Archivos de la categoría ‘Mi vida’

¡Calor era el de antes!

Publicado: 25 octubre, 2014 en Mi vida

En una reunión de escuela una madre, supuestamente en nombre de los alumnos, solicita que se instale aire acondicionado en las aulas. Esto me hizo recordar una anécdota que quiero dedicar a mis ex compañeros del Instituto José Manuel Estrada (Entre Ríos y Constitución, CABA). Era marzo del año 1980 y yo cursaba primer año. 1ro “F” era el último curso del turno mañana y nuestro salón era bastante precario, en un primer piso bajo un sol inclemente durante una de las peores olas de calor de las que tenga memoria. Teníamos un profesor de Contabilidad cuyo nombre me gustaría recordar que no importaba cuanto me esforzara nunca me ponía más de 7 en un examen (nota excelente según él) porque nadie podía acercarse a saber lo que él sabía (que hubiera sido el equivalente en su buen saber y entender a poner un 10). El tema es que los varones usabamos blazers de paño, aparte de las camisas abrochadas hasta el último botón y rematadas por una corbata ajustada. Obvio que cuando el calor empezó a ser espantoso, nos sacamos los blazers. Este buen hombre entraba, los parábamos para saludar, y apenas se sentaba nos decía, usando su fino traje de hilo: “Señores, si yo uso el saco, Uds. lo usan también”. Antes de que nos colapsaramos por deshidratación, les juro que estuvimos cerca, el gobierno militar suspendió las clases un par de días en la Capital porque ya no se aguantaba, con o sin saco.

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Nuestras vacaciones

Publicado: 25 marzo, 2011 en Mi vida, Viajes

Hola,

Queria contar un poco de nuestras vacaciones, en la tradicion de la redaccion que se hacia en la primaria titulada “Que hice durante las vacaciones”. Un clasico, no me digan que no.

Para variar, salimos con el auto menos cargado de productos y latas que de costumbre (igual muy cargado de ropa y otros elementos). Tambien lo hicimos a una hora diferente, menos de madrugada, simplemente porque nos quedamos dormidos y no teniamos ganas de poner el despertador y exigirnos.

Una parte de la conexion entre las rutas 2 y 11 estaba en reparacion, con lo cual nos dieron un hermoso panfleto en el que nos querian convencer de que tomaramos la 11 y no la dos. El panfleto, que debe haber costado una fortuna, tenia un error que lo hacia incomprensible. No muy seguros tomamos igual la 11, mientras el resto de la gente tomaba de cualquier manera la dos, porque si el Estado dice blanco, hay que hacer negro. No los estoy criticando, por el contrario, en este pais y con nuestra historia, es la reaccion logica.

Para nuestra sorpresa, no hubo problemas, estaba desierta. Fue gracioso llegar a un tramo que tenia un cartel “Tramo experimental”. Adriana me miro, entre divertida y curiosa. Que querran decir? me pregunto. Yo me tente un poco. Y… que es experimental, capaz que lo pasas, capaz que no, le conteste y agregue: capaz que llegas al lugar a donde ibas… capaz que llegas a cualquier otro lado. En ese sentido, todas nuestras rutas son experimentales.

Llegamos al camping. Peor que el del ano pasado. Nos asignaron una habitacion minuscula que olia horrible. Adriana fue a quejarse y volvio con un ejercito de Poet, mejoro algo la situacion, pero no mucho. Lo que era raro era la sensacion de salir al patio y tener el mar ahi enfrente, nunca me habia pasado. Nos cargabamos diciendo que estabamos en nuestra casa en Malibu. No se porque yo recordaba Beverly Hills 90210, cuando Brandon trabajaba, es una manera de decir, alcanzando toallas en la playa.

Pronto comenzo el tema del tiempo (climatico), del clima (meteorologico). Horripilante. Me daba rabia leer el diario. Entiendo los intereses comerciales y las presiones, pero que luego de una semana de lluvia clarin consultara a la meteorologa de Mar del plata y pusieran una nota de un cuarto de pagina diciendo que todo estaba “normal” y de acuerdo al promedio habitual, era indignate. Hace una decada al menos que veraneo la primera quincena de enero y jamas habia tenido estos problemas. Despues de mas tiempo, bueno, no tuvieron otro remedio que admitir que hubo un clima piojoso.

