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Y el pescado sin vender (fragmento)

Publicado: 25 marzo, 2011 en Cuentos

 

El ardor era insoportable. La lente de contacto se había deslizado hacia los confines del párpado.

Lina la había roto esa misma mañana al enjuagarla entre las yemas de sus dedos con un entusiasmo digno de mejor causa. Minutos más tarde comenzaba la caminata hacia la biblioteca, tal cual lo hacía seis veces a la semana. Sólo que esta vez todo se veía diferente, fuera de foco. Luego de entrar al edificio se dirigió rápidamente al baño. Le quedaban pocos minutos antes de que comenzara el horario de atención.  Había tenido una idea. La lente no se había rajado al medio como en otras oportunidades. Apenas le faltaba un pedacito en un costado. Las había usado rayadas, con hongos, con proteínas sin remover. Incluso al revés, durante algunos segundos. ¿Por qué no casi enteras? Se tranquilizó pensando que una dosis extra de solución salina compensaría cualquier problema.

El baño era tan pequeño que, cuando ella comenzó a sacudirse espasmódicamente frente al espejo, no pudo evitar rebotar sucesivamente entre en las dos paredes restantes y la puerta entreabierta. Mientras saltaba y aullaba, con el pulgar y el índice buscaba frenéticamente librarse del tormento. Pero era inútil, sentía como si tratara de arrancarse la pupila. A pocos metros, Rocco escuchaba el escándalo sin inmutarse. Felino gordo y perezoso, entreabrió sus ojos color manteca y lentamente giró hasta quedar panza arriba,  reanudando su sueño sin dilación.

Cuando la bibliotecaria había perdido toda esperanza, la lente dadivosamente se entregó. Abrió entonces la canilla del agua intentando refrescar su ojo maltrecho. Pese a la paciencia con la que realizó la operación, no se produjo una mejora notoria, en relación al aspecto cuanto menos. El globo ocular derecho estaba lleno de derrames, tras una película de lágrimas brillantes. Más grande y redondeado que su compañero.

Con el día arruinado antes de siquiera comenzar, colgó su tapado en el perchero y dejó su cartera en el anaquel. A continuación, se dejó caer pesadamente en la silla frente a su escritorio, suspirando.  Abrió el cajón superior derecho y retiró unos enormes anteojos con marco de carey. El cristal izquierdo estaba roto en un costado, el fragmento menor precariamente unido al resto con cinta adhesiva. Prendió la computadora casi sin mirar. Tratando de recomponerse, apoyó la palma de su mano izquierda en un pequeño fichero manual.

Un año atrás había llegado con el objetivo de digitalizar la catalogación de la colección de libros y revistas, un trabajo provisorio. La anciana que estaba a cargo del lugar no dijo nada cuando la vio entrar, memorando de la comisión de bibliotecas populares en mano. Colocó sus cactus en una caja de cartón, junto a algunos portarretratos y un florerito y  sonrió sin prestar atención a sus explicaciones. Antes de retirarse le encargó con particular énfasis que cuidara el ficherito, la besó tiernamente en la mejilla y deseándole suerte se fue sin mirar atrás, para nunca volver.

Que Lina obtuviera el cargo fue sencillo, una consecuencia casi natural. Villa Luzuriaga no era un destino profesional particularmente atractivo; en realidad, no hubo ningún otro postulante. Doce meses después el fichero continuaba allí, inútil, con la pintura descascarada y las fichas amarillentas. Un legado, un testimonio de épocas pasadas. Algo que no cambiaría, en un mundo de cambios constantes.

 La directora-empleada se abrochó el alfiler de gancho en la blusa, aproximadamente a la altura del corazón. El cartelito prendido decía “CATALINA P. OREIRO – BIBLIOTECARIA”. Ensayó una sonrisa, tal vez no la más sincera que podía brindar, pero sin duda lo suficientemente agradable para recibir al primer usuario.

Toto, el loco del pueblo, estaba aún tiritando en la vereda. Demasiado compuesto para mendigo, demasiado desarrapado para visitante ordinario. Lector improbable, sólo pretendía un lugar para refugiarse del clima y donde le convidaran una taza de mate cocido. Mientras no oliera mal (y no era ese el caso) a Lina no le molestaba brindarle ambas cosas. Entró saludando aparatosamente y se sentó junto a una mesita en un rincón, al fondo del salón. Descuidadamente, casi se llevó por delante al gato. Pero Rocco no era tonto y presentía quien lo odiaba y quien no. Y tenía una especie de radar para la gente que le resultaba siniestra. Corrió hacia las piernas de su protectora, centímetros antes de que la tragedia se produjera.

La directora y la supervisora pedagógica de la escuela situada al otro lado de la plaza entraron sin decir palabra y coparon la más grande de las mesas, que se encontraba en el centro. Patricia iba adelante y, prerrogativas del cargo, sólo llevaba un vasito plástico en cada mano, debajo de cuyas tapas aguardaban ricos capuchinos. Marisa en cambio, hacía equilibrio entre el paquete de medialunas, diversas planillas, folios transparentes, carpetines tamaño oficio y carpetas varias.

Lina les había retirado el saludo seis meses antes, cuando el director general de las bibliotecas había recibido un anónimo diciendo que una mascota evidentemente no autorizada residiera “en un ámbito público, en connivencia con la empleada a cargo de la institución, con el riesgo consiguiente de difundir enfermedades infecciosas entre los escolares que visitan el lugar con frecuencia, y por eso se ruega a Ud. iniciar las investigaciones del caso con el objeto de poner fin a esta escandalosa situación.”  El sumario no se hizo esperar, aunque no había llegado aún a ninguna resolución.

La indiferencia de la bibliotecaria no evitaba que cotidianamente, entre el fin de la formación inicial del alumnado y el comienzo del primer recreo, las mujeres vestidas con almidonados guardapolvos blancos se aposentaran allí para su “desayuno de trabajo”.

