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Tautológicas

Publicado: 25 marzo, 2011 en Ciencia Ficción

Los consultorios odontológicos son iguales en cualquier lugar. Inclusive en Tau Ceti. El papel electrónico de las revistas de la sala de espera, ajado y deslucido. Tanto, que algunas imágenes pierden los contornos o sus movimientos adquieren formas caprichosas.

         El capitán Fernando Basoa aguardaba impaciente su turno, maldiciéndose entre dientes. Es decir, aquellos que habían sobrevivido a la mordedura de una mentita salustiana (que, como todos sabemos, debe saborearse lentamente y no triturarse con salvajismo y entusiasmo digno de mejor causa). La pesadilla de los trozos de esmalte hechos añicos le era recordada por un amargo y persistente sabor en la saliva.

         Ermitaño como pocos, navegante solitario del cosmos, el capitán sufría, entre otras dolencias reales o imaginarias, síndrome paranoico-crítico. Es decir que los objetos con los que se topaba cotidianamente adquirían, con cada mirada, un nuevo parecido conforme a sus fijaciones infantiles. La larga espera y la curiosa atención de las extrañas y verdes criaturas sentadas a su lado no colaboraban demasiado para que lo superara, al menos en esta ocasión.

          Las páginas de El monitor de Ceti se autohojeaban al capricho de sus ondas cerebrales.  Hasta detenerse en forma súbita en el aviso clasificado de las Siamesas Tau en gravedad cero. “Únicas. Perversas. Placer por duplicado en un entorno único en la galaxia”. Fijó la vista hasta que las letras comenzaron a arremolinarse en forma ginecéica y fue entonces que lo llamaron e ingresó al consultorio, nervioso.

 La implantación de Dentitas Critens fue rápida e indolora; el esmalte faltante sería reconstituido por los laboriosos microorganismos en cuestión de horas. Al Salir, se limpió los labios con el folleto de recomendaciones. Como si hiciera falta leerlas, como si alguien saliera de un lugar así corriendo para comer o algún otro comportamiento imprudente. No había leído nunca un manual de instrucciones, ni siquiera el de su nave, la Ermita. Y vivía igual. Así que hizo un bollito con el papel y lo arrojó indolentemente a la cinta transportadora que se deslizaba a su lado, fluyendo en dirección contraria.

El edificio era menos sórdido de lo que hubiera esperado. Demasiado historicisista para el entorno post-tecnológico. Observó el relieve de volutas entremezcladas que ascendía cual enredadera por encima las semi-columnas planas gemeladas a ambos lados de la puerta. Acarició una de ellas mientras las imágenes se multiplicaban en su retina con profusión. Por partida doble, pensó.

         Era raro flotar desnudo en un entorno desnudo y blanquecino, igualmente iluminado. De algún modo, su propio yo se diluía, aunque se le antojaba que la escena que protagonizaba, lejos ya de su adolescencia y su mejor estado físico, en ojos ajenos movería a la carcajada. Se esforzó por eliminar ese pensamiento tan deserotizante de su mente, mientras hacía volteretas imposibles en el aire, protagonizando un improbable retorno a su infancia.           

         Las siamesas valían lo que había pagado por una prolongada hora tauciana de su tiempo. Los cuernos eran particularmente sutiles, y la forma en que se enrollaban hacia atrás gravemente lujuriosa. Su experiencia en varones de todas las especies era tan vasta y profunda que habían perdido la capacidad de asombro.

         Tal es así que les costó darse cuenta que algo andaba mal. En un primer momento creyeron que era hasta deseable lo que ocurría, esa blancura inmaculada y ese brillo prístino que a partir de sus labios la tez del capitán comenzó a adquirir, para luego extenderse presurosa por el resto de su piel. El éxtasis era inusitado.

         Tardaron un largo rato en sobreponerse a la reserva propia de su profesión y llamar a emergencias para retirar la estatua esmaltada que comenzaba a respirar con dificultad.

