Epifanías de una hipernova

Publicado: 25 marzo, 2011 en Ciencia Ficción

El mensaje en el foro de observación de supernovas en InterPlanet no dejaba lugar a dudas; puesto que se trataba de Enormis Gigantea, una estrella extraordinariamente grande, su fin sería memorable. Y su observación directa y cercana, una oportunidad irrepetible en términos de una vida humana. En particular para un fanático obsesivo como Fernando Basoa.

El sólo pensar en el futuro colapso directo de la estrella en un agujero negro lo excitaba. Cerró sus párpados, desnudo como estaba, sentado en su sillón favorito frente a la cascada de tipografía tridimensional Garamond, su favorita. Deslizó su mano izquierda hasta su bajo vientre y comenzó a estimularse, imaginando la emisión de dos chorros de plasma increíblemente energéticos desde los polos del feneciente astro, disparados casi a la velocidad de la luz. La paz que sucedió a las descargas, la real y las proyectadas, fue tan intensa que el capitán dudó por un momento no encontrarse bajo los efectos de un diluvio de verdaderos rayos gamma.

Sin retirar su mano de entre sus ingles, temeroso de ensuciar algo de su flamante nave –adecuadamente bautizada como Ermita II (siempre le habían gustado las sagas y preveía una también para ésto)–, se dirigió a la ducha. Una vez allí recomenzó el ritual cotidiano. Enjabonarse y enjuagarse en tres ocasiones, siempre comenzando en la cabeza para terminar en los dedos de los pies. No fuera caso que la supuesta mugre que se escurría volviera a ensuciar lo ya limpio. Aunque, a decir verdad, él nunca sintiera que estaba lo suficientemente limpio.

Mientras se lavaba, pensaba que el viaje a Gigantea sería provechoso en muchos sentidos. Evitaría permanecer en NeoBaires cuando cumpliera su trigésimo quinto cumpleaños (y sobre todo, se salvaría de la amenaza que sus amigos le hicieran un festejo sorpresa, con disfraces y karaoke incluídos –una verdadera pesadilla–). Daría un magnífico primer viaje a su nueva compañera intergaláctica (a la vez nave y hogar, puesto que su cubículo en la capital argentina sin duda no lo era). Además, luego de un año y medio de inactividad laboral (a partir del del incidente con la Ermita original en el sistema Numa Pompilio, del cual prefería olvidarse), tal vez fuera un excelente broche de oro para las forzadas vacaciones.

Gestionar el préstamo para comprar el nuevo transporte le había llevado ese lapso; no es que siempre hubiera estado haciendo trámites, pero le gustaba tomarse sus tiempos para hacer las cosas y cualquier traba burocrática lo inmovilizaba para realizar otras actividades hasta habersela sacado de encima. Pronto iba a tener que comenzar a pagar la deuda, si es que no quería que la policía espacial recibiera una orden de captura. Además, debía empezar a juntar dinero para una futura clonación, en tanto no deseaba ser el último de su linaje. La enésima replicación era su reaseguro frente a la crisis de edad intermedia que comenzaba a insinuarse: la certeza de la muerte propia, la inevitabilidad de la declinacion fisica, el frustrante contraste entre sus expectativas adolescentes y su solitaria realidad.

Fernando no usaba ningún mecanismo para secarse, solo toallas y paciencia, refregando hasta el último rincón, con la convicción íntima de que lo húmedo se pudre. Al finalizar, con un silbido, hizo que su nuevo ropero se abriera de par en par. Gracias a Dios había podido finalmente retirar los muchísimos objetos heredados de sus predecesores y los caprichos de su propio coleccionismo. Incluyendo su ropa. 10 pares de botas Galaxy Rubber marrones, 20 pantalones Magno 505 negros, cuarenta camisas Frenessí leñadoras, cada una con idéntico diseño pero sutiles variaciones en sus tonos apagados. En cambio, las botas y los pantalones eran todos idénticos entre sí. Compraba la ropa una vez por año, siempre en el mismo asteroide, siempre a la misma vendedora, cuya aterciopelada voz lo cautivaba. Jamás se había atrevido a proponerle nada.

