Tautológicas

Publicado: 25 marzo, 2011 en Ciencia Ficción

Los consultorios odontológicos son iguales en cualquier lugar. Inclusive en Tau Ceti. El papel electrónico de las revistas de la sala de espera, ajado y deslucido. Tanto, que algunas imágenes pierden los contornos o sus movimientos adquieren formas caprichosas.

         El capitán Fernando Basoa aguardaba impaciente su turno, maldiciéndose entre dientes. Es decir, aquellos que habían sobrevivido a la mordedura de una mentita salustiana (que, como todos sabemos, debe saborearse lentamente y no triturarse con salvajismo y entusiasmo digno de mejor causa). La pesadilla de los trozos de esmalte hechos añicos le era recordada por un amargo y persistente sabor en la saliva.

         Ermitaño como pocos, navegante solitario del cosmos, el capitán sufría, entre otras dolencias reales o imaginarias, síndrome paranoico-crítico. Es decir que los objetos con los que se topaba cotidianamente adquirían, con cada mirada, un nuevo parecido conforme a sus fijaciones infantiles. La larga espera y la curiosa atención de las extrañas y verdes criaturas sentadas a su lado no colaboraban demasiado para que lo superara, al menos en esta ocasión.

          Las páginas de El monitor de Ceti se autohojeaban al capricho de sus ondas cerebrales.  Hasta detenerse en forma súbita en el aviso clasificado de las Siamesas Tau en gravedad cero. “Únicas. Perversas. Placer por duplicado en un entorno único en la galaxia”. Fijó la vista hasta que las letras comenzaron a arremolinarse en forma ginecéica y fue entonces que lo llamaron e ingresó al consultorio, nervioso.

 La implantación de Dentitas Critens fue rápida e indolora; el esmalte faltante sería reconstituido por los laboriosos microorganismos en cuestión de horas. Al Salir, se limpió los labios con el folleto de recomendaciones. Como si hiciera falta leerlas, como si alguien saliera de un lugar así corriendo para comer o algún otro comportamiento imprudente. No había leído nunca un manual de instrucciones, ni siquiera el de su nave, la Ermita. Y vivía igual. Así que hizo un bollito con el papel y lo arrojó indolentemente a la cinta transportadora que se deslizaba a su lado, fluyendo en dirección contraria.

El edificio era menos sórdido de lo que hubiera esperado. Demasiado historicisista para el entorno post-tecnológico. Observó el relieve de volutas entremezcladas que ascendía cual enredadera por encima las semi-columnas planas gemeladas a ambos lados de la puerta. Acarició una de ellas mientras las imágenes se multiplicaban en su retina con profusión. Por partida doble, pensó.

         Era raro flotar desnudo en un entorno desnudo y blanquecino, igualmente iluminado. De algún modo, su propio yo se diluía, aunque se le antojaba que la escena que protagonizaba, lejos ya de su adolescencia y su mejor estado físico, en ojos ajenos movería a la carcajada. Se esforzó por eliminar ese pensamiento tan deserotizante de su mente, mientras hacía volteretas imposibles en el aire, protagonizando un improbable retorno a su infancia.           

         Las siamesas valían lo que había pagado por una prolongada hora tauciana de su tiempo. Los cuernos eran particularmente sutiles, y la forma en que se enrollaban hacia atrás gravemente lujuriosa. Su experiencia en varones de todas las especies era tan vasta y profunda que habían perdido la capacidad de asombro.

         Tal es así que les costó darse cuenta que algo andaba mal. En un primer momento creyeron que era hasta deseable lo que ocurría, esa blancura inmaculada y ese brillo prístino que a partir de sus labios la tez del capitán comenzó a adquirir, para luego extenderse presurosa por el resto de su piel. El éxtasis era inusitado.

         Tardaron un largo rato en sobreponerse a la reserva propia de su profesión y llamar a emergencias para retirar la estatua esmaltada que comenzaba a respirar con dificultad.

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