Pronto nos dimos cuenta que nuestra intencion de que los chicos “socializaran” para que nos estuvieran menos encima era un poco idilica. En primer termino, porque no habia espacios comunes de socializacion (pileta, juegos). En segundo, por la naturaleza de los nenes que veraneaban ahi. Lucio llamo “Gordo” y “Liberen a Willy” a un puber obeso que despues lo queria matar. No estoy queriendo defender al temerario de mi hijo, pero eran un poco violentos los nenes, un poco rusticos en sus juegos.

Al otro dia, gracias a dios, nos dijeron que nos cambiaban de habitacion a una mejor. Otra mudanza, y fueron varias subidas y bajadas de las cosas al auto, vayan contando. Igual, a cada rato no funcionaba el anafe, el inodoro, se cortaba la luz, etc. Se la pasaban de una lado para el otro arreglando permanentemente cosas que no terminaban de funcionar, todo muy trucho.

Yo leia, que otra. Y nos veiamos cada dos o tres dias con nuestros amigos Vivian y Luis y sus hijas Agustina y Vicky. Leia el diario, que para mi frustracion, no tenia notas como el acuerdo con el fondo monetario, el asesinato de maria marta, cromagnon, el tsunami, la guerra del golfo. Que se yo, esas cosas entretenidas que uno sigue con paciencia dia a dia. Titulos truchos? Cesareas innecesarias? Se nota que no tenian cosas que publicar.

Lei El Lago (maso), Las viudas de los jueves (excelente) y empece a leer una novela de detectives en el imperio romano de la que habia leido dos tomos en otros veranos (muy impresionante las cosas que contaban del tema del maltrato a los esclavos, y en este caso en particular, en plena revuelta de espartaco).

Nos tostamos hasta estar rojos como tomates, con el pelo hecho estopa y la cara como una manta de cuadraditos al crochet. No sacamos fotos, estamos varados en el limbo entre lo analogico y lo digital, un espacio sin documentacion.

Trate de aprovechar el mar lo mas posible, cuando no llovia o habia un frio y viento terrible. Los nenes adoptaron a “Huevi”, un huevo transparente marino que podia ser de tortuga o un alga (lo que yo creo), pero que parece que era de caracol. Lo llevaban, lo traian, lo paseaban, lo sacaban, lo mostraban. Algun castillo de arena. Adios dieta, comiamos cualquier cosa.

Mar de ajo esta como siempre, visitamos un par de playas mas, librerias de libros usados, nada del otro mundo. En el cine vimos narnia, yo habia leido el primer libro “El sobrino del mago”, estuvo linda. Me volvi loco tratando de conseguir la revista “Neo” (soy un Neofilo) pero los canillitas me miraban como si estuviera hablando en marciano. El domingo compramos dos diarios; siempre me arrepiento de eso porque me estresso para terminar de leer todo en el dia.

Nueva mudanza al otro camping a tres cuadras. Mas limpio, mas organizado, pero pegado a otras casitas, con una especie de patio de comidas en medio. Parecia Calcuta, siempre lleno de gente, chicos, perros, conversaciones a los gritos, faltaban los monos, los osos bailarines. No me gustan las socializaciones forzadas. A decir verdad, no me gustan las socializaciones, punto.

Pero bueno, hay que poner buena onda. La buena onda que se termino cuando un nene, justo que parecia que se habian hecho amigos de una bandita mas adecuada y que ibamos a empezar a relajarnos, le tiro “sin querer” un palo en la boca a sofia.

Llego a los gritos, con el labio superior roto, el diente flojo, banada en sangre. Caos en Nueva Delhi. Lucio se tapaba los oidos. Yo recuerdo todo en camara lenta, mientras adriana trataba de parar la sangre casi se desmaya. Creo que fue el punto de inflexion en el que decidimos, decidi, que nos volviamos. Ibamos a quedarnos un dia mas que teniamos pago, pero esa noche conversaron a los gritos frente a nuestra ventana a las dos de la manana. Yo estaba sacado pero sali a pedirles que bajaran por favor la voz. Creo que todos estaban muy contentos de que nos fueramos.