La directora era innegablemente obesa. Cabe destacar sin embargo, que el noventa por ciento de su grasa corporal estaba depositada de la cintura para abajo, en particular por detrás. Su cabello teñido de negro azabache con reflejos azulados se arremolinaba sostenido por el spray en una torre imposible. Un par de anteojos media montura le colgaban del cuello, sostenidos por una cadenita dorada. Estaba exageradamente maquillada, abanderada del “más es más” en todos los ámbitos de su vida.

La supervisora, francamente sumisa, pequeña y ágil, usaba su cabello rubio ceniciento  prolijamente peinado hacia atrás y sostenido en cola de caballo con una cinta blanca. Parecía un milagro que pudiera cargar tantas cosas simultáneamente. Retiró de un bolsillo una pequeña libreta para, con cierto servilismo, comenzar a tomar nota de las nuevas directivas.

–Gráficos, Marisita, necesitamos más organizadores gráficos en las planificaciones –comentó a gritos la dire mientras masticaba la primera medialuna, hacía un buche con el café y miraba con desprecio a Lina por encima del hombro. La bibliotecaria, adicta a una dieta baja en carbohidratos, retiró un pedazo de queso Mar del Plata de su cartera y apenas retirándole la cobertura comenzó a mordisquearlo, sosteniéndole la vista. A dos metros de distancia, algo famélico, Toto observaba la disputa nutricional tamborilleando los dedos en espera su de su taza caliente. Cuando Lina lo notó, se paró y se dirigió rápidamente a la cocina, con el gato siguiendo sus pasos.

– ¡Pero algunas maestras ni siquiera saben prender una computadora! –acotó la otra docente, sufriendo una efímera invasión de sentido de la realidad y arrepintiéndose de lo recién exclamado casi al instante. Masticando su segunda medialuna Patricia la observó por un segundo con una mezcla de reprobación y resignación.   

–Me importa un rábano, Marisita. La guacha de la inspectora me quiere cagar haciéndome pasar por antigua, pero no la vamos a dejar. Que pongan gráficos, muchos, que los copien de Internet –recitó la dire, casi con iluminación divina.

–Y esquemas –redobló Marisa la apuesta

–Y diagramas –replicó la diré

–Y cuadros sinópticos –aportó la supervisora.

-Mapas conceptuales, cada unidad un mapa conceptual –aullaron ambas a dúo para estallar en una catarata de carcajadas histéricas y continuar desayunando ávidamente.

El día promediaba y así lo confirmó el tenue rayo de luz que entraba por la ventana. Los árboles de la plaza, desnudos de hojas, se dejaban acariciar tibiamente por el sol invernal. Mientras observaba las partículas de polvo que cobraban apariencia y casi vida, Lina reflexionó que ese era el mejor calor, no el inclemente del verano, el que la hacía transpirar y enrojecerse, no aquél. Éste, el que momentánea y casi tímidamente reconfortaba era el más agradable. A lo lejos se divisaba la imagen del enorme cañón, con un par chicos montados sobre él, jugando despreocupadamente.

El teléfono sonó. Lina Sabía que era su madre. Levantó el tubo un par de centímetros, dejándolo suspendido en el aire, en indefinición, para finalmente dejarlo caer y a continuación descolgarlo y apoyarlo a un lado. No se sentía con ánimo para soportarla, para escuchar su cháchara y sus demandas, sus exigencias y recomendaciones. El incidente de la lente de contacto había sido la gota que derramó el vaso. Se sentía harta, frustrada, prematuramente vieja. Recordó a la anciana bibliotecaria a la que reemplazó. Seguramente terminaría igual que ella, recluida tras esas paredes, siempre mirando el afuera desde la ventanita, viendo la vida pasar para que algún día llegara alguien más joven a desplazarla y todo hubiera acabado y nada hubiera tenido algún sentido, alguna trascendencia.

Aburrida, puso su atención sobre el fichero. Nunca antes lo había mirado con atención. Por alguna razón, se sentía culpable por lo ocurrido con la anciana. Como era lo único que le había encargado y le había parecido un pedido extremadamente modesto, lo había conservado como una especie de compensación, acordándole un respeto casi reverencial. Era una tontería, pero lo sentía así y en su conciencia aliviaba en parte la responsabilidad que pudiera haber tenido en la abrupta partida de su antecesora. De cualquier modo, jamás lo había tocado, ni siquiera por curiosidad, para leer alguna ficha. Había recatalogado toda la colección ejemplar por ejemplar, directamente desde el estante. Jamás pensó que pudiera servirle para nada.

Empezó a arañar la parte superior de las fichas amarillentas con su mano izquierda, jugueteando. Finalmente tomó una, de la mitad del block. El papel estaba carcomido en los bordes. Correspondía a una edición inglesa de bolsillo, de Don´t stop the Carnival de Herman Wouk, seguramente extraviada hacía mucho tiempo, pues la hubiera recordado de haber visto algo así por allí. Extrañada, sintió un escalofrío, un temblor que le recorrió todo el cuerpo. Levantó los ojos y miró hacia las mesas. Toto tomando su segundo mate cocido y hojeando unas revistas viejas. Un grupo de adolescentes alborotados tratando de hacer un trabajo práctico. Rocco en su siesta post-almuerzo. Las maestras se había retirado hacía ya un largo rato.

Todo estaba igual y, sin embargo, todo estaba diferente. Parecía que nada había cambiado y, para su sorpresa, no reconocía completamente lo que veía. Fue entonces cuando él entró.

La percepción del tiempo por parte de Lina se modificó. Todo lo que sucedía a su alrededor se aletargó. Un silencio sobrecogedor se apoderó del ambiente. Su campo visual se convirtió en un túnel cuyo destino final era el hombre que acababa de entrar.