Sujeto

Publicado: 25 marzo, 2011 en Ciencia Ficción

Memorando 1343B (Reservado): […] El efecto de los experimentos es más perceptible cuanto mayor es la disparidad entre la manera de ser del sujeto antes y después de la toma del medicamento. Un hombre joven que no es sedentario, que hoy está en Miranda V, mañana en Neópolis y el domingo en Alfa Scriptorium tiene muchas más posibilidades de ser afectado que un hombre mayor que permanece en el mismo sitio; ese es el sujeto ideal para una observación. […] Semen. Sangre. Todo se vende. No temo que me clonen o el destino que le den a mi ADN. En realidad no me importa. Esta vez fue sólo un poco diferente. Tomar la pastilla frente a la enfermera. Beber el agua. Abrir la boca.  Cobrar fue igual. También firmar el contrato liberándolos de toda responsabilidad. Entro a mi departamento. Desorden. Paso por encima de la tabla de surf. Hay restos de comida pudriéndose en un rincón. Mucha ropa sucia. Es cuestión de paciencia. Cumplo las consignas del programa dos semanas y listo. Suficientes créditos para seguir viajando. Retiro un papel arrugado de mi bolsillo. Es la dirección del grupo de realidad virtual que debo integrar. Tengo que participar cuanto menos una vez al día. Observo la máquina. Está cubierta de polvo. Me pongo el traje y el casco. A veces no puedo creer las cosas que hago para no conseguir un trabajo. La primera inmersión es aburrida. Un grupo de enfermitos que diseñan sus propios entornos. Los presentan con falsa modestia. Los comparan entre sí. Todos piden disculpas por los supuestos errores que no son tales. Se empeñan en aprender a hacer algo que no los llevará a ningún lado. Carecen de talento. Pelean descarnadamente por estupideces. Les deseo que consigan una vida. Apago el aparato y salgo a correr. La segunda pastilla es más grande. La enfermera sonríe. Creo que le gusto. Vuelta al hogar. Escucho un mensaje de Ariadna. Acepta la propuesta de acompañarme a la playa a fin de mes. Suspiro. Los flagelantes del ciberespacio siguen arrastrándose. Voy a tener que participar. A ver si todavía me dejan de pagar en el laboratorio. Tengo que bajar la última versión de un desarrollador para aparentar algo. Lo hago pero no puedo lograr que funcione. Abandono. No es lo mío. Me voy a tomar un café con un amigo. La tercera pastilla es en realidad un comprimido. Cambiaron de enfermera. Esta es gorda y vieja. Adiós. Luego dos horas de investigación y algunas consultas a mis “compañeritos” (¿estarán ellos también en el programa?) logro bajar el dichoso desarrollador. Ya es muy tarde. Mejor me voy a dormir. Otra vez la gorda. Otra vez el comprimido. Se les debe haber acabado la imaginación. La verdad que el simulador marciano me quedó bárbaro. Lo muestro. Es demasiado rojo. Eso me dicen. “Hay que ser realista”.  Idiotas. No saben de lo que hablan. Apago todo. Me siento muy enojado. No tengo ganas de cocinar. Voy a pedir algo. Y a dormir pronto. Un médico acompaña a la gorda. O al menos eso parece por su guardapolvo. Creo que me mira mal. Trago sin pensar. Estoy apurado. Trabajé toda la noche en mejorar mi Marte. Lo comparto. Alguien me dice que podría haber agregado como opcional el ambiente polar. Y sí. Como poder se podría. Se podrían tantas cosas. Lo que hacen ellos no es mucho mejor. Llamo por el videófono. Aviso que no puedo pasar por la clínica.  Me sorprende que me ofrezcan enviarme la droga hasta aquí. En realidad no me siento mal. Bajé una nueva versión del desarrollador. Cuesta más de lo que llevo ganado. Cancelo una cita con Ariadna para patinar juntos. No es óptima la resolución. ¿Serán limitaciones mías o tendré que cambiar la máquina? Tengo un sabor amargo en la boca.  Hoy golpean mi puerta. El mismo mensajero de ayer. Me entrega dinero y una nota que da por terminado el programa. ¿Será porque ayer no me presenté al grupo? Hace treinta y dos horas que estoy sentado en esta silla, con mi traje y mi casco. Levanto la vista hacia la ventana.  Veo algo rojizo. Ese es el colorado que estoy buscando. Ese los va a impresionar.  Camino tambaleante hacia el balcón.

Epifanías de una hipernova

Publicado: 25 marzo, 2011 en Ciencia Ficción

El mensaje en el foro de observación de supernovas en InterPlanet no dejaba lugar a dudas; puesto que se trataba de Enormis Gigantea, una estrella extraordinariamente grande, su fin sería memorable. Y su observación directa y cercana, una oportunidad irrepetible en términos de una vida humana. En particular para un fanático obsesivo como Fernando Basoa.

El sólo pensar en el futuro colapso directo de la estrella en un agujero negro lo excitaba. Cerró sus párpados, desnudo como estaba, sentado en su sillón favorito frente a la cascada de tipografía tridimensional Garamond, su favorita. Deslizó su mano izquierda hasta su bajo vientre y comenzó a estimularse, imaginando la emisión de dos chorros de plasma increíblemente energéticos desde los polos del feneciente astro, disparados casi a la velocidad de la luz. La paz que sucedió a las descargas, la real y las proyectadas, fue tan intensa que el capitán dudó por un momento no encontrarse bajo los efectos de un diluvio de verdaderos rayos gamma.

Sin retirar su mano de entre sus ingles, temeroso de ensuciar algo de su flamante nave –adecuadamente bautizada como Ermita II (siempre le habían gustado las sagas y preveía una también para ésto)–, se dirigió a la ducha. Una vez allí recomenzó el ritual cotidiano. Enjabonarse y enjuagarse en tres ocasiones, siempre comenzando en la cabeza para terminar en los dedos de los pies. No fuera caso que la supuesta mugre que se escurría volviera a ensuciar lo ya limpio. Aunque, a decir verdad, él nunca sintiera que estaba lo suficientemente limpio.