A la mañana siguiente, despertó y se dio cuenta que se encontraba entonces en un momento crucial. La elección de la navegadora para la nueva nave había sido una tarea extenuante, que demandó gran parte de su ocio. Catálogo tras catálogo iba desechando a las postulantes; aquéllas que en su vida física y en relación al escueto perfil detallado le parecían demasiado independientes y partidarias de tomar la iniciativa, excesivamente inteligentes o incluso algo vanguardistas. Finalmente encontró a quien lo satisfizo en primera instancia; una connacional de familia conservadora, machista, sumisa y atenta. Y sobria bebedora ocasional de buen vino, que más podía pedir.

La había programado como morocha, de tez trigueña, magra. Habituada a usar vestidos y tacos aguja, por más imprácticos que estos resultaran para caminar sobre el piso de titanio. Y por sobre todas las cosas, el detalle más importante a su juicio: la edad. Tan poca como para que disfrutarla constituyera estupro en gran parte de los planetas civilizados pero suficiente para que tuviera lo que toda mujer debe tener para ser tal. Presionó el botón y Azucena apareció. Se le acercó lentamente y sin decirle palabra comenzó a masajearlo. El Capitán Basoa sintió que sus dedos se le hundían en la carne como un cuchillo al rojo vivo sobre mantequilla. En un susurro le suplicó, entregado, que pusieran curso hacia la agonizante gigante.

La Ermita original había sido una nave sólida y confiable y su belleza era casi inasible, un subconsciente objeto de deseo al estilo freudiano. A decir verdad, había sido diseñada de acuerdo a las proporciones de un antiquísimo orden de arquitectura terráqueo: el jónico. Aunque la pureza de sus líneas despojadas parecieran rústicas a la vista de muchos, su belleza no resultaba indiferente para los conocedores y justificaba su precio, notoriamente elevado para un transporte de esas características. Así era Fernando, lo mejor o nada. Para elegir la nueva nave había utilizado un criterio similar, aunque en este caso la misma estaba ornamentada con un barroquismo exquisito, cercano al horror vacui.

Una melodía emparentada con el rock sinfónico acompañó su desentumecimiento, aún dentro de la cámara de estásis, cuando la navegadora decidió que la nave se había acercado a Enormis Gigantea lo suficiente para disfrutar del espectáculo pero no tanto para que acarreara riesgos respecto al único tripulante humano.

Sin vacilar Fernando se conectó a InterPlanet, bajo su personalidad holográfica de «Andrés del Bosque», un fornido y viril guardaparques espacial destinado en Foresta VII, cerca de Alfa Eridiani. Su personaje estaba permanentemente necesitado de compañía y atención femenina; nadie podía creer que existiera en la realidad pero féminas de diversas especies se prestaban al juego. Porque si bien el Capitán Basoa prefería relacionarse con humanas o representaciones fehacientes de éstas, de tanto en tanto se permitía ciertos deslices cuando navegaba en la red.

Lo que quería en realidad, en esta ocasión, no era un encuentro romántico. Su idilio con Susi (así la había apodado), la navegadora, iba viento en popa, puesto que escoba nueva siempre barre bien. Lo que deseaba verdaderamente era reencontrarse con otros fanáticos de las supernovas que se hallaren en la zona, con los que en ocasiones anteriores había entrablado una relación que si bien no podía calificarse de amistad, sí podía decirse que constituía una especie de compañerismo fundado en este interés en común.

Lamentablemente, Fernando tuvo que desconectarse casi en el acto: quien se presento fue Serapis, una antigua desconocida que lo perseguía. Desconocida porque no se había topado con ella en toda su vida, aunque ella se resistiera a creerle; antigua porque en realidad sí había tenido algún tipo de relación con un clon suyo precedente. ¿Cómo explicarle a un ser cuya longevidad se extiende al milenio que uno, que se ve igual a quien ella conoció, no es el mismo aunque así se vea y en cierto modo así lo sea?