Cuando estuvo frente a su escritorio, tuvo que levantar mucho la mirada para observar su rostro, magníficamente cincelado, rebosante de carácter y confianza, sostenido por una estructura ósea privilegiada. Su tez era trigueña y su piel, límpida, se adivinaba firme, en el justo término entre la aspereza y la suavidad.   

Su cabello renegrido y espeso parecía retenido contra su voluntad, en tanto un mechón había logrado escapar y arremolinarse sobre su frente, distinguida y franca. Se le antojó sedoso y la tentación por acariciarlo la obligó a entrecruzar las manos sobre su falda, nerviosas y casi dotadas de vida y voluntad propias.

El traje beige no lograba disimular un cuerpo robusto y atlético, una espalda ancha, un cuello habituado a los deportes marinos, unos hombros firmes como rocas. Pero sus ojos, verdes como el musgo, eran lo realmente subyugante.

Lina lo veía mover sus labios como en una película muda. Un calor comenzó a recorrer su cuerpo; tragó saliva y un zumbido en sus oídos surgió de la nada para ir acrecentándose en volumen momento a momento.

Fue entonces cuando la fragancia ingresó por sus fosas nasales, golpeándola como una ola, gentil y al a vez firme. Aroma a sal, a arena, a viento. Notas de bergamota, jengibre, pimienta, ámbar, almizcle, entremezcladas en un remolino olfativo. El zumbido se transformó en la melodía que se escucha cuando se posa el caparazón de un gran caracol sobre el oído.

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Nerd Voley

Publicado: 25 marzo, 2011 en Cuentos, Mi vida

El ardor era insoportable. La lente de contacto se había deslizado hacia los confines del párpado.

Héctor la había roto esa misma mañana al enjuagarla entre las yemas de sus dedos con un entusiasmo digno de mejor causa. Minutos más tarde comenzaba la caminata hacia el campo de deportes de la escuela, tal cual lo hacía dos tardes a la semana. Sólo que esta vez todo se veía diferente, fuera de foco. Luego de entrar al edificio se dirigió rápidamente a un baño. Le quedaban pocos minutos antes de que comenzara la clase de Educación Física.  Había tenido una idea. La lente no se había rajado al medio como en otras oportunidades. Apenas le faltaba un pedacito en un costado. Las había usado rayadas, con hongos, con proteínas sin remover. Incluso al revés, durante algunos segundos. ¿Por qué no casi enteras? Se tranquilizó pensando que una dosis extra de solución salina compensaría cualquier problema.

El baño era tan pequeño que, cuando él comenzó a sacudirse espasmódicamente frente al espejo, no pudo evitar rebotar sucesivamente entre en las dos paredes restantes y la puerta entreabierta. Mientras saltaba y aullaba, con el pulgar y el índice buscaba frenéticamente librarse del tormento. Pero era inútil, sentía como si tratara de arrancarse la pupila.

Cuando el adolescente había perdido toda esperanza, la lente dadivosamente se entregó. Abrió entonces la canilla del agua intentando refrescar su ojo maltrecho. Pese a la paciencia con la que realizó la operación, no se produjo una mejora notoria en relación su aspecto. El globo ocular derecho estaba lleno de derrames, tras una película de lágrimas brillantes. Más grande y redondeado que su compañero.

Con el día arruinado antes de siquiera comenzar, resopló, resignado. Metió la mano en su bolso, con desgano y retiró unos enormes anteojos fondo-de-sifón con marco de carey. El cristal izquierdo estaba roto en un costado, el fragmento menor precariamente unido al resto con cinta adhesiva. Con la frase “al mal paso darle prisa” retumbando en su cabeza como un mantra, apresuró el paso hacia la cancha de voley.

Allí estaban sus compañeros, relajados y divertidos de estar fuera del salón. Para Héctor, el efecto del escenario era completamente opuesto. Mientras se llevó a cabo el Pan-Queso-Pan-Queso de rigor antes de la elección de los integrantes de cada equipo, trató de esconderse tras las columnas de cemento. Lo que quería, en realidad, era desaparecer.

La enumeración de apellidos fue separando a todos los chicos en dos grupos. Cuando restaban sólo tres no-elegidos-aún, ya no pudo esconderse. El antepenúltimo seleccionado fue El Gordo; el penúltimo, el querido Tito (que sufría graves secuelas motoras fruto de una meningitis que lo había atacado a poco de nacer). Nadie nombró a Héctor en el último lugar. No hacía falta y a nadie le importaba, menos a él. Lo que no lo hacía sentir menos humillado.

El profesor lo eligió para comenzar el partido; nadie lo haría participar espontáneamente de la rotación de la que él mismo deseaba no formar parte. Se escucharon las risitas entre dientes, los comentarios socarrones de siempre, la burla franca y finalmente la expectativa generalizada frente a la catástrofe anunciada. Fruto de la tensión acumulada y la angustia contenida, la pelota volaría inexorablemente hacia el otro lado del club.

Tal vez fue el incidente de la lente de contacto o el enésimo escarnio público la gota que derramó el vaso. Algunos dicen que en ese momento ciertas condiciones atmosféricas hicieron que la rabia de todos los elegidos-en-último-lugar de todas las épocas y de todas las canchas de todos los deportes del mundo se congregaran como una nube negra en el firmamento. Una brisa siniestra golpeó en la cara de todos como advertencia de lo que iba a ocurrir. Y el silenció se hizo carne en todos.

Las decenas de pelotas esparcidas comenzaron a temblar como si hubieran cobrado vida. Enrojecido y transpirado, Héctor proyectó la primera de ellas al infinito. A continuación el resto se convirtió en proyectiles autoeyectados hacia los rostros de los ágiles, de los triunfadores, de todos los que huían despavoridos.

– ¡Héctor, basta de siesta que tenés que ir a gimnasia! –lo despertó la madre de un grito. La pesadilla comenzaba nuevamente.