Como broche de oro, en el medio del quilombo, olvidamos en la playa dos reposeras, un termo metalico, un frasco de yerba. Los baneros decian no saber nada. La verdad, fue casi gracioso. Fui hasta lo orilla con el baldecito y arroje a “huevi” al mar. Espero que los caracolitos sean felices y se hayan salvado. Ellos estaban en su elemento y nosotros no.

Durante la vuelta, pasamos medio dia en mundo marino. Por enesima vez, cuarta al menos para mi. Los cetaceos nos saludan ya cuando nos ven entrar. Hay un lobo marino gigante que parece de mentira. Lo mejor fue cuando la orca mojo a gran parte del publico. Era como si les dijera “yo estare aca encerrada, pero ustedes son todos unos pelotudos, no se dan cuenta”.

Sin duda no fueron nuestras mejores vacaciones y esperamos haber aprendido cosas para mejorar las proximas. No puedo evitar sentir algo de frustracion, de cualquier modo. La suerte no nos acompano mucho, podian haber sido algo mas livianas.

Hector

De tiburones y caníbales

Publicado: 25 marzo, 2011 en Mi vida, Viajes

Pertenezco a la clase ¼. Esto quiere decir, entre otras cosas, que durante mi infancia el único turismo que disfruté esporádicamente fue el sindical, en la costa bonarerense para ser más preciso. Sin embargo, desde mi televisor blanco y negro que captaba sólo cuatro canales (cinco si hacía buen tiempo -en La Plata, imagino-) nada me impedía soñar. En particular, cuando una pareja con apariencia muy sofisticada filmaba propagandas por el todo el mundo promocionando unos conocidos cigarrillos. Eran paisajes de fantasía, de un exotismo inalcanzable desde mi cotidianeidad. Me maravillaban también los documentales de Jacques Cousteau, a tal grado que jamás me llamo la atención que el traductor tuvieran un acento francés completamente innecesario pero altamente pintoresco. Ya durante mi adolescencia, hubo un breve furor en relación a la película “La laguna azul”. El paraíso polinesio tomaba allí forma de romance y algo de aventura y uno, desde el cine del barrio, vivía por un par de horas otra realidad. Cuando luego de varios años de noviazgo Adriana y yo decidimos casarnos, se presentó una oportunidad única para nuestra luna de miel; como no hacíamos fiesta mi suegro nos regalaba el viaje, estabamos en los albores de la convertibilidad y mi futura mujer trabajaba en una agencia de turismo. Una tarde ella llegó con montones de folletos y una doble propuesta: Disneyworld y el Caribe. Lo primero era lo más sencillo de decidir, quién se puede resistir a Mickey Mouse. Lo segundo era más complejo; el desplegable del barco lo mostraba fastuoso y no pensamos que nos sentiríamos cómodos protagonizando un remedo del “Crucero del amor”. Aunque en realidad lo determinante al desechar la idea fue que la nave ofrecía el acceso libre a cinco restaurantes y luego del esfuerzo de una estricta dieta para estar en forma al momento de la boda, no queríamos echar todo a perder en un par de semanas y volver rodando, cosa que no teníamos la menor duda de que en ese contexto sucedería. Propuse entonces ir a una sola isla y mi mujer lo aceptó con entusiasmo; faltaba decidir a cuál. Había visto recientemente un reportaje a la modelo de las propagadas de cigarrillos de mi niñez, en la que ella contaba de su casa en Saint Thomas. No dudé un segundo y apoyé mi dedo índice sobre un punto del mapa, diciendo entre risas y fingida grandilocuencia: “Lo que es bueno para Claudia Sánchez, es bueno para nosotros. Una vez en Disney, en pleno Animal Kingdom escuchamos a nuestras espaldas una voz inconfundible, única en el mundo: la de Isabel Sarli. Nos dimos vuelta y vimos que “la Coca” se encontraba en el descanso de una entrevista que le hacía, si no me equivoco, Mateyko. Espléndida, con un trajecito blanco, recién repuesta de una operación, nos atrevimos a saludarla y fue amabilísima con nosotros, mostrándose como una persona cálida y de gran sencillez. Debo admitir que también tuvimos allí, en Epcot Center para ser más preciso, una señal de alarma que desestimamos. Durante la proyección de una película en pantalla de 360 grados en el stand de Mongolia, en la que unos caballos salvajes giraban sin cesar, mi flamante esposa se puso verde y no dejó de vomitar el resto del día. Fuimos a una tienda y explicamos lo que pasaba; le diagnosticaron “Motion sickness” (la enfermedad de movimiento) y nos proveyeron de un antiemético muy conocido elaborado en base a dimenhidrinato que se vendía por doquier como si fuese un caramelo de menta. Antes de irnos a la isla visitamos Estudios Universal. Habíamos comprado para aprovechar el cambio favorable una cámara de fotos. Sin embargo, no teníamos filmadora, pero aún así deseabamos llevar algo grabado para agregar a nuestro video de casamiento. Como fanático de “Viaje a las Estrellas”, convencí a Adriana de que se calzara un uniforme rojo y orejas puntiagudas para representar al primer oficial vulcano; fue entonces que nos insertaron en medio de un capítulo, con desmaterialización incluida. A veces, como puede verse, hay maneras delirantes de expresar el amor.

