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De escobas y aquelarres

Publicado: 25 marzo, 2011 en Historia

“Provoca un sueño aquel unto, que es un opio de beleño que el demonio les ofrece, de calidad que parece que es verdad lo que fue sueño: pues como el demonio espera solamente en engañar luego las hace soñar a todas de una manera: y así piensan que volando están cuando duermen más, y aunque no vuelan jamás, presumen en despertando que cada una en persona el becerro ha visitado y que todas han paseado los campos de Baraona; siendo así que vive Dios, que se ha visto por momentos durmiendo en sus aposentos untadas a más de dos”. Tomado de Francisco Rojas, “Lo que quería el Marqués de Villana”.

La brujería fue un fenómeno que se extendió por Europa Occidental hasta Polonia, Austria y Dalmacia, desde 1440 hasta el 1700. El número de personas acusadas de hechicería fue de unas 200.000, de las cuales 3/4 partes eran mujeres. En general, mujeres solas y viejas, abandonadas por sus hombres que migraban de las aldeas (o simplemente debido a la menor expectativa de vida que estos tenían). Estas mujeres eran una carga para su pueblo, no tenían trabajo, ni realizaban actividad sexual, ni procreaban. Esta de m s aclarar que era una época de una profunda misoginia, en la que las mujeres eran caracterizadas por muchos intelectuales como crédulas, curiosas, de personalidad impresionable, malignas, proclives a la venganza, charlatanas, etc.

En la sociedad clásica, las nociones de luna, noche y muerte están profundamente asociadas al principio femenino. En muchas lenguas est n relacionadas las palabras luna, mes, muerte, mujer, menstruación. Las divinidades que protegían la magia son femeninas: Diana, Artemisa, Selene, Hécate, Medea, Circe. Durante la mayor parte de la edad media, la existencia de la brujería fue firmemente negada por la Iglesia. Hasta que la Bula “Summis desiderantes affectibus” la reconoció expresamente en 1484; a partir de ese momento negar la existencia de hechiceras constituía herejía. En los procesos llevados a cabo, lo habitual era amenazar a los testigos con torturas, describir los instrumentos que se utilizarían y finalmente mostrarlos. Este sistema obtenía gran éxito entre los examinados, quienes se apresuraban a acusar a sus vecinos para librarse de tan funesto destino. Naturalmente, se confiscaban las propiedades de los condenados, hecho que conjuntamente con los honorarios percibidos por los gastos de tortura y ejecución, completaba el costado económico de la situación.

De qué se acusaba a las brujas ? De montar una escoba o macho cabrío, untarse con unguentos malolientes, volar, copular con el demonio, participar en orgías, blasfemar, negar el credo cristiano, matar infantes y comerlos, metamorfosis varias, incurrir en vampirismo y violación de tumbas, asustar gente, proferir maldiciones, etc. Cómo explicar estas conductas, reales o ficticias?

La antropología considera que la acusación de brujería se produce por la desesperanza, la frustración colectiva frente a hechos de la naturaleza que no se pueden explicar. Algunos autores dan relevancia al uso de estupefacientes, el unguento al que la mayor parte de las fuentes se refiere. Compuesto de plantas de la familia de las solanáceas (belladona, beleño, estramonio, scopelia y mandrágora) producía un estado de somnolencia en el que las brujas soñarían volar y copular con el demonio.

La psicología reconoce en la actualidad una patología determinada, denominada “neurosis demoniaca”, que afecta a mujeres solas que comienzan a sentirse perseguidas por una presencia extraña, lo que en muchos casos les produce una extraña excitación y hasta el hecho de sentirse sexualmente poseídas. Los testigos que acusaban a las hechiceras, (en gran parte niños) habrían sido mitómanos. Desde el psicoanálisis, puede afirmarse que existe una vinculación entre la histeria y la brujería, consistente en que ambos casos la mujer establece una relación especial con el deseo inconsciente de encontrar su identidad, en este caso a través de la excepcionalidad que otorga la condición de bruja.

En tiempos de crisis social, religiosa y económica, la búsqueda de chivos expiatorios de los males públicos se torna imperiosa, y que mejor lugar para encontrarlos que en sectores sin poder de la sociedad. A partir de la ignorancia popular, desde el Estado y la Iglesia se alentó esta locura de la brujería como un medio de suprimir la ola de mesianismo imperante y a la vez aumentar el control social.

Lic. Prof. Héctor Horacio Otero

*. Este artículo es una reformulación de una monografía presentada en 1990 en conjunto con una colega, María de las Nieves Azar, a la cátedra de Historia Moderna de la Carrera de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

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