La espera

Publicado: 25 marzo, 2011 en Cuentos

En la madrugada del dos de abril de 1982, el conscripto Adrián Dumont, al ser abruptamente despertado en la barraca, halló a sus compañeros rodeándolo, contagiosamente eufóricos, y supo entonces que su vida no volvería a ser la misma.

            Aunque el traslado a la unidad de paracaidistas en Córdoba fue casi inmediato, él estuvo a punto de no integrarlo. El oficial a cargo de la selección ya había reunido la cantidad de jóvenes requeridos, excluyéndolo; sin embargo, la explícita instrucción de que debía enviarse sólo “lo mejor de lo mejor” –y un racismo tácito, muy mal disimulado– lo habían decidido a reemplazar a un morocho enjuto y con el rostro picado de viruela por el rubio y esbelto Adrián.  

            La instrucción se prolongó hasta el comienzo del enfrentamiento en las islas. Fue entonces que una mañana, a la vez fría y soleada, se agrupó a todos los soldados al aire libre, con el objeto de impartirles una charla de “preparación psicológica” para la lucha. Imposible olvidar el rostro de ese hombre, su tez cetrina, sus rasgos duros y angulosos, sus ojos vivaces, su sonrisa socarrona, su tono burlón. El adiestramiento duró cinco minutos, en los cuáles sucintamente se les explicó que, al encargarse del reaprovisionamiento de la primera línea de combatientes, constituirían el primer blanco de los ingleses y por lo tanto debían estar preparados para una muerte próxima.

            La estupefacción y el sopor invadieron la mente de Adrián, quien bajó la vista sin lograr entender completamente lo que acababa de escuchar. Fue entonces que la vio comenzar como una insinuación y crecer progresivamente hasta alcanzar dimensiones ominosas. 

            La sombra era mucho más que un reflejo del gigantesco Hércules que sobrevolaba sus cabezas; el ángel de la muerte planeaba, carroñero, sobre sus víctimas. La oscuridad se desplegó cubriéndolo todo, para luego alejarse, perdiéndose en el horizonte.

            El sonido que había producido fue estruendoso y Adrián no pudo más que cerrar los párpados con mucha fuerza, mientras un sudor frío cubría todo su cuerpo y la sangre se le helaba. Su alma se le escapaba por los poros y un indescriptible vacío lo invadió.

            Esa nada inefable lo acompañaría noche tras noche, durante las siguientes e interminables semanas. Los rumores crecían y una y otra vez anunciaban que a la mañana siguiente se dirigirían a la Patagonia, para alcanzar luego el archipiélago y con éste, el irremediable destino final.

            Así transcurrió cada crepúsculo, en vela y masticando ansiedad. Los breves períodos de sueño eran interrumpidos por la pesadilla recurrente del inmenso pájaro de metal reclamando alimentarse de sus presas. Sin embargo, cada amanecer llevaba consigo el alivio de un nuevo día, sin novedades.

            En poco tiempo, la espera se hizo insoportable. Y Adrián, como el resto de sus compañeros, comenzó a rogar por que la muerte se lo llevara de una buena vez. La sombra que pesaba sobre su espalda entre el sueño y la vigilia, se tornó en amiga y en la única posibilidad de liberación para una existencia de constante sufrimiento.

            El sorpresivo anuncio de acuerdo de cese el fuego por ambas partes, pronto devenido en rendición incondicional argentina, lo dejó impávido. Antes de que pudiera siquiera intentar elaborarlo, le dieron la baja. Una vez en la calle, se encontró con una sociedad reacia a hablar de lo que había pasado. Se supo sin identidad en el reciente conflicto; ni siquiera se lo consideraría un ex-combatiente. Jamás.

            Deambuló entonces por incontables lugares, buscando lo que ya no podría encontrar, aquello que había perdido para siempre. Pensó que el amor sanaría sus heridas e intentó encontrarlo, infructuosamente. Deseó experimentar nuevas sensaciones, ir más allá de lo que conocía. Sin nada que temer y con poco que ganar, insatisfecho, se hundió en la desesperación. Las pesadillas retornaron y la esperanza de mitigar definitivamente el dolor lo sedujo. Y las sombra volvió a cubrirlo, esta vez para cobijarlo amorosamente.

            Cuando despertó en el hospital con sus muñecas vendadas, se sintió dolorido y a la vez confuso, sin poder recordar exactamente qué había hecho. Su padre estaba allí, aquél del cual se había distanciado en el pasado, ya no importaba porqué. Su sonrisa preocupada, por alguna razón, lo confortó.

Un par de días más tarde, el viejo lo llevó a su casa, sin preguntar nada. Durante largas charlas, los recuerdos agridulces dieron lugar a las urgencias del presente. En poco tiempo, una enfermedad terminal iba a hacer que el joven quedara nuevamente huérfano, esta vez de modo definitivo.

El retorno al mismo hospital, aunque desempeñando otro papel, le otorgó a Adrián el espacio necesario para ordenar su mente y sus sentimientos. La lectura y la reflexión hicieron más llevadera la nueva espera. Cuando el momento llegó, no vaciló en cubrir él mismo el rostro del ser que tanto había amado y que había sido tan importante en su vida. 

            Supo entonces a quiénes quería ayudar y en qué circunstancias: a aquéllos que como él habían perdido toda esperanza. Comenzó a estudiar y a trabajar duramente; conoció una mujer y formó una familia. Pasaron décadas y las pesadillas se hicieron cada vez menos frecuentes hasta prácticamente desaparecer. Eventualmente, convertirse en Jefe del Servicio de Oncología fue una consecuencia inercial (y no por esto menos merecida) del rumbo que su existencia había tomado.

            Una mañana, igual a casi todas las demás, Adrián ocupó su consultorio. Rutinariamente se sirvió una taza de café y la rodeó de sus manos tratando de percibir el calor mientras el vapor que emanaba de ella lo embriagaba con su fragancia. Hojeó morosamente la historia clínica que tenía frente a sus ojos. Dolores abdominales frecuentes e ignorados. Hasta que el paciente hubo percibido una dureza mientras se enjabonaba y recién entonces se decidió a actuar. Tarde, muy tarde, por lo que dejaba claro la tomografía.

            El anciano entró tranquilo, muy digno y dueño de sí mismo. Tomó asiento y apoyó a un lado su bastón, el cual tenía empuñadura de plata, meticulosamente labrada, con forma de cabeza de águila. Su cabello, aunque completamente cano, seguía siendo tan abundante como aquella otra mañana de años atrás, aquella diferente a todas las demás. Reconocerlo fue cuestión de segundos para Adrián;  para el militar, en cambio, el médico que tenía enfrente no podía ser vinculado con un joven, uno entre tantos, que había formado parte de su auditorio en una ocasión largamente olvidada.

            Adrián, sin vacilar, habló y habló y habló mientras la cara de su interlocutor iba convirtiéndose en una mueca de horror. Le explicó que moriría pronto, le detalló el deterioro y el dolor por el que debería pasar, se regodeó particularmente en los detalles más humillantes, incluso mientras el muerto en vida, una mera sombra de quien había sido, intentaba inútilmente escapar.

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