La espera

Publicado: 25 marzo, 2011 en Cuentos

En la madrugada del dos de abril de 1982, el conscripto Adrián Dumont, al ser abruptamente despertado en la barraca, halló a sus compañeros rodeándolo, contagiosamente eufóricos, y supo entonces que su vida no volvería a ser la misma.

            Aunque el traslado a la unidad de paracaidistas en Córdoba fue casi inmediato, él estuvo a punto de no integrarlo. El oficial a cargo de la selección ya había reunido la cantidad de jóvenes requeridos, excluyéndolo; sin embargo, la explícita instrucción de que debía enviarse sólo “lo mejor de lo mejor” –y un racismo tácito, muy mal disimulado– lo habían decidido a reemplazar a un morocho enjuto y con el rostro picado de viruela por el rubio y esbelto Adrián.  

            La instrucción se prolongó hasta el comienzo del enfrentamiento en las islas. Fue entonces que una mañana, a la vez fría y soleada, se agrupó a todos los soldados al aire libre, con el objeto de impartirles una charla de “preparación psicológica” para la lucha. Imposible olvidar el rostro de ese hombre, su tez cetrina, sus rasgos duros y angulosos, sus ojos vivaces, su sonrisa socarrona, su tono burlón. El adiestramiento duró cinco minutos, en los cuáles sucintamente se les explicó que, al encargarse del reaprovisionamiento de la primera línea de combatientes, constituirían el primer blanco de los ingleses y por lo tanto debían estar preparados para una muerte próxima.

            La estupefacción y el sopor invadieron la mente de Adrián, quien bajó la vista sin lograr entender completamente lo que acababa de escuchar. Fue entonces que la vio comenzar como una insinuación y crecer progresivamente hasta alcanzar dimensiones ominosas. 

            La sombra era mucho más que un reflejo del gigantesco Hércules que sobrevolaba sus cabezas; el ángel de la muerte planeaba, carroñero, sobre sus víctimas. La oscuridad se desplegó cubriéndolo todo, para luego alejarse, perdiéndose en el horizonte.

            El sonido que había producido fue estruendoso y Adrián no pudo más que cerrar los párpados con mucha fuerza, mientras un sudor frío cubría todo su cuerpo y la sangre se le helaba. Su alma se le escapaba por los poros y un indescriptible vacío lo invadió.

            Esa nada inefable lo acompañaría noche tras noche, durante las siguientes e interminables semanas. Los rumores crecían y una y otra vez anunciaban que a la mañana siguiente se dirigirían a la Patagonia, para alcanzar luego el archipiélago y con éste, el irremediable destino final.

            Así transcurrió cada crepúsculo, en vela y masticando ansiedad. Los breves períodos de sueño eran interrumpidos por la pesadilla recurrente del inmenso pájaro de metal reclamando alimentarse de sus presas. Sin embargo, cada amanecer llevaba consigo el alivio de un nuevo día, sin novedades.

            En poco tiempo, la espera se hizo insoportable. Y Adrián, como el resto de sus compañeros, comenzó a rogar por que la muerte se lo llevara de una buena vez. La sombra que pesaba sobre su espalda entre el sueño y la vigilia, se tornó en amiga y en la única posibilidad de liberación para una existencia de constante sufrimiento.

            El sorpresivo anuncio de acuerdo de cese el fuego por ambas partes, pronto devenido en rendición incondicional argentina, lo dejó impávido. Antes de que pudiera siquiera intentar elaborarlo, le dieron la baja. Una vez en la calle, se encontró con una sociedad reacia a hablar de lo que había pasado. Se supo sin identidad en el reciente conflicto; ni siquiera se lo consideraría un ex-combatiente. Jamás.

            Deambuló entonces por incontables lugares, buscando lo que ya no podría encontrar, aquello que había perdido para siempre. Pensó que el amor sanaría sus heridas e intentó encontrarlo, infructuosamente. Deseó experimentar nuevas sensaciones, ir más allá de lo que conocía. Sin nada que temer y con poco que ganar, insatisfecho, se hundió en la desesperación. Las pesadillas retornaron y la esperanza de mitigar definitivamente el dolor lo sedujo. Y las sombra volvió a cubrirlo, esta vez para cobijarlo amorosamente.

            Cuando despertó en el hospital con sus muñecas vendadas, se sintió dolorido y a la vez confuso, sin poder recordar exactamente qué había hecho. Su padre estaba allí, aquél del cual se había distanciado en el pasado, ya no importaba porqué. Su sonrisa preocupada, por alguna razón, lo confortó.

Un par de días más tarde, el viejo lo llevó a su casa, sin preguntar nada. Durante largas charlas, los recuerdos agridulces dieron lugar a las urgencias del presente. En poco tiempo, una enfermedad terminal iba a hacer que el joven quedara nuevamente huérfano, esta vez de modo definitivo.

El retorno al mismo hospital, aunque desempeñando otro papel, le otorgó a Adrián el espacio necesario para ordenar su mente y sus sentimientos. La lectura y la reflexión hicieron más llevadera la nueva espera. Cuando el momento llegó, no vaciló en cubrir él mismo el rostro del ser que tanto había amado y que había sido tan importante en su vida. 

            Supo entonces a quiénes quería ayudar y en qué circunstancias: a aquéllos que como él habían perdido toda esperanza. Comenzó a estudiar y a trabajar duramente; conoció una mujer y formó una familia. Pasaron décadas y las pesadillas se hicieron cada vez menos frecuentes hasta prácticamente desaparecer. Eventualmente, convertirse en Jefe del Servicio de Oncología fue una consecuencia inercial (y no por esto menos merecida) del rumbo que su existencia había tomado.

