Nerd Voley

Publicado: 25 marzo, 2011 en Cuentos, Mi vida

El ardor era insoportable. La lente de contacto se había deslizado hacia los confines del párpado.

Héctor la había roto esa misma mañana al enjuagarla entre las yemas de sus dedos con un entusiasmo digno de mejor causa. Minutos más tarde comenzaba la caminata hacia el campo de deportes de la escuela, tal cual lo hacía dos tardes a la semana. Sólo que esta vez todo se veía diferente, fuera de foco. Luego de entrar al edificio se dirigió rápidamente a un baño. Le quedaban pocos minutos antes de que comenzara la clase de Educación Física.  Había tenido una idea. La lente no se había rajado al medio como en otras oportunidades. Apenas le faltaba un pedacito en un costado. Las había usado rayadas, con hongos, con proteínas sin remover. Incluso al revés, durante algunos segundos. ¿Por qué no casi enteras? Se tranquilizó pensando que una dosis extra de solución salina compensaría cualquier problema.

El baño era tan pequeño que, cuando él comenzó a sacudirse espasmódicamente frente al espejo, no pudo evitar rebotar sucesivamente entre en las dos paredes restantes y la puerta entreabierta. Mientras saltaba y aullaba, con el pulgar y el índice buscaba frenéticamente librarse del tormento. Pero era inútil, sentía como si tratara de arrancarse la pupila.

Cuando el adolescente había perdido toda esperanza, la lente dadivosamente se entregó. Abrió entonces la canilla del agua intentando refrescar su ojo maltrecho. Pese a la paciencia con la que realizó la operación, no se produjo una mejora notoria en relación su aspecto. El globo ocular derecho estaba lleno de derrames, tras una película de lágrimas brillantes. Más grande y redondeado que su compañero.

Con el día arruinado antes de siquiera comenzar, resopló, resignado. Metió la mano en su bolso, con desgano y retiró unos enormes anteojos fondo-de-sifón con marco de carey. El cristal izquierdo estaba roto en un costado, el fragmento menor precariamente unido al resto con cinta adhesiva. Con la frase “al mal paso darle prisa” retumbando en su cabeza como un mantra, apresuró el paso hacia la cancha de voley.

Allí estaban sus compañeros, relajados y divertidos de estar fuera del salón. Para Héctor, el efecto del escenario era completamente opuesto. Mientras se llevó a cabo el Pan-Queso-Pan-Queso de rigor antes de la elección de los integrantes de cada equipo, trató de esconderse tras las columnas de cemento. Lo que quería, en realidad, era desaparecer.

La enumeración de apellidos fue separando a todos los chicos en dos grupos. Cuando restaban sólo tres no-elegidos-aún, ya no pudo esconderse. El antepenúltimo seleccionado fue El Gordo; el penúltimo, el querido Tito (que sufría graves secuelas motoras fruto de una meningitis que lo había atacado a poco de nacer). Nadie nombró a Héctor en el último lugar. No hacía falta y a nadie le importaba, menos a él. Lo que no lo hacía sentir menos humillado.

El profesor lo eligió para comenzar el partido; nadie lo haría participar espontáneamente de la rotación de la que él mismo deseaba no formar parte. Se escucharon las risitas entre dientes, los comentarios socarrones de siempre, la burla franca y finalmente la expectativa generalizada frente a la catástrofe anunciada. Fruto de la tensión acumulada y la angustia contenida, la pelota volaría inexorablemente hacia el otro lado del club.

Tal vez fue el incidente de la lente de contacto o el enésimo escarnio público la gota que derramó el vaso. Algunos dicen que en ese momento ciertas condiciones atmosféricas hicieron que la rabia de todos los elegidos-en-último-lugar de todas las épocas y de todas las canchas de todos los deportes del mundo se congregaran como una nube negra en el firmamento. Una brisa siniestra golpeó en la cara de todos como advertencia de lo que iba a ocurrir. Y el silenció se hizo carne en todos.

Las decenas de pelotas esparcidas comenzaron a temblar como si hubieran cobrado vida. Enrojecido y transpirado, Héctor proyectó la primera de ellas al infinito. A continuación el resto se convirtió en proyectiles autoeyectados hacia los rostros de los ágiles, de los triunfadores, de todos los que huían despavoridos.

– ¡Héctor, basta de siesta que tenés que ir a gimnasia! –lo despertó la madre de un grito. La pesadilla comenzaba nuevamente.

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