La felicidad, por el contrario, es en cierto punto inefable. Para mí, aún hoy en día, se cristaliza frecuentemente en un recuerdo luminoso. En esta imagen, me encuentro vistiendo una zunga en animal print de distintos tonos del violáceo. Aclaro, desde mi idiosincracia machista y argentina, que fue la única vez que me atreví a ponerme algo así; todo estaba tan bien allí, que absolutamente nada me hubiera podido avergonzar. En mi memoria, estoy recostado en medio de una pileta con agua salada, en un colchón flotante por cuyos intersticios se cuela el agua tibia, que cosquillea mi espalda. En mi mano derecha, mi tercer daikiri. En la izquierda, una novela de bolsillo que recrea la vida en la isla, “No detengan el carnaval “, de Herman Wouk. ¡Y vaya que no quería que se detuviera para mí! El gris de mi oficina se presentaba entonces como parte de un complot internacional para alejarnos a la mayor parte de la gente de la verdadera vida, que estaba allí, rodeándome. Levantaba de vez en cuando mis anteojos negros y veía un cielo de un azul celeste inmaculado. A los cinco minutos, se largaba una llovizna tropical; uno ni atinaba a moverse. Sólo me reía tontamente, tenía sobradas razones para hacerlo. Ya era un nativo más, completamente despreocupado, como los que nos miraban tentados en el aeropuerto, tirados en cualquier lado fumando quien sabe qué, mientras pretendíamos que nos llevaran las valijas. Pronto comprendí que no era desidia sino otra manera de ver la existencia. Que nosotros vivíamos corriendo sin saber hacia dónde y para qué y comprando cosas que nos nos hacen falta. Y que, en cambio, los naturales del lugar nos decían algo así como: “Estabamos cuando ustedes no venían, estamos ahora y estaremos cuando no vengan más; y cada vez que haya un nuevo huracán que se lleve todo, comenzaremos nuevamente, como lo hemos hecho siempre, porque lo que en realidad se necesita es muy poco”. Cuando volviera, ni yo lo iba a creer. Lástima no poder documentar tanto placer, pensaba mientras hojeaba un diario local. Hasta que leí el aviso que decía algo así como: “Crucero a isla desierta, incluye filmación submarina”. Instantáneamente comencé a imaginar el relato en off apretádome la nariz que escucharían nuestros amigos y familiares: “Hemos llegado con el Calypso a la noche del calamagggg….” Era muy cara la excursión, pero bueno, sólo se vive una vez; todavía no teníamos conciencia de que, ya en casa, el resúmen de la tarjeta de crédito, en vez de decir “Hoja 1 de 2” iba a decir “Sobre 1 de 2”. A la mañana siguiente llegamos en una camionetita a la que estaba considerada una de las diez playas más bellas del mundo; doy fe de que aunque inverificable, la estimación era, sin dudas, altamente probable. Nuestros compañeros de travesía eran de Brooklyn, tan apasionados (incluso para nuestro standard mielero) que se nos figuraron prejuiciosamente como amantes, aunque en el frío trato con nosotros se