            Una mañana, igual a casi todas las demás, Adrián ocupó su consultorio. Rutinariamente se sirvió una taza de café y la rodeó de sus manos tratando de percibir el calor mientras el vapor que emanaba de ella lo embriagaba con su fragancia. Hojeó morosamente la historia clínica que tenía frente a sus ojos. Dolores abdominales frecuentes e ignorados. Hasta que el paciente hubo percibido una dureza mientras se enjabonaba y recién entonces se decidió a actuar. Tarde, muy tarde, por lo que dejaba claro la tomografía.

            El anciano entró tranquilo, muy digno y dueño de sí mismo. Tomó asiento y apoyó a un lado su bastón, el cual tenía empuñadura de plata, meticulosamente labrada, con forma de cabeza de águila. Su cabello, aunque completamente cano, seguía siendo tan abundante como aquella otra mañana de años atrás, aquella diferente a todas las demás. Reconocerlo fue cuestión de segundos para Adrián;  para el militar, en cambio, el médico que tenía enfrente no podía ser vinculado con un joven, uno entre tantos, que había formado parte de su auditorio en una ocasión largamente olvidada.

            Adrián, sin vacilar, habló y habló y habló mientras la cara de su interlocutor iba convirtiéndose en una mueca de horror. Le explicó que moriría pronto, le detalló el deterioro y el dolor por el que debería pasar, se regodeó particularmente en los detalles más humillantes, incluso mientras el muerto en vida, una mera sombra de quien había sido, intentaba inútilmente escapar.

El extraño caso del mezcladito molotov

Publicado: 25 marzo, 2011 en Cuentos

El extraño caso del mezcladito Molotov

El Comisario Tácito era un hombre de pocas palabras. A decir verdad, casi de ninguna. Es por esto que en cada escena del crimen permitía que su ayudante, Parácleto Gómez, diera las explicaciones del caso a los presentes.
–´Ombuzdión ezbondánea. ´Onzizde en el inzendio del ´uerbo de una ´edzona zin una ´uende de inizión ezdedna ´ázilmende idendifigable –dictaminó el oficial, con indisimulada satisfacción, mientras su jefe husmeaba los labios y lo que había sido la delantera de la occisa y recogía una especie de estilete y un encendedor descartable que se hallaban junto al cadáver–.
El cuerpo de la RR.PP. se encontraba despatarrado, cubierto en sangre y con el pecho abierto como para un trasplante cardíaco, tendido en el centro de la pista de la bailanta Maravunta, sita en la periferia de Villa Luzuriaga. Una docena de monos formaban parte de la selvática decoración del antro y desde sus jaulas aturdían a los presentes. Se los veía notoriamente alterados a los monos (los uniformados permanecían tan tranquilos como siempre).
Esa misma mañana, al dirigirse hacia el lugar del hecho en el móvil de la Policía Científica, el Comisario había circulado frente a la palmera y placa que recuerdan la ubicación de la desaparecida Posta de Montero, último aprovisionamiento para diligencias previo a ingresar al Interior durante la Colonia. No siendo creyente (aunque sí profundamente religioso), Tácito se persignaba ante el predio cuando debía cruzar Camino de Cintura.
Sin haber recibido instrucción alguna, Cleto comenzó a repartir tarjetitas de presentación y a distribuir turnos entre los testigos, con el objeto de tomarles declaración más tarde en la sede ubicada en la rotonda de San Justo. El principal sonrió; su adláter lo seguía a sol y a sombra desde que se habían conocido en el colegio agrotécnico salesiano, décadas atrás. Sabía que ya no podía prescindir de él.
Ese mediodía, luego de una parada obligada en el comedor de la institución, Tácito apoyó su mano derecha sobre el marco de la puerta del laboratorio forense mientras se apretaba las aletas de la nariz con la izquierda; nunca ingresaba, pues le revolvía el estómago. El Dr. Doyle comenzó a recitar el informe preliminar, entusiasmado. En líneas generales, se sentía desperdiciado por la mediocridad del crimen suburbano, pero esta vez era diferente.
–A simple vista, el cuerpo se encuentra cubierto de una erupción hemorrágica propia de un virus de la familia Filoviridae y género Filovirus, Subtipo Ébola Zaire. La muerte se produjo por shock hipovolémico por pérdida de sangre. Los resultados del laboratorio tardarán semanas; no la vale la pena esperarlos, esto es definitivo. Ya estoy escribiendo la nota para alertar al Ministerio de Salud Pública. Hay que poner a toda La Matanza en cuarentena.
Tácito sonrió levemente; ya podía ver su nombre en las placas rojinegras de Crónica TV. No era una perspectiva agradable. Sin decir “si te he visto no me acuerdo” giró 180 grados y a los pocos segundos ya se encontraba en la cocina, armándose un sanguche de tres pisos. Según su buen saber y entender, un estómago lleno constituía el camino más prístino hacia la verdad.
Mientras tanto, Cleto tipeaba pacientemente el relato de los testigos. Los carbónicos estaban tan gastados que intentar leer la tercera copia hubiera sido imposible hasta para Indiana Jones. El oficial había presenciado pocas veces una pareja tan variopinta de probables imputados.
Pipi, vocalista de “Los insaciables” –los cuales se encontraban en pleno recital en el momento del incidente–, ex novio de la difunta, la acuso de zoófila con los simios del lugar, recién traídos de África, y remarcó que lo había amenazado de muerte si no volvía con ella esa misma noche. El susodicho tenía tantos tatuajes y piercings en la cara que resultaba virtualmente imposible dejar de mirarlo. Lo que repetía una y otra vez era que la explosión había sido horrible y que nunca la olvidaría en su vida.
Naná, la barwoman y actual novia del cantante, una rubia pizpireta que había visto demasiada televisión, admitió que detestaba a la difunta. Y que no le había arrojado el vaso de “mezcladito” encima sin querer, que había sido una sutil advertencia para que se dejara de joder. Pero que sin embargo desconocía el porqué se le había prendido el pecho a lo bonzo. El mezcladito era inofensivo, aseguró, y sólo levemente combustible. Caso contrario, afirmaba, no hubieran sobrevivido los cientos de clientes que lo habían tomado.
Luego de leer pacientemente los informes en su oficina, Tácito se propuso explorar la hipótesis del mezcladito Molotov y, a tal efecto, se apersonó en la oficina del Dr. Doyle quien estaba terminando de redactar el informe que lo dispararía cual proyectil humano hacia el estrellato forense. En preciso instante entró un joven oficial que preguntó con cierta sorna:
–Doc, puedo llevarme el fiambre del trava a la morgue? –y descontando la respuesta afirmativa empujó unos centímetros la camilla con rueditas en dirección al ascensor. El comentario logró que el forense saliera abruptamente de su ensimismamiento y que su silla giratoria pareciera aún más giratoria, mientras Tácito levantaba su mano derecha, también conocida como “La mano de la justicia”.
El tiempo se detuvo. El silencio se tornó denso, insoportable. El comisario levantó, con la punta de dos dedos, la minifalda escocesa tableada que cubría mínimamente unas robustas piernas de futbolista enfundadas en medias de red. Sus sospechas se vieron confirmadas. Contundentemente confirmadas. Pantagruélicamente confirmadas. Tácito miró reprobadoramente al Dr. Doyle, dispuesto a aplicarle el castigo del silencio. El forense supo que debía justificarse o nunca en su vida volvería a escuchar una palabra de parte de su jefe. Se le venía la noche.
–Es ci-cierto –tartamudeó– ahora que lo pienso, se podría haber albergado alguna sospecha. La sombra de barba, la nuez de adán. Pero bueno, uno tampoco va a ser tan detallista. ..

