Y el pescado sin vender (fragmento)

Publicado: 25 marzo, 2011 en Cuentos

 

El ardor era insoportable. La lente de contacto se había deslizado hacia los confines del párpado.

Lina la había roto esa misma mañana al enjuagarla entre las yemas de sus dedos con un entusiasmo digno de mejor causa. Minutos más tarde comenzaba la caminata hacia la biblioteca, tal cual lo hacía seis veces a la semana. Sólo que esta vez todo se veía diferente, fuera de foco. Luego de entrar al edificio se dirigió rápidamente al baño. Le quedaban pocos minutos antes de que comenzara el horario de atención.  Había tenido una idea. La lente no se había rajado al medio como en otras oportunidades. Apenas le faltaba un pedacito en un costado. Las había usado rayadas, con hongos, con proteínas sin remover. Incluso al revés, durante algunos segundos. ¿Por qué no casi enteras? Se tranquilizó pensando que una dosis extra de solución salina compensaría cualquier problema.

El baño era tan pequeño que, cuando ella comenzó a sacudirse espasmódicamente frente al espejo, no pudo evitar rebotar sucesivamente entre en las dos paredes restantes y la puerta entreabierta. Mientras saltaba y aullaba, con el pulgar y el índice buscaba frenéticamente librarse del tormento. Pero era inútil, sentía como si tratara de arrancarse la pupila. A pocos metros, Rocco escuchaba el escándalo sin inmutarse. Felino gordo y perezoso, entreabrió sus ojos color manteca y lentamente giró hasta quedar panza arriba,  reanudando su sueño sin dilación.

Cuando la bibliotecaria había perdido toda esperanza, la lente dadivosamente se entregó. Abrió entonces la canilla del agua intentando refrescar su ojo maltrecho. Pese a la paciencia con la que realizó la operación, no se produjo una mejora notoria, en relación al aspecto cuanto menos. El globo ocular derecho estaba lleno de derrames, tras una película de lágrimas brillantes. Más grande y redondeado que su compañero.

Con el día arruinado antes de siquiera comenzar, colgó su tapado en el perchero y dejó su cartera en el anaquel. A continuación, se dejó caer pesadamente en la silla frente a su escritorio, suspirando.  Abrió el cajón superior derecho y retiró unos enormes anteojos con marco de carey. El cristal izquierdo estaba roto en un costado, el fragmento menor precariamente unido al resto con cinta adhesiva. Prendió la computadora casi sin mirar. Tratando de recomponerse, apoyó la palma de su mano izquierda en un pequeño fichero manual.

Un año atrás había llegado con el objetivo de digitalizar la catalogación de la colección de libros y revistas, un trabajo provisorio. La anciana que estaba a cargo del lugar no dijo nada cuando la vio entrar, memorando de la comisión de bibliotecas populares en mano. Colocó sus cactus en una caja de cartón, junto a algunos portarretratos y un florerito y  sonrió sin prestar atención a sus explicaciones. Antes de retirarse le encargó con particular énfasis que cuidara el ficherito, la besó tiernamente en la mejilla y deseándole suerte se fue sin mirar atrás, para nunca volver.

Que Lina obtuviera el cargo fue sencillo, una consecuencia casi natural. Villa Luzuriaga no era un destino profesional particularmente atractivo; en realidad, no hubo ningún otro postulante. Doce meses después el fichero continuaba allí, inútil, con la pintura descascarada y las fichas amarillentas. Un legado, un testimonio de épocas pasadas. Algo que no cambiaría, en un mundo de cambios constantes.

 La directora-empleada se abrochó el alfiler de gancho en la blusa, aproximadamente a la altura del corazón. El cartelito prendido decía “CATALINA P. OREIRO – BIBLIOTECARIA”. Ensayó una sonrisa, tal vez no la más sincera que podía brindar, pero sin duda lo suficientemente agradable para recibir al primer usuario.

Toto, el loco del pueblo, estaba aún tiritando en la vereda. Demasiado compuesto para mendigo, demasiado desarrapado para visitante ordinario. Lector improbable, sólo pretendía un lugar para refugiarse del clima y donde le convidaran una taza de mate cocido. Mientras no oliera mal (y no era ese el caso) a Lina no le molestaba brindarle ambas cosas. Entró saludando aparatosamente y se sentó junto a una mesita en un rincón, al fondo del salón. Descuidadamente, casi se llevó por delante al gato. Pero Rocco no era tonto y presentía quien lo odiaba y quien no. Y tenía una especie de radar para la gente que le resultaba siniestra. Corrió hacia las piernas de su protectora, centímetros antes de que la tragedia se produjera.

