La crítica desde la ideología

Publicado: 2 abril, 2016 en Sin categoría
Nadie puede desprenderse de la ideología; ni el que escribe, ni el resto de la gente, ni siquiera un gobierno (que por el contrario, a causa de ella toma a veces medidas innecesarias y sin rédito político y/o económico).
El problema con criticar los resultados de una gestión deliberadamente a partir de la propia ideología (todo el mundo está en su derecho a hacerlo y en algunos casos hasta se obtienen aportes intelectualmente valiosos) es su relatividad para un análisis con pretensiones de modesta objetividad .
Una administración puede considerar y comunicar públicamente sus obras cómo un éxito a partir de la concordancia de éstas con sus objetivos iniciales y a la vez parte de la ciudadanía (perjudicada o simplemente disconforme en relación a su propia cosmovisión) calificarla como desastre.
Por el contrario, si un equipo fracasa en sus propios términos (admitiéndolo o no) nos acercamos a cierto consenso en la apreciación, algo con mayores posibilidades de permanecer en la memoria colectiva y que nos aleja un poco de la antinomia que nos suelen presentar como única opción.
Tomemos un ejemplo hipotético. Partamos de acordar que la función primordial del Estado en el sistema capitalista es detentar el monopolio del ejercicio legal de la violencia para proteger la propiedad privada (si ya están en desacuerdo, no sigan leyendo y razonen -y busquen ejemplos- por ustedes mismos, porque yo sólo puedo pensar y escribir con lo que entiendo y creo). Y con cierta arbitrariedad y sin matices, aceptemos que cuando un gobierno accede al poder del Estado debe asumir una función adicional, eligiendo entre facilitar negocios y acumulación de fortunas (llamémoslo, no sé, Derecha) y redistribuir lo más que pueda la riqueza entre la población (¿Izquierda? -dejemos a los siempre despreciados centristas como yo tildados de tibios y condenados a la ignominia-).
En este ensayo mental nada imaginativo, una administración de derecha (business friendly/market oriented) podría proponer que una adhesión (¿salvaje?) a las máximas de la economía de mercado, lo cual eventualmente y por añadidura, aumentaría la riqueza. Este gobierno podría omitir explicitarlo (al fin y al cabo, sincericidio mediante, “si hubiera dicho lo que pensaba hacer, no me votaba nadie”) pero también podría decirlo y que, supongamos, poco más la mitad de la población lo votara (¿existe alguien bienintencionado que esté en contra del crecimiento económico?; olvidemos momentáneamente el tema del desarrollo).
Esa misma gestión también podría evitar aclarar (o dar por sobreentendido), que el sistema capitalista sufre inherentemente de crisis cíclicas, y que estas son más duraderas y profundas en países subdesarrollados/periféricos. Y que si estas recesiones, producto en muchos casos de burbujas financieras, afectan gravemente a países centrales, ¿qué queda para nosotros, aunque nos hayamos aprendido el credo de Wall Street, el FMI y la Reserva Federal de memoria?
Prefiero intentar la crítica, cuando considero que corresponde, no desde mi ideología (de la que no puedo abstraerme) sino dentro de los propios términos en los que se encuadran por sí mismos los posibles criticados.
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