Mientras se lavaba, pensaba que el viaje a Gigantea sería provechoso en muchos sentidos. Evitaría permanecer en NeoBaires cuando cumpliera su trigésimo quinto cumpleaños (y sobre todo, se salvaría de la amenaza que sus amigos le hicieran un festejo sorpresa, con disfraces y karaoke incluídos –una verdadera pesadilla–). Daría un magnífico primer viaje a su nueva compañera intergaláctica (a la vez nave y hogar, puesto que su cubículo en la capital argentina sin duda no lo era). Además, luego de un año y medio de inactividad laboral (a partir del del incidente con la Ermita original en el sistema Numa Pompilio, del cual prefería olvidarse), tal vez fuera un excelente broche de oro para las forzadas vacaciones.

Gestionar el préstamo para comprar el nuevo transporte le había llevado ese lapso; no es que siempre hubiera estado haciendo trámites, pero le gustaba tomarse sus tiempos para hacer las cosas y cualquier traba burocrática lo inmovilizaba para realizar otras actividades hasta habersela sacado de encima. Pronto iba a tener que comenzar a pagar la deuda, si es que no quería que la policía espacial recibiera una orden de captura. Además, debía empezar a juntar dinero para una futura clonación, en tanto no deseaba ser el último de su linaje. La enésima replicación era su reaseguro frente a la crisis de edad intermedia que comenzaba a insinuarse: la certeza de la muerte propia, la inevitabilidad de la declinacion fisica, el frustrante contraste entre sus expectativas adolescentes y su solitaria realidad.

Fernando no usaba ningún mecanismo para secarse, solo toallas y paciencia, refregando hasta el último rincón, con la convicción íntima de que lo húmedo se pudre. Al finalizar, con un silbido, hizo que su nuevo ropero se abriera de par en par. Gracias a Dios había podido finalmente retirar los muchísimos objetos heredados de sus predecesores y los caprichos de su propio coleccionismo. Incluyendo su ropa. 10 pares de botas Galaxy Rubber marrones, 20 pantalones Magno 505 negros, cuarenta camisas Frenessí leñadoras, cada una con idéntico diseño pero sutiles variaciones en sus tonos apagados. En cambio, las botas y los pantalones eran todos idénticos entre sí. Compraba la ropa una vez por año, siempre en el mismo asteroide, siempre a la misma vendedora, cuya aterciopelada voz lo cautivaba. Jamás se había atrevido a proponerle nada.

A la mañana siguiente, despertó y se dio cuenta que se encontraba entonces en un momento crucial. La elección de la navegadora para la nueva nave había sido una tarea extenuante, que demandó gran parte de su ocio. Catálogo tras catálogo iba desechando a las postulantes; aquéllas que en su vida física y en relación al escueto perfil detallado le parecían demasiado independientes y partidarias de tomar la iniciativa, excesivamente inteligentes o incluso algo vanguardistas. Finalmente encontró a quien lo satisfizo en primera instancia; una connacional de familia conservadora, machista, sumisa y atenta. Y sobria bebedora ocasional de buen vino, que más podía pedir.

La había programado como morocha, de tez trigueña, magra. Habituada a usar vestidos y tacos aguja, por más imprácticos que estos resultaran para caminar sobre el piso de titanio. Y por sobre todas las cosas, el detalle más importante a su juicio: la edad. Tan poca como para que disfrutarla constituyera estupro en gran parte de los planetas civilizados pero suficiente para que tuviera lo que toda mujer debe tener para ser tal. Presionó el botón y Azucena apareció. Se le acercó lentamente y sin decirle palabra comenzó a masajearlo. El Capitán Basoa sintió que sus dedos se le hundían en la carne como un cuchillo al rojo vivo sobre mantequilla. En un susurro le suplicó, entregado, que pusieran curso hacia la agonizante gigante.

La Ermita original había sido una nave sólida y confiable y su belleza era casi inasible, un subconsciente objeto de deseo al estilo freudiano. A decir verdad, había sido diseñada de acuerdo a las proporciones de un antiquísimo orden de arquitectura terráqueo: el jónico. Aunque la pureza de sus líneas despojadas parecieran rústicas a la vista de muchos, su belleza no resultaba indiferente para los conocedores y justificaba su precio, notoriamente elevado para un transporte de esas características. Así era Fernando, lo mejor o nada. Para elegir la nueva nave había utilizado un criterio similar, aunque en este caso la misma estaba ornamentada con un barroquismo exquisito, cercano al horror vacui.

Una melodía emparentada con el rock sinfónico acompañó su desentumecimiento, aún dentro de la cámara de estásis, cuando la navegadora decidió que la nave se había acercado a Enormis Gigantea lo suficiente para disfrutar del espectáculo pero no tanto para que acarreara riesgos respecto al único tripulante humano.

