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Toby

Publicado: 24 marzo, 2011 en Cuentos infantiles, Terror

Esta historia me la contó mi tío y me dijo que le pasó a un amigo del vecino de un primo suyo y que es verdadera. Es sobre una familia que había ido a cenar cerca del puerto.

Cuando estas personas salieron del restaurante era muy tarde a la noche y estaba completamente oscuro. Los chicos fueron los primeros en ver al perrito y acariciarlo.

-Pobrecito –dijo la nena.

-Debe estar perdido –agregó el hermanito.

-Es un Yorkshire Terrier –aclaró el papá.

-¡Pero está tan sucio y se ve hambriento! –se lamentó la mamá mientras lo alzaba en brazos. Buscaron por todo el estacionamiento, pero los dueños no estaban allí. Así decidieron adoptarlo y lo subieron al auto. Los nenes lo llevaron en el asiento de atrás. Era muy juguetón y movedizo y lo bautizaron Toby.

Llegaron a su casa y el ovejero alemán que tenían se puso muy celoso, así que hubo que atarlo en el jardín, mientras el nuevo integrante de la familia comía alegremente. A Toby le prepararon un colchoncito en el lavadero y le dieron las buenas noches con un beso.

A la medianoche comenzó una tormenta fuerte y ruidosa. El papá creyó escuchar además sonidos extraños, así que se levantó de la cama y bajó la escalera despacio. Cuando prendió la luz  vio algo horroroso: había manchas de sangre por todos lados. El ovejero se había soltado de la correa y estaba agonizando con el cuello muy lastimado. Toby se había escapado hacia el patio.

Inmediatamente llamó por teléfono al veterinario, disculpándose por la hora. La mamá y los chicos también se despertaron pero no se animaban a acercarse a Toby porque se veía muy nervioso.

El veterinario llegó y atendió al ovejero rápidamente. Pero se puso blanco como una hoja cuando vio a Toby. Salió a buscar algo a su auto, volvió con una jaula y lo encerró ahí.

Luego le dijo a todos, nadie entendía nada de lo que pasaba, que Toby no era un perro. Que debía haber bajado de algún barco. Que era una rata asiática.

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Segunda oportunidad

Publicado: 24 marzo, 2011 en Terror

“Provoca un sueño aquel unto, que es un opio de beleño que el demonio les ofrece, de calidad que parece que es verdad lo que fue sueño: pues como el demonio espera solamente en engañar luego las hace soñar a todas de una manera: y así piensan que volando están cuando duermen más, y aunque no vuelan jamás, presumen en despertando que cada una en persona el becerro ha visitado y que todas han paseado los campos de Baraona; siendo así que vive Dios, que se ha visto por momentos durmiendo en sus aposentos untadas a más de dos”. Tomado de Francisco Rojas, “Lo que quería el Marqués de Villana”.

La luz del sol me  lastima los ojos. Casi no he salido a la cubierta del Finis Terrae durante toda la travesía. La  noche es mi lugar, la luna mi testigo.

La llegada a la La Trinidad ha sido dificultosa. Los pobladores me han mirado con curiosidad y algo de miedo.  Una forastera, anciana y solitaria, despierta habladurías inmediatamente. De cualquier modo han sido muy amables al leer mis cartas de presentación y documentos. Han creído ingenuamente mis explicaciones fútiles, mi justificaciones para arribar a este puerto. O tal vez, en el fondo, no les interesan mis razones.

 Me han indicado una choza abandonada donde puedo quedarme. No siendo mujer principal (como si algún grande de España pudiera estar interesado en venir a este villorrio en el fin del mundo) soy invisible a los ojos de quienes han encarado la aventura de arriesgar sus vidas por la posibilidad de ”valer más”.  Y creen que seré, tal vez, una mano útil para acarrear bultos o realizar otras tareas mecánicas que les están prohibidas por ser consideradas serviles. Que pena que yo tenga mis propios planes.

            Dejo mi bolsa, la que contiene hierbas diversas, sobre una mesa muy rústica. A pesar del sol me dirijo hacia la vera del río, donde hay varias mujeres negras lavando ropa. Inicio conversación con una de ellas y obtengo valiosos datos, acerca de su esclavitud, de su sometimiento, de los abusos que sufren. Luego decido conocer la aldea.