Fiel a su costumbre, Tácito citó esa misma noche a la pareja implicada y a Cleto en la cocina de la sede. Eran aproximadamente las ocho de la noche. Sentado en un taburete hacía rollitos de pastrón, los cuales masticaba metódicamente. La espera ponía aún más nerviosos a los invitados y era completamente deliberada. Naná estaba perdiendo la paciencia, pero Cleto no vaciló en explicarles la lógica secreta de la mente de un genio.
–El ´omizaguio ez un ´edecdive zen. ´igue el ´amino del ´ao. Engüendra la ´esvuezda ´in ´uzcagla.
Bastó que Tácito balbuceara “picahielo” mientras masticaba el enésimo rollito para que Cleto se apresurara a esposar a Naná. Pipí se cubrió el rostro con ambas manos, sintiéndose descubierto. Nunca olvidaría cómo Naná, durante el tumulto que había ocasionado volcando el mezcladito, había clavado el estilete en ese par de tetas rebosantes de aceite industrial para luego encender la llama que preludiaría un estruendo infernal.

El otro angelito

Publicado: 25 marzo, 2011 en Cuentos

De rodillas, con la cabeza inclinada y los brazos extendidos. Los asistentes al rito concentraron su mirada en el cuerpo inerme del infante, ubicado sobre un altar translúcido improvisado en medio de la bahía de carga. Aunque estático, el párvulo se encontraba vivo. Así lo confirmaban los alertas ojos rasgados, las mejillas redondeadas y rozagantes, el brillo de su tez cobriza y  la vivacidad que de todo este conjunto emanaba.

Como un mantra alienígena, el lamento repetitivo de los oficiantes penetraba a través de los oídos del pequeño y de algún modo incomprensible evitaba que intentara escapar. Uno de ellos, el que en apariencia dirigía el coro, se acercó y dispuso una serie de minúsculos artefactos sobre el niño, quien no sintió dolor aunque de algún modo comprendió que su naturaleza estaba siendo profundamente modificada. Acto seguido, el nuevo ente fue repuesto al  lugar exacto donde había sido encontrado, antes, cuando era otro.

Unos minutos después llegó una mujer, que lloraría amargamente luego de haber gritado y recriminado a sus dioses por largo rato, en cuclillas. Finalmente, agotada, se dejó caer al suelo. Comprendió entonces que su respiración entrecortada y jadeante sobre los fríos labios del cadáver no devolvería el aliento vital a su primer y único hijo, al que había extraviado sólo por un par de horas. El niño, rígido, no entendía la desesperación de  su madre desesperada, ni tampoco porqué no podía moverse o hablar. Menos aún comprendía la estrecha conexión de su mente con la de sus recientes secuestradores. Muy lejos de allí, los oficiantes, aún en trance, veían a través de sus ojos el entorno en el que la situación se desarrollaba, percibían los sentimientos que la rodeaban absorbiendo toda la información que les era posible, descubriendo el dolor en un éxtasis místico.

Cuando Yara se resignó a que nada más podía hacerse, creyendo que su hijo ya no se encontraba allí, lo ubicó sobre unas piedras y se dirigió a la tribu, en busca de otros que la ayudaran a realizar la ceremonia correspondiente que aseguraría su tránsito seguro al otro mundo. La india hubiese preferido llevarse al niño consigo y no abandonarlo a merced de los animales salvajes, pero presintió que debido a su extraña apariencia podía haber sufrido algún tipo de maldición que no deseaba se extendiera entre los suyos. Tuvo tiempo, sin embargo, de tomar un puñado de polvo y esparcirlo sobre su cuerpo. Tiempo de mirar al sol, de invocar al viento, de hablar con las rocas. 

Una lavandera negra que se hallaba a la vera del río color de león, curiosa, había presenciado también el breve duelo, escondida entre unos arbustos. En cuanto Yara se retiró, la esclava se acercó cuerpo sigilosamente y asegurándose de que nadie la viera. Tomó a lo que creyó un muñeco con ambas manos y escapó de allí, sonriente y segura de que éste serviría perfectamente a sus fines.