Sin vacilar Fernando se conectó a InterPlanet, bajo su personalidad holográfica de «Andrés del Bosque», un fornido y viril guardaparques espacial destinado en Foresta VII, cerca de Alfa Eridiani. Su personaje estaba permanentemente necesitado de compañía y atención femenina; nadie podía creer que existiera en la realidad pero féminas de diversas especies se prestaban al juego. Porque si bien el Capitán Basoa prefería relacionarse con humanas o representaciones fehacientes de éstas, de tanto en tanto se permitía ciertos deslices cuando navegaba en la red.

Lo que quería en realidad, en esta ocasión, no era un encuentro romántico. Su idilio con Susi (así la había apodado), la navegadora, iba viento en popa, puesto que escoba nueva siempre barre bien. Lo que deseaba verdaderamente era reencontrarse con otros fanáticos de las supernovas que se hallaren en la zona, con los que en ocasiones anteriores había entrablado una relación que si bien no podía calificarse de amistad, sí podía decirse que constituía una especie de compañerismo fundado en este interés en común.

Lamentablemente, Fernando tuvo que desconectarse casi en el acto: quien se presento fue Serapis, una antigua desconocida que lo perseguía. Desconocida porque no se había topado con ella en toda su vida, aunque ella se resistiera a creerle; antigua porque en realidad sí había tenido algún tipo de relación con un clon suyo precedente. ¿Cómo explicarle a un ser cuya longevidad se extiende al milenio que uno, que se ve igual a quien ella conoció, no es el mismo aunque así se vea y en cierto modo así lo sea?

Momentos así lo tentaban efímeramente a repudiar su sangre originaria, que en última instancia era la responsable de este continuado juego de espejos infinitos en el que se había transformado su repetida existencia; el descubrimiento de que los vascos descendían de un origen panespérmico –y por tanto extraterrestre– los había convertido, en virtud de características intrínsecas a su ADN que aseguraban su compatibilidad con otras especies ampliamente difundidas en el universo, en los colonizadores clonados preferidos.

Faltaba una hora para alcanzar el Límite de Chandrasekhar y que el espectáculo comenzara. Acomodó su nave en un punto exacto, que siempre usaba para estos casos. Fue entonces que comenzó a percibir un cambio en la luz que observaba. Se había transformado en la luz más bella que había visto en su vida. De repente, empezaron a aparecer decenas de espíritus puros, surgidos de este resplandor. Muchos putti, moviendo sus alitas como en un cuadro renacentista, cubrieron su campo visual.

El Capitán se enfureció; casi enloqueció, se podría decir. Habiendo creído que estos transdimensionales materializados eran sólo una leyenda, no estaba preparado para el inconveniente. En el pasado, en situaciones similares, había torpedeado con fotones a naves vecinas que no se terminaban de acomodar una vez iniciada la función. Pero esto de los espíritus alados lo desconcertaba.

No acostumbraba aceptar influencias de nadie; sin embargo, éste era un caso extremo. Recordó que Serapis era una especialista en Derecho Galáctico, tendría que poder aconsejarlo respecto a esto. Acto seguido, se conectó a InterPlanet, nuevamente como el guardaparques cósmico.

—Hola hermosa —dijo hipócritamente.

—Hola, fornido guardián de la foresta —replicó Serapis, algo sorprendida—. Te noto contrariado —agregó—. No te favorece ese peinado, es muy antiguo. Y tu ropa, siempre la misma.

—Querida, cómo quieres que me peine —dijo con pretendida dulzura y contenida ira, acariciándose con una mano el cabello que comenzaba a ralear. Esta ropa cuesta diez veces más que lo que estás acostumbrada a ver en los idiotas con los que te relacionas —suspiró luego de decir esto, sabiendo que iba por mal camino—. Ocurre, como verás que una multitud de putti nos va a aguar el show.

—Haz algo al respecto, cariño. La gente que molesta no te ha detenido en otras ocasiones.

—Pero estos no son seres comunes, no tienen naves. Si comienzo a torpedear, destruiré las de los demás observadores. Me perseguirían por el resto de mis días.

—¿Por qué no vas y acabas con ellos, grandotote? Pertenecen a otra dimensión. Destruirlos no es un crimen punible en la nuestra…

Carte blanche. La desconexión fue instantánea. Se cambió y convocó luego a Susi, quien se sorprendió del extraño atuendo con el que la había vestido. Botas plateadas, un vestido con minifalda, el cabello batido, muchísimo maquillaje. Le dio un rifle de neutrones, reservándose para él una bazooka de antimateria. El también estaba vestido de un modo extraño.

—Llámame Duran Duran, Barbarella —suplicó y ella comprendió inmediatamente que se trataba de un nuevo juego. Tragaron las pastillas de aire concentrado al unísono y se pusieron uno a otro los cinturones desplazadores.

Al salir de la nave empezaron a disparar a los círculos concéntricos de coros. La tercera jerarquía fue relativamente sencilla de eliminar; Angeles, Arcángeles y Principados no opusieron gran resistencia, si bien salpicaron sobremanera de sangre a las naves, muchas de las cuales huyeron despavoridas.