verificaba absolutamente el estereotipo sajón, al igual que en el caso del Capitán del pequeño yate, a la vez conductor-azafata-improvisado cineasta, todo en uno. El Capitán nos vino a buscar en un botecito con motor fuera de borda. Aunque mi mujer había tomado con la anticipación necesaria la dichosa pastilla contra los mareos, empezó a vomitar casi de inmediato, mientras el nos mostraba el paisaje diciendo “Allí tiene una casa Steven Spilberg, en aquel lado Magic Johnson…” A Adriana le importaba muy poco, lo único que quería era pisar tierra firme y luego de un buen rato, así se lo hice saber a nuestro anfitrión. Me ofreció llevarnos a una isla cercana, mientras la otra pareja seguía atiborrándose de cerveza y comiendo sandwichitos, sin demostrar demasiada solidaridad. Nos advirtió que debíamos descender de la lancha antes de llegar a tierra firme pues ésta si se acercaba demasiado podría encallar. Nos bajamos con el agua a la altura de la cintura y nuestras cosas elevándolas con nuestros brazos en alto. Creí escucharle decir que tuvieramos cuidado con los… tiburones. Tratabamos de correr pero el oleaje no nos dejaba, hasta que nos tumbó mojando todas nuestras pertenencias, inclusive la nueva cámara de fotos, que alcanzó a tomar alguna antes de expirar y quedar colgando, escurriéndose, de la rama de una palmera, mientras estabamos tirados en la playa exhaustos, Era el mediodía y el sol era implacable. Trataba de mantenerme tranquilo pero recordaba que el yate podría irse y nadie sabría dónde estabamos. Realmente era como la laguna azul; incluso me adentré en la selva y encontré una especie de altar con cenizas. ¡Zaz! Nos faltaban los caníbales, cartón lleno. Como mi mujer se sentía mejor, hicimos señas para que nos vinieran a buscar. Al retirarnos, el capitán dio vueltas a toda velocidad para que se saliera el agua de la lancha, por lo que mi esposa ya estaba descompuesta nuevamente al volver a bordo. Les pregunté cuanto faltaba para llegar. “Ya llegamos” fue la respuesta. Adriana se dio vuelta y sin decir palabra se tiró al agua y volvió nadando a la isla, que se encontraba a gran distancia. Todos me miraban como un aguafiestas, mientras subía mis hombros y ponía cara de feliz cumpleaños. Preocupado e imaginando un rescate en helicóptero, el capitán se acercó y me pidió que le avisara –con señas- a mi mujer que la excursión había acabado, que así no tenía gracia, que compensaría a nuestros compañeros de periplo otro día. Adriana volvió nadando y al llegar al borde del yate, la filmación la muestra preguntando, completamente dispuesta a dar media vuelta y seguir braceando: ¿Nos vamos?. Para las fiestas de Diciembre, durante los años siguientes, recibíamos una tarjeta de felicitación de parte del Capitán. No se si es mi imaginación, pero tengo la imagen de mi esposa teniendo arcadas mientras las sacaba del sobre y rápidamente las colocaba en una ramita bien escondida del árbol de Navidad.