Lo vistió luego con unos retazos de tela, un remedo del vestido de su ama, a la que tanto odiaba, sentimiento compartido por sus iguales. Pero algo la diferenciaba de ellos; aunque ningún blanco lo supiera la negra era houngan, una sacerdotisa en el lugar donde había nacido. Se dirigió entonces a un prado, donde un pequeño grupo de negros de todas las edades estaba reunido junto al fuego, tocando tambores y danzando. Todos hicieron silencio cuando vieron llegar a Graciana, quien pidió una olla y comenzó a solicitar a los niños allí reunidos que les buscaran los ingredientes más curiosos: tarántulas, huesos, plantas, gusanos, sapos venenosos. Luego dio instrucciones precisas, mostrando ella misma cómo debían tocar los varones los tambores, cómo debían bailar las mujeres a su alrededor, cómo debían ser sacrificados ciertos animales domésticos y que debía hacerse con su sangre durante la ceremonia.

El ritmo de los tambores poco a poco se volvió frenético, al igual que el baile de las mujeres. Había sangre de animales por doquier, vertida en diferentes vasijas. Graciana comenzó a girar, cada vez con más velocidad, revoleando la cabeza. Las fórmulas ininteligibles que todos cantaban dieron lugar dieron lugar a la transpiración y al frenesí, durante el cual ella cayó al piso vomitando espuma, en el centro de una ronda de bailarinas. Luego se levantó y comenzó a ahorcar al cuerpo del infante con un pedacito de soga y finalmente le clavó una astilla de hueso en lugar donde debía estar ubicado el corazón.

Sorpresivamente, el supuesto muñeco comenzó a levitar. Graciana y el resto de los esclavos no daban crédito a sus ojos y salieron corriendo despavoridos, a pesar de que el cuerpo había dejado de flotar pocos segundos después. Cuando volvieron a la casa relataron sólo la última parte de los sucesos. Estaban asustados, pero no tanto como para decir toda la verdad de lo que habían estado haciendo.

La señora no creyó nada de lo que le dijeron, interpretando que estaban tratando de justificar la haraganería de haberse apartado de sus quehaceres. Sin embargo, el vociferante grupo logró sembrar la duda en una vecina, portadora de una pobreza semejante a la de ellos aunque fuera pálida y libre, quien decidió visitar el lugar que habían indicado.

Una vez allí, encontró al muñeco. Y decidió tomarlo, para dárselo a su hijo menor, gravemente enfermo desde hacía unos días, quien lo abrazó con fuerza, volando en fiebre. Lo había llevado en la esperanza de que el niño se alegrara, alejara los malos humores y se mejorara eventualmente.

Pero en la última hora su salud se había deteriorado en forma significativa. El padre no dudó y lo llevó apresuradamente a ver a Estevania, la curandera. La mujer diagnosticó “mal de ollo”. Ya en su choza, la cual era realmente desagradable, llena de telarañas con ratas apareciéndose de tanto en tanto, la bruja enana puso sobre el fuego un enorme recipiente cerámico, tras el cual apenas se le alcanzaban a ver sus ojos bizcos y su puntiagudo sombrero. Colocó en el fondo del recipiente azúcar y cortezas de limón. Y empezó a recitar un encantamiento:

–Mouchos, coruxas, sapos e bruxas. Demos, trasgos e dianhos, espritos das nevoadas veigas. Corvos, pintigas e meigas, feitizos da mancinheiras. Pobres canhotas furadas, fogar dos vermes e alimañas –y mientras recitaba esto, agregaba aguardiente al recipiente

           –Oide, oide! Os ruxidos que dan as que non poden deixar de queimarse no agoardente, quedando así purificadas –puso a continuación en un cucharón sobre un poco de azúcar, le agregó un chorro de aguardiente y lo acercó al fuego que se encontraba en un rincón. El contenido del cucharón comenzó a arder y Estevania lo hacía girar por sobre su cabeza  mientras seguía recitando el conjuro:

           –E cando este brevaxe baixe polas nosas gorxas, quedaremos libres do males da nosa alma e de todo embruxamento – y dicho esto incorporó lo del cucharón al contenido del recipiente, el cual en el acto se encendió y continuó, mientras daba vueltas al líquido, con suavidad y sin tocar el fondo:

           –Oide, Oide! Forzas do ar, terra, mar e lume, a vos fago esta chamada: si e verdade que tendes mais poder que a humana senté, eiqui e agora, facede cos espritos dos amigos que estan fora, participen con nos desta queimada –dio entonces por terminado el conjuro, retiró el azúcar sobrante del fondo del recipiente y apagó el fuego con vino tinto.

Que beba un sorbo de esto y se curará –ella no había terminado de decirlo y ya el padre le había llenado la boca al niño a la fuerza, quien no consiguió tragar el brebaje y a los pocos minutos murió. El hombre intentó entregarle a la vieja una moneda, que ésta rechazó con un ademán, posiblemente enojada por su propia ineficacia.

Al entrar a La Trinidad no se veía foso ni empalizada. No había puertas, ni soldados haciendo guardia. Muchas personas harapientas y pocas ricamente ataviadas iban a buscar agua al río portando vasijas. Contados jinetes dentro de la aldea; escasas carrozas. Unos esclavos que portando una silla de manos conducían a su ama a la iglesia o de visita a algún lado se interpusieron en el camino. El padre detuvo bruscamente la carreta y giró su cabeza para verificar que la maniobra no hubiera perturbado el sueño final de su preciosa carga.

Nubes de polvo se alzaban constantemente nubes de polvo a consecuencia del viento. A lo largo del camino había lodazales, seguramente formados con la lluvia, muchos de ellos verdaderos pantanos. La tierra de las calle estaba floja, removida por animales que circulaban y con huellas de carretas arrastradas por bueyes, que usaban ruedas chirriantes con llantas de madera envueltas en lonjas de cuero crudo. Mientras el carretero avanzaba, vio que algunas se trababan y el conductor debía bajar toda la carga pacientemente hasta poder hacerla avanzar.

