Frente a la plaza las casas principales tenía pocos herrajes y techos de tejas y exteriores blanqueados, aunque casi ningún vidrio.

 La precaria vivienda tenía plantas y frutales y contaba con corral para aves, cerdos y caballos. Una especie de cortina de cuero cerraba la entrada y había un cerco con enredadera a la manera de medianera. El interior carecía de decoración y el mobiliario era prácticamente inexistente. Afortunadamente el Gobernador Diego Marín Negrón se encontraba en Asunción y no podría poner reparos respecto a lo que iba a suceder.

Ambos cuerpos fueron colocados en el lugar más importante del rancho. Como una letanía, los amigos y parientes que rodeaban a los angelitos repitieron la misma oración, una y otra vez hasta el hartazgo, sucediéndose en turnos durante todo el día:

Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum. Benedicta tu in mulieribus et benedictus fructus ventris tui Jesu. Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc et in hora mortis nostrae. Amen.

Esa misma noche comenzó el baile y los juegos festejando que la criatura ya estaba en la gloria de Dios. El padre fue el protagonista, aliviado de tener una boca menos que alimentar. La madre sonreía feliz, teniendo ahora un intercesor puro y directo ante Dios para cuidar del bienestar y la salud de su familia.

Al anochecer del segundo día de alegría el cura se acercó a una distancia de los festejos que consideró prudencial para no ser considerado partícipe de ellos pero a la vez suficiente para que su imagen amonestadora y amenazante generara cierta inquietud. Antes de retirarse, vencido, susurró algo entre dientes:

Pater Noster qui es in coelis. Santificetur nomen tum. Adveniat regnum tuum. Fiat voluntas tua sicut in coelo in terra. Panem nostrum qotidianum da nobis hodie. Et dimitte nobis debita nostra sicut et nos dimittimus debitoribus nostris Et nenos inducas in tentationem, sed libera nos amalo. Amen.

El angelito fue enterrado al amanecer, en pleno campo. Sobre la tierra removida de su tumba recostaron al muñeco. Magistral combinación de óxidos de potasio, aluminio y magnesio; polvos de alabastro y de mármol; caolín y frita vidriosa. Su semblante transmitía la tranquilidad de quien se encuentra ajeno a las circunstancias de nuestra vida.

Cuando todos se retiraron se hizo presente el silencio. Las flores que coronaban la cabeza de porcelana blanda comenzaron a marchitarse. El blanco de la ornamentación fúnebre con la que lo habían vestido se ensució tímidamente, consecuencia de las partículas que el viento le adhería.

Las vacas se espantaron cuando un gran objeto brillante descendió a pocos metros del suelo; si hubiera habido un testigo humano, difícilmente hubiera podido contener las lágrimas al ver al otro incorporarse y ascender hacia los cielos, envuelto en una luz beatífica, con los párpados aún cerrados.

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