La directora y la supervisora pedagógica de la escuela situada al otro lado de la plaza entraron sin decir palabra y coparon la más grande de las mesas, que se encontraba en el centro. Patricia iba adelante y, prerrogativas del cargo, sólo llevaba un vasito plástico en cada mano, debajo de cuyas tapas aguardaban ricos capuchinos. Marisa en cambio, hacía equilibrio entre el paquete de medialunas, diversas planillas, folios transparentes, carpetines tamaño oficio y carpetas varias.

Lina les había retirado el saludo seis meses antes, cuando el director general de las bibliotecas había recibido un anónimo diciendo que una mascota evidentemente no autorizada residiera “en un ámbito público, en connivencia con la empleada a cargo de la institución, con el riesgo consiguiente de difundir enfermedades infecciosas entre los escolares que visitan el lugar con frecuencia, y por eso se ruega a Ud. iniciar las investigaciones del caso con el objeto de poner fin a esta escandalosa situación.”  El sumario no se hizo esperar, aunque no había llegado aún a ninguna resolución.

La indiferencia de la bibliotecaria no evitaba que cotidianamente, entre el fin de la formación inicial del alumnado y el comienzo del primer recreo, las mujeres vestidas con almidonados guardapolvos blancos se aposentaran allí para su “desayuno de trabajo”.

La directora era innegablemente obesa. Cabe destacar sin embargo, que el noventa por ciento de su grasa corporal estaba depositada de la cintura para abajo, en particular por detrás. Su cabello teñido de negro azabache con reflejos azulados se arremolinaba sostenido por el spray en una torre imposible. Un par de anteojos media montura le colgaban del cuello, sostenidos por una cadenita dorada. Estaba exageradamente maquillada, abanderada del “más es más” en todos los ámbitos de su vida.

La supervisora, francamente sumisa, pequeña y ágil, usaba su cabello rubio ceniciento  prolijamente peinado hacia atrás y sostenido en cola de caballo con una cinta blanca. Parecía un milagro que pudiera cargar tantas cosas simultáneamente. Retiró de un bolsillo una pequeña libreta para, con cierto servilismo, comenzar a tomar nota de las nuevas directivas.

–Gráficos, Marisita, necesitamos más organizadores gráficos en las planificaciones –comentó a gritos la dire mientras masticaba la primera medialuna, hacía un buche con el café y miraba con desprecio a Lina por encima del hombro. La bibliotecaria, adicta a una dieta baja en carbohidratos, retiró un pedazo de queso Mar del Plata de su cartera y apenas retirándole la cobertura comenzó a mordisquearlo, sosteniéndole la vista. A dos metros de distancia, algo famélico, Toto observaba la disputa nutricional tamborilleando los dedos en espera su de su taza caliente. Cuando Lina lo notó, se paró y se dirigió rápidamente a la cocina, con el gato siguiendo sus pasos.

– ¡Pero algunas maestras ni siquiera saben prender una computadora! –acotó la otra docente, sufriendo una efímera invasión de sentido de la realidad y arrepintiéndose de lo recién exclamado casi al instante. Masticando su segunda medialuna Patricia la observó por un segundo con una mezcla de reprobación y resignación.   

–Me importa un rábano, Marisita. La guacha de la inspectora me quiere cagar haciéndome pasar por antigua, pero no la vamos a dejar. Que pongan gráficos, muchos, que los copien de Internet –recitó la dire, casi con iluminación divina.

–Y esquemas –redobló Marisa la apuesta

–Y diagramas –replicó la diré

–Y cuadros sinópticos –aportó la supervisora.

-Mapas conceptuales, cada unidad un mapa conceptual –aullaron ambas a dúo para estallar en una catarata de carcajadas histéricas y continuar desayunando ávidamente.

El día promediaba y así lo confirmó el tenue rayo de luz que entraba por la ventana. Los árboles de la plaza, desnudos de hojas, se dejaban acariciar tibiamente por el sol invernal. Mientras observaba las partículas de polvo que cobraban apariencia y casi vida, Lina reflexionó que ese era el mejor calor, no el inclemente del verano, el que la hacía transpirar y enrojecerse, no aquél. Éste, el que momentánea y casi tímidamente reconfortaba era el más agradable. A lo lejos se divisaba la imagen del enorme cañón, con un par chicos montados sobre él, jugando despreocupadamente.