Los integrantes del segundo orden, Potestades, Virtudes y Dominaciones, se mostraron algo escurridizos. Igual, fue una matanza sin precedentes. Los Tronos, Querubines y Serafines tomaron veinte minutos en ser aniquilados, pero la demora incrementó el placer de los ejecutores. Al volver a la Ermita II estaban exhaustos. Se sirvieron vino y delicados quesos.

La hipernova se manifestó bellísima, cuasi-divina; Fernando, enternecido y repleto de espiritualidad, reflexionó frente a tanta perfección que ésto no podía ser una casualidad natural y que como había dicho un compatriota suyo mucho tiempo atrás, la existencia de Dios constituye cuanto menos un digno propósito.

© Héctor Horacio Otero González

Tácito

Publicado: 24 marzo, 2011 en Ciencia Ficción

Era mi primer día como diplomático principiante. Estaba muy excitado y ansioso pero a la vez confiado en mis aptitudes para el puesto. Siendo un Seussura, soy un telépata natural y el aprendizaje de los lenguas y el protocolo para este sector de la galaxia me había resultado sencillo.

Repasé mentalmente los atecedentes mi primera misión como mediador entre dos vecinos, Ipegto y Natimi. Pan comido;  Ipegto había vencido a su eterno rival Tihta y sometido a su satélite Natimi como vasallo o en servidumbre, categoría a definir. El malentendido era básicamente cultural. El deificado Faraón de Ipegto, Mársse II, consideraba que la anexión significaba un honor para los recién incorporados (lo que implicaba a su vez comenzar a recibir tributo del planetoide en forma inmediata).  Attarashut, Dominus de Natimi, sostenía en cambio que la nueva era una relación de reciprocidad, por lo que previamente reclamaba el envío de tropas para defender a su pueblo de nuevos ataques tihtas. 

Entré a la hora acordada al palacio piramidal y dejé mi ropa en la recepción. Desnudo avancé hasta la sala de audiencias y en el portal sagrado giré y comencé a arrastrarme hacia atrás por sobre los mosaicos helados. Al llegar a una distancia prudencial de Su Divina Presencia, me detuve manteniendo los ojos pegados al suelo, sinténdome estúpido mientras escuchaba la infinita letanía de títulos del Señor del Mundo Sin Sujeto (no hacía falta, eran panteístas y por tanto Mársse II era todo).  Dicen por ejemplo: “Regalo para el Dominus” y uno comprende qué se debe hacer y quién lo tiene que hacer.

De espaldas al Faraón me incorporé. Se me acercó el Ujier, Tarbhes, una masa informe peluda y gelatinosa, sudorosa y babeante. Cuando se empezó a refregar contra mi cuerpo casi no pude evitar las arcadas por el hedor que transmitía. Esto de los lenguajes táctiles iba a resultar más arduo de lo que me había imaginado.  Cuando terminó, fui a retirar mi ropa (que eventualmente se contaminaría con los restos del portero) y el presente para Attarashut, un bufón enano mudo.

            Fue terrible subir, había en la plataforma de despegue inspectores que empujaban para cerrar las puertas de la enclenque navecita. Adentro, parecíamos sardinas enlatadas. En el tumulto, el pigmeo quedó suspendido en el aire como una cartera, a dos metros de donde me encontraba. La presión era insoportable; la gente que me rodeaba me miraba con desprecio por mi olor. Podía bloquear sus pensamientos pero no acallar en mi mente los gritos desgarradores del enano, los cuales  sólo yo percibía mientras éste se asfixiaba.

            Natimi era el último destino, los pasajeros que restaban descendieron allí. Lloroso, fui a recoger el cuerpo de mi amiguito, al que la turba había aplastado sin piedad. Su falda de hojas de Pickwik y su collar de cuentas de Asflñk se encontraban manchados por su sangre tornasolada. Debo confesar que me desesperé, pero como un profesional, enfrenté de cualquier modo al Dominus.

            Attarashut y su pueblo son cuasi minerales. Hacen un culto de la inacción, pues se movilizan a una velocidad infinitesimal. Sus pensamientos se expresan sin verbos. “Ningún ejército, Faraón desconsiderado, regalo sin vida, mensajero también culpable”.

Estas palabras taladran mi cerebro, como las gotas que persistentemente caen del techo de la cueva en la que me colocaron sus robots, llena de estalactitas y estalagmitas. Me siento algo aturdido para pensar. ¿Alguien me dirá que será de mí?

Puer Aeternus

Publicado: 24 marzo, 2011 en Ciencia Ficción

“[…] aquel día fueron rotas todas las fuentes del grande abismo,

 y las cataratas de los cielos fueron abiertas y hubo lluvia

sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches”.

En medio de la jornada de nuestra vida, Iachtus se encontró dentro de un bosque oscuro. Lo más triste es que sabía que su travesía estaba por terminar, que el tiempo se le acababa.

Fue hace un par de años, al salir de la llamada Junta Terapéutica, donde le insertaron el implante coclear que como una letanía, varias veces al día, le enviaba mensajes a su cerebro con la pretendida intención de prepararlo para el final y aliviar así su angustia. Se sentía como un cordero dirigiéndose hacia el matadero. Súbitamente hizo que el monorriel que ocupaba se detuviera.