Momentos así lo tentaban efímeramente a repudiar su sangre originaria, que en última instancia era la responsable de este continuado juego de espejos infinitos en el que se había transformado su repetida existencia; el descubrimiento de que los vascos descendían de un origen panespérmico –y por tanto extraterrestre– los había convertido, en virtud de características intrínsecas a su ADN que aseguraban su compatibilidad con otras especies ampliamente difundidas en el universo, en los colonizadores clonados preferidos.

Faltaba una hora para alcanzar el Límite de Chandrasekhar y que el espectáculo comenzara. Acomodó su nave en un punto exacto, que siempre usaba para estos casos. Fue entonces que comenzó a percibir un cambio en la luz que observaba. Se había transformado en la luz más bella que había visto en su vida. De repente, empezaron a aparecer decenas de espíritus puros, surgidos de este resplandor. Muchos putti, moviendo sus alitas como en un cuadro renacentista, cubrieron su campo visual.

El Capitán se enfureció; casi enloqueció, se podría decir. Habiendo creído que estos transdimensionales materializados eran sólo una leyenda, no estaba preparado para el inconveniente. En el pasado, en situaciones similares, había torpedeado con fotones a naves vecinas que no se terminaban de acomodar una vez iniciada la función. Pero esto de los espíritus alados lo desconcertaba.

No acostumbraba aceptar influencias de nadie; sin embargo, éste era un caso extremo. Recordó que Serapis era una especialista en Derecho Galáctico, tendría que poder aconsejarlo respecto a esto. Acto seguido, se conectó a InterPlanet, nuevamente como el guardaparques cósmico.

—Hola hermosa —dijo hipócritamente.

—Hola, fornido guardián de la foresta —replicó Serapis, algo sorprendida—. Te noto contrariado —agregó—. No te favorece ese peinado, es muy antiguo. Y tu ropa, siempre la misma.

—Querida, cómo quieres que me peine —dijo con pretendida dulzura y contenida ira, acariciándose con una mano el cabello que comenzaba a ralear. Esta ropa cuesta diez veces más que lo que estás acostumbrada a ver en los idiotas con los que te relacionas —suspiró luego de decir esto, sabiendo que iba por mal camino—. Ocurre, como verás que una multitud de putti nos va a aguar el show.

—Haz algo al respecto, cariño. La gente que molesta no te ha detenido en otras ocasiones.

—Pero estos no son seres comunes, no tienen naves. Si comienzo a torpedear, destruiré las de los demás observadores. Me perseguirían por el resto de mis días.

—¿Por qué no vas y acabas con ellos, grandotote? Pertenecen a otra dimensión. Destruirlos no es un crimen punible en la nuestra…

Carte blanche. La desconexión fue instantánea. Se cambió y convocó luego a Susi, quien se sorprendió del extraño atuendo con el que la había vestido. Botas plateadas, un vestido con minifalda, el cabello batido, muchísimo maquillaje. Le dio un rifle de neutrones, reservándose para él una bazooka de antimateria. El también estaba vestido de un modo extraño.

—Llámame Duran Duran, Barbarella —suplicó y ella comprendió inmediatamente que se trataba de un nuevo juego. Tragaron las pastillas de aire concentrado al unísono y se pusieron uno a otro los cinturones desplazadores.

Al salir de la nave empezaron a disparar a los círculos concéntricos de coros. La tercera jerarquía fue relativamente sencilla de eliminar; Angeles, Arcángeles y Principados no opusieron gran resistencia, si bien salpicaron sobremanera de sangre a las naves, muchas de las cuales huyeron despavoridas.

Los integrantes del segundo orden, Potestades, Virtudes y Dominaciones, se mostraron algo escurridizos. Igual, fue una matanza sin precedentes. Los Tronos, Querubines y Serafines tomaron veinte minutos en ser aniquilados, pero la demora incrementó el placer de los ejecutores. Al volver a la Ermita II estaban exhaustos. Se sirvieron vino y delicados quesos.

La hipernova se manifestó bellísima, cuasi-divina; Fernando, enternecido y repleto de espiritualidad, reflexionó frente a tanta perfección que ésto no podía ser una casualidad natural y que como había dicho un compatriota suyo mucho tiempo atrás, la existencia de Dios constituye cuanto menos un digno propósito.

© Héctor Horacio Otero González

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