El teléfono sonó. Lina Sabía que era su madre. Levantó el tubo un par de centímetros, dejándolo suspendido en el aire, en indefinición, para finalmente dejarlo caer y a continuación descolgarlo y apoyarlo a un lado. No se sentía con ánimo para soportarla, para escuchar su cháchara y sus demandas, sus exigencias y recomendaciones. El incidente de la lente de contacto había sido la gota que derramó el vaso. Se sentía harta, frustrada, prematuramente vieja. Recordó a la anciana bibliotecaria a la que reemplazó. Seguramente terminaría igual que ella, recluida tras esas paredes, siempre mirando el afuera desde la ventanita, viendo la vida pasar para que algún día llegara alguien más joven a desplazarla y todo hubiera acabado y nada hubiera tenido algún sentido, alguna trascendencia.

Aburrida, puso su atención sobre el fichero. Nunca antes lo había mirado con atención. Por alguna razón, se sentía culpable por lo ocurrido con la anciana. Como era lo único que le había encargado y le había parecido un pedido extremadamente modesto, lo había conservado como una especie de compensación, acordándole un respeto casi reverencial. Era una tontería, pero lo sentía así y en su conciencia aliviaba en parte la responsabilidad que pudiera haber tenido en la abrupta partida de su antecesora. De cualquier modo, jamás lo había tocado, ni siquiera por curiosidad, para leer alguna ficha. Había recatalogado toda la colección ejemplar por ejemplar, directamente desde el estante. Jamás pensó que pudiera servirle para nada.

Empezó a arañar la parte superior de las fichas amarillentas con su mano izquierda, jugueteando. Finalmente tomó una, de la mitad del block. El papel estaba carcomido en los bordes. Correspondía a una edición inglesa de bolsillo, de Don´t stop the Carnival de Herman Wouk, seguramente extraviada hacía mucho tiempo, pues la hubiera recordado de haber visto algo así por allí. Extrañada, sintió un escalofrío, un temblor que le recorrió todo el cuerpo. Levantó los ojos y miró hacia las mesas. Toto tomando su segundo mate cocido y hojeando unas revistas viejas. Un grupo de adolescentes alborotados tratando de hacer un trabajo práctico. Rocco en su siesta post-almuerzo. Las maestras se había retirado hacía ya un largo rato.

Todo estaba igual y, sin embargo, todo estaba diferente. Parecía que nada había cambiado y, para su sorpresa, no reconocía completamente lo que veía. Fue entonces cuando él entró.

La percepción del tiempo por parte de Lina se modificó. Todo lo que sucedía a su alrededor se aletargó. Un silencio sobrecogedor se apoderó del ambiente. Su campo visual se convirtió en un túnel cuyo destino final era el hombre que acababa de entrar.

Cuando estuvo frente a su escritorio, tuvo que levantar mucho la mirada para observar su rostro, magníficamente cincelado, rebosante de carácter y confianza, sostenido por una estructura ósea privilegiada. Su tez era trigueña y su piel, límpida, se adivinaba firme, en el justo término entre la aspereza y la suavidad.   

Su cabello renegrido y espeso parecía retenido contra su voluntad, en tanto un mechón había logrado escapar y arremolinarse sobre su frente, distinguida y franca. Se le antojó sedoso y la tentación por acariciarlo la obligó a entrecruzar las manos sobre su falda, nerviosas y casi dotadas de vida y voluntad propias.

El traje beige no lograba disimular un cuerpo robusto y atlético, una espalda ancha, un cuello habituado a los deportes marinos, unos hombros firmes como rocas. Pero sus ojos, verdes como el musgo, eran lo realmente subyugante.

Lina lo veía mover sus labios como en una película muda. Un calor comenzó a recorrer su cuerpo; tragó saliva y un zumbido en sus oídos surgió de la nada para ir acrecentándose en volumen momento a momento.

Fue entonces cuando la fragancia ingresó por sus fosas nasales, golpeándola como una ola, gentil y al a vez firme. Aroma a sal, a arena, a viento. Notas de bergamota, jengibre, pimienta, ámbar, almizcle, entremezcladas en un remolino olfativo. El zumbido se transformó en la melodía que se escucha cuando se posa el caparazón de un gran caracol sobre el oído.

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