Se trasladó al mercado negro de los mutantes, con la firme decisión de comprar andrógenos. Era primera vez en su vida que transgredía las leyes. Excitado y algo paranoico, volvió a subir al transporte de alta velocidad. Ya en su casa, presionó un botón en su cinturón y el traje descartable se desmaterializó. Se introdujo en la ducha desnudo y con el pequeño envase de testosterona sintética fuertemente sostenido dentro de un puño.

No sabía porqué pero mientras se lavaba recordó algo que había leído en los escritos de uno de sus tatarabuelos. La filosofía del jasidismo, utilizando la tradición mística judía, sostiene que la realidad está formada por cuatro mundos (emanación-creación-formación-acción) arraigados en las letras de Y-H-V-H. Existen cuatro categorías de estar en el mundo natural (inanimado, vegetativo, animal, hablante), cuatro estaciones del año, cuatro direcciones en la brújula, cuatro elementos constitutivos del planeta (fuego, aire, agua, tierra). Los elementos químicos básicos, los del fenómeno subatómico, las fuerzas de la física moderna, son cuatro también.  Cada uno de los cuatro mundos espirituales posee el espectro de las diez Sefirot, atributos creativos de Y-H-V-H. Algo completo tiene entonces cuarenta aspectos.

En forma simultánea a haber alcanzado este último pensamiento, la higiene de Iachtus finalizó automáticamente. Entonces reemplazó con el andrógeno el envase de cafeína que utilizaba habitualmente para estimularse en forma legal y ajustó el mecanismo de la ducha para que su penetración en el organismo se efectuara a nivel celular. Con un chasquido de los dedos se inició su renacimiento.

Esta fue su rutina diaria durante meses y volviendo infinidad de veces a ese mercado en busca de la dosis cotidiana de virilidad, cada vez de manera más solapada. El día anterior a su cuadragésimo cumpleaños temió que tal vez fuera la última vez que escucharía el mensaje tranquilizador bombardeando su mente.

Entonces Iachtus se introdujo en el flotario y el andrógeno en sus células. El tanque mejoraba notablemente la penetración y el efecto de la hormona, aunque con un costo prohibitivo por la cantidad de agua pura utilizada.. Al finalizar se irguió y miró a su alrededor, una forma de despedirse antes de escapar. Vió la armadura utilizada para ir al mercado negro, dañada por la lluvia ácida. Recordó con rabia la duplicación del precio de la hormona por parte de los mutantes.

Aunque aún no era su tiempo, alguien había adivinado lo que se proponía. Manos fuertes lo tomaron del cuello por detrás y lo sumergieron hasta darle muerte. Fue entonces cuando el semblante de su hijo reflejó el alivio del deber cumplido.

Margot

Publicado: 24 marzo, 2011 en Ciencia Ficción

Fue en vano tratar de convencer a la policía temporal de mi inocencia. Era el vecino de Margot y algo tenía que saber, decían ellos. Yo lo único que sabía era que desde que ella había comenzado a escuchar ondas radiales y televisivas de un planeta perdido en el borde de la galaxia, se pasaba las tardes y noches llorando lágrimas de mercurio inmersa en una profunda melancolía. Y que una mañana metamorfoseó en forma humana y portando una boina azul, un vestido a lunares con cuello de encajes, un prendedor y un par de guantes de fiesta, irrumpió a sangre y fuego en la oficina local de viajes espacio-temporales y nunca más supe de ella. Paso mucho tiempo antes de que me enterara qué era lo que había ocurrido.

            Margot se había enfermado de tango. Las coordenadas a las que se dirigió la dejaron en medio del patio de un conventillo, con un gran estruendo que pasó inadvertida entre la babel de lenguas y los niños jugando con una pelota de trapo. La enorme matrona que subarrendaba las piezas observó su aspecto con contenido desprecio, pero la aceptó porque a su entender y en su apresurado juicio “las mujeres de la vida siempre pagan puntualmente y son muy limpias”. Emocionada Margot se dirigió al cabaret. Las otras mujeres la vieron con recelo  ingresar al salón de baile y hacerle una caída de párpados al primer cajetilla que encontró, quien se apresuró a sacarla. Bailó como si la vida se le fuera en ello y el cliente la llevó a un cuarto frío y con las paredes llenas de humedad, donde logró sacarle unas monedas de más contando la historia sobre su viejita que lavaba ropa de la mañana a la noche.

            Un jovencito francés recién llegado, con berretín de cantante, juntaba unos pesos en el cabaret haciendo caricaturas de los danzantes. Margot volvería cada noche hasta enloquecerlo de amor y de envidia. El regordete muchacho volvía a la habitación de su pensión en el Abasto y en febril insomnio pintaba un cuadro inacabable noche a noche. Una de esas noches se decidió, juntó todos sus ahorros, se alquiló un smoking y engominó su cabello. Margot nunca se había percatado de su presencia, pero el puñado de billetes arrugados que disimuladamente le colocó en la mano derecha acabaron con sus dudas. La orquesta seguía tocando cuando se dirigieron al cuarto habitual.