Había también cadáveres de animales en descomposición, jaurías de perros cimarrones, caranchos, chimangos, emanaciones odoríficas de aguas servidas y  mosquitos por doquier. Caballos, cerdos y ovejas estaban sueltos, pastando en las calles y huecos y entrando a los templos que tienen sus puertas siempre abiertas. Abundaban los cardales y malezas. Nada de esto le llamó la atención al conductor.

La morada familiar era de barro y paja; el hogar de unos vecinos más afortunados era de adobe, con techo de caña y totora sostenido por palmas del Paraguay. Frente a la plaza las casas principales tenía pocos herrajes y techos de tejas y exteriores blanqueados, aunque casi ningún vidrio.

 La precaria vivienda tenía plantas y frutales y contaba con corral para aves, cerdos y caballos. Una especie de cortina de cuero cerraba la entrada y había un cerco con enredadera a la manera de medianera. El interior carecía de decoración y el mobiliario era prácticamente inexistente. Afortunadamente el Gobernador Diego Marín Negrón se encontraba en Asunción y no podría poner reparos respecto a lo que iba a suceder.

Ambos cuerpos fueron colocados en el lugar más importante del rancho. Como una letanía, los amigos y parientes que rodeaban a los angelitos repitieron la misma oración, una y otra vez hasta el hartazgo, sucediéndose en turnos durante todo el día:

Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum. Benedicta tu in mulieribus et benedictus fructus ventris tui Jesu. Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc et in hora mortis nostrae. Amen.

Esa misma noche comenzó el baile y los juegos festejando que la criatura ya estaba en la gloria de Dios. El padre fue el protagonista, aliviado de tener una boca menos que alimentar. La madre sonreía feliz, teniendo ahora un intercesor puro y directo ante Dios para cuidar del bienestar y la salud de su familia.

Al anochecer del segundo día de alegría el cura se acercó a una distancia de los festejos que consideró prudencial para no ser considerado partícipe de ellos pero a la vez suficiente para que su imagen amonestadora y amenazante generara cierta inquietud. Antes de retirarse, vencido, susurró algo entre dientes:

Pater Noster qui es in coelis. Santificetur nomen tum. Adveniat regnum tuum. Fiat voluntas tua sicut in coelo in terra. Panem nostrum qotidianum da nobis hodie. Et dimitte nobis debita nostra sicut et nos dimittimus debitoribus nostris Et nenos inducas in tentationem, sed libera nos amalo. Amen.

El angelito fue enterrado al amanecer, en pleno campo. Sobre la tierra removida de su tumba recostaron al muñeco. Magistral combinación de óxidos de potasio, aluminio y magnesio; polvos de alabastro y de mármol; caolín y frita vidriosa. Su semblante transmitía la tranquilidad de quien se encuentra ajeno a las circunstancias de nuestra vida.

Cuando todos se retiraron se hizo presente el silencio. Las flores que coronaban la cabeza de porcelana blanda comenzaron a marchitarse. El blanco de la ornamentación fúnebre con la que lo habían vestido se ensució tímidamente, consecuencia de las partículas que el viento le adhería.

Las vacas se espantaron cuando un gran objeto brillante descendió a pocos metros del suelo; si hubiera habido un testigo humano, difícilmente hubiera podido contener las lágrimas al ver al otro incorporarse y ascender hacia los cielos, envuelto en una luz beatífica, con los párpados aún cerrados.

Cuatro

Publicado: 25 marzo, 2011 en Cuentos

“El número 4 está desocupado por el momento. Su antiguo contenido (Filología. Lingüística) ha sido trasladado al 80”. CDU : Clasificación Decimal Universal / Asociación Española de Normalización y Certificación. – 5ª ed. rev. y act. – Madrid : AENOR, 1987, p. [111].

Desde la página casi virgen, la mirada del bibliotecario se deslizó en dirección a la Sala de Lectura Silenciosa. Abrumado, contuvo su respiración por un momento; luego, se quitó delicadamente los quevedos, acompañando el reiterado ejercicio con un prolongado y silencioso suspiro. Mientras tanto, la usuaria leía plácidamente,  sonriendo con picardía, cómplice del texto.    

Él se remitió, con la ciega confianza de los creyentes, al índice alfabético ubicado en las últimas páginas del volumen encuadernado. “Amor (etnología) 392.61”. “Amor (psicología) 159.942”. Las páginas se sucedían veloz e inútilmente, desnudando una insuficiencia, un desequilibrio en el orden de las cosas que clamaba por ser corregido. Profundamente frustrado, tomó el lápiz recién afilado y con determinación comenzó a rasgar la superficie de la p. [111], creando una nueva tabla.  

  1. AMOR
  2. Generalidades sobre el Amor. Teorías, metodología y métodos.
  3. Ciencia del amor. Metafísica y teología amatorias. Matemáticas y Medicina del Amor.
  4. Espiritualidad del Amor. Dogmas amatorios. Economía y Física del Amor.
  5. Sistemas amatorios. Prácticas amatorias. Derecho y Química del Amor.     
  6. Psicología del Amor. Pastoral amatoria. Administración y militarización del Amor. Geología amatoria.
  7. Lógica amatoria. Iglesia del Amor. Previsión y paleontología amatoria.
  8. Moral y Ética del Amor. Historia, Enseñanza y Biología amatorias.
  9. Otros amores. Industria amatoria. Botánica del Amor.
  10. Mitología y cultos del Amor. Etnología, folklore y zoología amatorios.

 

Ella lo interrumpió al apoyar el libro casi frente a sus ojos, agradeciéndole dulcemente. Él levanto la vista, sonrojado, y en silencio la observó mientras se alejaba.