Vacaciones en Córdoba

Publicado: 25 marzo, 2011 en Mi vida, Viajes

La verdad, que le roben a uno el auto un 27 de diciembre a la tarde trae aparejado algunos inconvenientes, sobre todo cuando quedan dos días hábiles (en realidad, sólo uno, en tanto el viernes 29 era no laborable en muchos ámbitos) antes de una andanada de feriados y cuando uno tiene todo listo para partir en la madrugada del 2 de enero.

Como dicen los sajones, para hacer corta una historia larga (y evitar dar detalles de cosas tristes) salimos a las 0 hs. con un auto prestado. Una hora más tarde nos tuvimos que retornar del Camino del Buen Ayre porque producía contraexplosiones (no me pregunten que es eso). A las 2 hs. volvimos a salir con otro auto prestado y 14 horas más tarde llegabamos al complejo Flor Serrana, cerca de Tanti, en el valle de Punilla.

En la vida todo (o casi todo) es relativo. La cabaña de la que disfrutamos (es una manera de decir) en la costa el año pasado era tan horripilante que la nueva, lejos de ser un palacio, nos pareció fantástica. El servicio es más o menos; una pareja para atender once cabañas, por más que tenga alguna mano adicional de vez en cuando, es muy poco.

El paisaje de estas sierras es muy bonito, aunque un tanto monótono, y el verde luce algo reseco. Los nenes, en particular Lucio, se la pasaron chiveando entre la pileta y un laguito artificial. Había mucho espacio para correr, jugar y explorar.

Al no disponer de un auto propio en buen estado, expresar una opinión con alguna pretensión de objetividad respecto a este destino turístico es casi imposible. Únicamente fuimos a una excursión de cinco horas caminando para llegar y volver de la cascada Los Chorrillos; no conocimos ninguna otra playa o arroyo y esto es atípico, por lo que me cuenta la gente que visita frecuentemente Córdoba.

El clima, por segundo año consecutivo, no nos acompañó. Sofía estuvo dos o tres días con los Scouts en San Esteban y si bien no se quejó, dice que nos extrañó mucho y que no esta segura si va a repetir la experiencia en el futuro.

Disfruté leyendo “El curandero del amor” de Washington Cucurto y “Diario de una mujer gorda” (no recuerdo el autor, pero me reí mucho con ambos). Luego llevamos a cabo un clásico nuestro; visita a librería de viejo para comprar novelas de detectives ingleses. Un hallazgo Elizabeth George; compramos tres novelones.

Villa Carlos es una hermosa ciudad, en particular rodeando el lago y en algunos barrios específicos. El centro está atestado de gente; es más lindo ver todas sus luces encendidas a la distancia.

Comimos muchísimas cosas que no debíamos, como era previsible.

En síntesis, la pasamos bastante bien, teniendo en cuenta las circunstancias previas y algún berrinche que otro de los nenes que siempre nos hacen renegar.

Acerca de las vacaciones

Publicado: 25 marzo, 2011 en Mi vida

La realidad es una ilusión. Y las familias son un montaje, en particular en las vacaciones cuando de golpe tienen que convivir 24 hs. diarias. No lo digo en un mal sentido. Mi familia no es peor que la del vecino de cabaña de vacaciones en Tanti que hablaba todo el día a los gritos por celular con su oficina, tratando de que no se le cayera no se que cuenta y cerraba las conversaciones con un santo y seña management “Colaboración y control” (me imagino los empleados cagados de risa frente a la pizza, el televisor y con las patas sobre el escritorio) mientras su mujer anoréxica trataba de tostarse (con pálidos resultados) y el hijo le decía al resto de los nenes que él era “multimillonario”.
A veces me engaño creyendo que si me fuera un mes completo de vacaciones sería mejor, pero a los diez días no nos aguantábamos entre nosotros, por lógica. Mi mujer quiere recorrer en auto y ver paisajes, mi hija estar entretenida, mi hijo ser libre y que lo acepten sus pares, yo sólo leer y descansar. Son intereses que más temprano que tarde entran en conflicto. En tanto se acercan a la preadolescencia, más compleja se torna la logística para estructurar el precario montaje. Y más pronto se derrumba.
Y sin embargo, el año que viene me gustaría irme a Las Grutas, a ver si sale mejor esta vez. A ver si se puede conformar a todos ;-D
Porque la esperanza es lo último que se pierde, como dijo alguien alguna vez. Verdad?

Nerd Voley

Publicado: 25 marzo, 2011 en Cuentos, Mi vida

El ardor era insoportable. La lente de contacto se había deslizado hacia los confines del párpado.

Héctor la había roto esa misma mañana al enjuagarla entre las yemas de sus dedos con un entusiasmo digno de mejor causa. Minutos más tarde comenzaba la caminata hacia el campo de deportes de la escuela, tal cual lo hacía dos tardes a la semana. Sólo que esta vez todo se veía diferente, fuera de foco. Luego de entrar al edificio se dirigió rápidamente a un baño. Le quedaban pocos minutos antes de que comenzara la clase de Educación Física.  Había tenido una idea. La lente no se había rajado al medio como en otras oportunidades. Apenas le faltaba un pedacito en un costado. Las había usado rayadas, con hongos, con proteínas sin remover. Incluso al revés, durante algunos segundos. ¿Por qué no casi enteras? Se tranquilizó pensando que una dosis extra de solución salina compensaría cualquier problema.