            A Margot sólo comenzó a interesarle la charla cuando le dijo que cantaba folclore y se acompañaba con una guitarra criolla y le regaló una amplia sonrisa inmaculada. Fue cuando la metamorfa, aparentando pasión, lo abrazo y le clavó las uñas en los brazos en un arrebato. Le introdujo la lengua por el cuello y luego se fue transformando toda en lengua y penetró el cuello de Charles que intentaba librarse desesperadamente y no podía. Pronto salió canturreando, mientras una boina azul, un vestido a lunares con cuello de encajes, un prendedor y un par de guantes de fiesta quedaban en el piso de la habitación.

Los Atquins

Publicado: 24 marzo, 2011 en Ciencia Ficción

Los Atquins eran una de las razas extraterrestres que vivían en un planeta llamado Omnivoria. Las otras especies de ese lugar comían lo que querían y no les pasaba nada. Pero si un Atquin digería algo dulce, cereales, o tubérculos, se hinchaba como una pelota.

A un Atquin llamado Till-ocrmo se le ocurrió que su gente sería más feliz teniendo su propio lugar. Entonces juntó muchas cáscaras de pepino, construyó un planetoide y lo llamó Protein Gras. Allí se celebraría siempre una especie de Carnaval donde se podría masticar todo lo que creciera en su vivero y en la cantidad que se deseara sin peligro de terminar rebotando. Fue un éxito y los colonos empezaron a llegar muy pronto, cada cual con su propio vegetanimal para aportar al emprendimiento.

Todo iba muy bien. Pero como llevar adelante un pequeño planeta es una ardua tarea, Till-ocrmo estaba casi siempre de viaje consiguiendo cosas, así que decidió encargarle a su pionero favorito Ber-toal que cuidara los cuatro cráteres de acceso al interior del nuevo hogar, donde se encontraba el nuevo mundo de los Atquins y sus  cultivos.

Como Ber-toal no podía dividirse en cuatro, se paró frente al agujero más grande y le pidió a sus tres vecinos más adelantados que cuidaran el resto de las entradas, no sin antes darles muchas instrucciones y una credencial a cada uno.

Un día arribó Gna-Cmonti con un arbusto de encurtidos y quiso entrar. Ber-toal ni lo miró y con un gesto despectivo le señaló que fuera a ver a la dama que estaba al fondo a la derecha, llamada Lac-Tea.  Ella era muy amable y le mostró su propia creación, un árbol que tenía tronco de requesón, flores de yogur entero y frutos de queso gruyere.

Gna-Cmonti prestó mucha atención a esta maravilla y se lo elogió. A continuación le pidió que le permitiera entrar a través del cráter que custodiaba, pero Lac-Tea negó con la cabeza.  Le dijo que sólo ingresaban quienes tenían un prendedor en el delantal.

–Me encantaría, pero el único que da las credenciales es Ber-toal -aclaró.

Gna-Cmonti creyó haber entendido que debía hacer. Entonces, con mucho trabajo crió su propio bonsái de leche cultivada y se lo llevó a Ber-toal, quien lo prácticamente lo ignoró y apenas lo derivó con un movimiento de cabeza a Ovo-Dur, quien cuidaba el cráter de la izquierda.

Dur fue muy simpático y hasta le enseñó su hongo de omelet con finas hierbas. A Cmonti se le hizo agua a la boca y le pidió que por favor lo dejara entrar. Dur movió su dedo índice derecho hacia un lado y hacia el otro.

–Con todo gusto, pero sólo Ber-toal puede dar los prendedores –afirmó.

Decepcionado, Gna-Cmonti se decidió a impresionar al guardián…

Juntó un ramillete de margaritas de codorniz, con centro de yema y pétalos de clara, para exhibírselo a Ber-toal, quien resopló y de mala gana lo envió con un movimiento de hombros hacia Car-Paccio, que se ubicaba a sus espaldas. Paccio también se portó atento y ni siquiera alardeó de su cactus de lomo con espinas de jamón crudo. Cmonti le rogó que lo dejara pasar, pero Paccio,  previsiblemente, también sostuvo que todo estaba en manos de Ber-toal.

–No hay nada que yo pueda hacer –concluyó.

Algo frustrado y utilizando sus mejores técnicas de injerto, Gna-Cmonti se las ingenió para lograr un nenúfar de papas a la española. Esta vez Ber-toal no tenía como sacárselo de encima, se le habían terminado los acólitos, así que ya no le transmitió nada. Como Gna-Cmonti era muy paciente, se sentó a esperar que lo dejara pasar, mientras el arbusto, el bonsái y el nenúfar se secaban.

Ber-toal era algo estrábico. Con uno de sus ojos, el bueno, vigilaba. Pero el fijo y desviado sólo veía a su propio árbol. Dicho sea de paso, su árbol era espectacular. Era una araucaria gigantesca, de cuyas ramas pendían diversos tipos de carnes: cerdo, ternera, pollo, etc.      

  Pasaron los segundos, los minutos, las horas y los días. Cuando Gna-Cmonti finalmente se rindió, se fue, no sin antes llevarse las semillas de sus creaciones que agonizaban. Había decidido ofrecérselas a otros que pudieran valorarlas, en otros mundos.

Mientras subía a su nave, oyó por primera vez la voz de Ber-toal.  Sus gritos en realidad:

–Mírenlo, como se da por vencido. Vean cómo desprecia sus consejos y la atención que le dieron. Sean testigos de cómo rechaza la sabiduría que compartieron con él. Vete y no vuelvas jamás Gna-Cmonti –sentenció, ampulosamente.

Dicho esto, Ber-toal decidió y sellar las compuertas de los cráteres con paté, no sin que antes los demás lo siguiera al interior, algo confundidos. Dentro, la comilona estaba en su apogeo. El interior tenía un falso cielo de panceta con nubes de grasa.

 Muchos de los Atquins que vivían allí ni siquiera habían llegado a saber de la existencia de Gna-Cmonti. Lac-Tea extrañó un tiempo a Cmonti; su leche cultivada había sido original, pero bueno, la vida continúa. Ovo-Dur tenía sus dudas con lo que había ocurrido, pero no se animaba a cuestionar a Ber-toal. Car-Paccio en cambio, ambicionaba el puesto de Ber-toal; pensaba que si era lo suficientemente fiel algún día a él también le dejaría entregar credenciales, era sólo cuestión de tener paciencia.

Un día llovieron claveles aéreos con sabor a costillitas de carnero sobre el paraíso Atquin. Habían penetrado por rajaduras que se habían producido en la superficie de Protein Gras. Eran invitaciones de Gna-Cmonti para que aquellos a quienes les interesara se sumaran para crear un nuevo jardín comunitario, poblado de nuevas especies experimentales.  

Ber-toal se puso furioso. Esta vez gritó mucho más fuerte, casi aulló.

–Gna-Cmonti los engaña.  El quiere llevarlos por el camino de la perdición -aseguró. Todos los Atquins presentes dejaron de masticar al unísono. 

–Gna-Cmonti quiere…, quiere… -balbuceó toal. El silencio y la ansiedad por escuchar lo que tenía que decir petrificaron a sus congéneres.

–Quiere crear árboles de fideos, campos de masa con cercos de turrón, lagos de dulce de leche…

–No, no –gritaban los Atquins con profundo dolor. Muchos se agarraban las cabezas, otros rodaban por el suelo.

–Quiere instalar cataratas de flan con caramelo, montañas de bizcochuelo, que caigan copos de helado como si fuera nieve….

–No lo soportamos más –gritaban dos Atquins mientras golpeaban entre sí  sus respectivos cascos.

–Quiere hacer un desierto de arroz, mares de polenta, huracanes de avena arrollada. Quiere que todos ustedes vuelvan a contar calorías y porciones –remató, sabiendo que estaba usando su carta más poderosa.

–Basta, basta, fuera Gna-Cmonti –exclamó la multitud.

Toal sonrió interiormente. Esta vez condenaría a Cmonti al destierro definitivo, quien podía dudarlo. Lo de volver a contar las calorías y porciones era algo frente a lo que cualquier Atquin preferiría la muerte. Sin embargo, esta vez se escucharon algunas voces de disidencia que se atrevieron a decirle a Ber-toal que exageraba y malinterpretaba las cosas.

 Toal se alteró mucho; no estaba acostumbrado a escuchar otra voz que no fuese la propia y menos a que se lo cuestionara. Es por eso que se permitió, por primera vez, decir una grosería.

–Parece que aquí hay muchos amantes de los carbohidratos y los azúcares –comentó descuidadamente, lo que todos interpretaron claramente como una amenaza.  Los implicados bajaron la vista y volvieron a comer en silencio.

 Así fue que se dejó de hablar de Gna-Cmonti. Todos entendieron que no se debía volver a nombrarlo, si es que valoraban sus propias credenciales.

Finalmente, todos vivieron muy felices: Ber-toal fue el guardián del cráter hasta el fin de su ciclo vital. Su nombre fue olvidado un par de generaciones después. Sin duda los Atquins son una raza muy sugestionable y poco agradecida, que considera que nadie es imprescindible.

Gna-Cmonti cultivó su propio jardín y aquellos de quienes se lo permitieron.  Vivió una vida sencilla y modesta hasta el fin de sus días. Su mayor logro fueron unas vacas que al ser ordeñadas producían un batido de alto contenido proteico y contra todo pronóstico, hipocalórico, sabor banana y chocolate. Tiene un dejo levemente salado y recibe en su honor el nombre de leche Gmontisada. 

 El resto de los Atquins adultos comió hasta que enfermaron de gota y  les subió el colesterol y finalmente reventaron de hipertensión.

Eso sí, todos terminaron muy flacos. Ah, y sus hijos se dedicaron en adelante a comer ensalada de hojas verdes.