El baño era tan pequeño que, cuando él comenzó a sacudirse espasmódicamente frente al espejo, no pudo evitar rebotar sucesivamente entre en las dos paredes restantes y la puerta entreabierta. Mientras saltaba y aullaba, con el pulgar y el índice buscaba frenéticamente librarse del tormento. Pero era inútil, sentía como si tratara de arrancarse la pupila.

Cuando el adolescente había perdido toda esperanza, la lente dadivosamente se entregó. Abrió entonces la canilla del agua intentando refrescar su ojo maltrecho. Pese a la paciencia con la que realizó la operación, no se produjo una mejora notoria en relación su aspecto. El globo ocular derecho estaba lleno de derrames, tras una película de lágrimas brillantes. Más grande y redondeado que su compañero.

Con el día arruinado antes de siquiera comenzar, resopló, resignado. Metió la mano en su bolso, con desgano y retiró unos enormes anteojos fondo-de-sifón con marco de carey. El cristal izquierdo estaba roto en un costado, el fragmento menor precariamente unido al resto con cinta adhesiva. Con la frase “al mal paso darle prisa” retumbando en su cabeza como un mantra, apresuró el paso hacia la cancha de voley.

Allí estaban sus compañeros, relajados y divertidos de estar fuera del salón. Para Héctor, el efecto del escenario era completamente opuesto. Mientras se llevó a cabo el Pan-Queso-Pan-Queso de rigor antes de la elección de los integrantes de cada equipo, trató de esconderse tras las columnas de cemento. Lo que quería, en realidad, era desaparecer.

La enumeración de apellidos fue separando a todos los chicos en dos grupos. Cuando restaban sólo tres no-elegidos-aún, ya no pudo esconderse. El antepenúltimo seleccionado fue El Gordo; el penúltimo, el querido Tito (que sufría graves secuelas motoras fruto de una meningitis que lo había atacado a poco de nacer). Nadie nombró a Héctor en el último lugar. No hacía falta y a nadie le importaba, menos a él. Lo que no lo hacía sentir menos humillado.

El profesor lo eligió para comenzar el partido; nadie lo haría participar espontáneamente de la rotación de la que él mismo deseaba no formar parte. Se escucharon las risitas entre dientes, los comentarios socarrones de siempre, la burla franca y finalmente la expectativa generalizada frente a la catástrofe anunciada. Fruto de la tensión acumulada y la angustia contenida, la pelota volaría inexorablemente hacia el otro lado del club.

Tal vez fue el incidente de la lente de contacto o el enésimo escarnio público la gota que derramó el vaso. Algunos dicen que en ese momento ciertas condiciones atmosféricas hicieron que la rabia de todos los elegidos-en-último-lugar de todas las épocas y de todas las canchas de todos los deportes del mundo se congregaran como una nube negra en el firmamento. Una brisa siniestra golpeó en la cara de todos como advertencia de lo que iba a ocurrir. Y el silenció se hizo carne en todos.

Las decenas de pelotas esparcidas comenzaron a temblar como si hubieran cobrado vida. Enrojecido y transpirado, Héctor proyectó la primera de ellas al infinito. A continuación el resto se convirtió en proyectiles autoeyectados hacia los rostros de los ágiles, de los triunfadores, de todos los que huían despavoridos.

– ¡Héctor, basta de siesta que tenés que ir a gimnasia! –lo despertó la madre de un grito. La pesadilla comenzaba nuevamente.

10 momentos felices en mi vida

Publicado: 24 marzo, 2011 en Mi vida
El orden es al azar:
Cuando me nombraron abanderado en 1er año de la secundaria
Cuando fui a bailar por primera vez
Cuando consegui mi primer trabajo
Cuando conocí a mi mujer
Cuando me recibí de profesor
Cuando me fui de luna de miel
Cuando compramos nuestra casa
Cuando fui a New York
Cuando volví a ver el mar por primera vez a través de los ojos de mis hijos
Cuando me publicaron mi primer libro