No hay fosos, empalizadas, puertas ni centinelas. Se ve gente de todas las condiciones sociales yendo a buscar agua al río con vasijas  Algunos jinetes dentro de la ciudad, pocas carretas, unos pocos peatones. No hay carrozas; lo mas lujoso es ver una silla  de manos en la cual unos esclavos conducen a su ama a la iglesia o de visita a algún lado. El viento alza constantemente nubes de polvo, aunque en muchos lugares hay lodazales, seguramente formados con la lluvia, muchos de ellos verdaderos pantanos. La tierra de las calles está floja, removida por animales que circulan y con huellas de carretas arrastradas por bueyes, que usan ruedas chirriantes con llantas de madera envueltas en lonjas de cuero crudo.  Mientras camino veo que algunas se traban y el conductor debe bajar toda la carga pacientemente hasta poder hacerla avanzar. Hay también cadáveres de animales en descomposición, jaurías de perros cimarrones, caranchos, chimangos, emanaciones odoríficas de aguas servidas y  mosquitos por doquier. Caballos, cerdos y ovejas estan sueltos, pastando en las calles y huecos y entrando a los templos que tienen sus puertas siempre abiertas. Abundan los cardales y malezas.

Los ranchos son de barro y paja, salvo algunos mejores que son de adobe, techados con caña y totora sostenidos por palmas del Paraguay contra las que peligrosamente chocan las cabezas de los jinetes y carreteros.  Se ven pocos herrajes y techos de tejas y exteriores blanqueados, casi ningún vidrio. Las precarias viviendas tienen plantas y frutales y cuentan con corral para aves, cerdos y caballos; muchas de ellas tienen una especie de cortina de cuero cerrando las entradas y cercos con enredaderas a la manera de medianeras.  Puede verse que la gente alegra el interior de las moradas con flores y vegetación, tratando de suplir la falta de decoración y el mobiliario escaso.

El Gobernador  Diego Marín Negrón se encuentra en Asunción. Recuerdo cuando estaban preparando los autos de fe en Zugarramurdi, 20.000 personas chillando por sangre, como chacales. A duras penas llegan aquí a los ochocientos; tal vez Asunción hubiera sido un destino más agradable. Pero el macho cabrío sabe lo que hace.

Esta gente ofreció un triste espectáculo apenas llegué. Los moradores de La Trinidad han sucumbido a un vicio abominable, la costumbre de tomar mate. El gobernador cree que tomar mate hace a los hombres holgazanes, que es total ruina de la tierra y  como su penetración es tan grande, teme que no se podrá quitar si Dios no lo hace y en tal sentido han sido inútiles los bandos o las cartas informándole a Su Majestad el Rey.

 Debería Su Excelencia dejarse de preocupar;  estoy a punto de resolver este problema. Pronto todos tendrán jaquecas, vómitos, dolor de estómago, erupciones. El begizko les quitará las ganas de sorber agua caliente sin hervir.  Akerra sabe lo que hace, La Trinidad tiene futuro. Cabildo, dos alcaldes y seis regidores, más funcionarios especiales; todos bajo control del Consejo de Indias, del Virrey del Perú, de la Audiencia de Charcas.

            Mi paseo se ha prolongado hasta el anochecer. Sabbath, Sabbath, digo para mis adentros y contemplo la majestad de la luna llena. Apresuro el paso para poder preparar mi brebaje antes de la medianoche, el momento en el cual la lavandera me ha indicado se desarrollará el quilombo. Lástima que no he encontrado cuevas por aquí para el encuentro; aparentemente hay túneles pero no me ha sido develada aún su ubicación. El éjido servirá de cualquier modo para la fiesta, para convocar a los oprimidos, a mis nuevas hermanas y hermanos de color, para que volemos en formación con destino a  su liberación. 

            Qué placer haber engañado a los inquisidores entregándoles a la pobre infeliz que me reemplazó y ardió en llamas. Creyeron poder terminar conmigo. Y aquí estoy, en un nuevo comienzo, en la que será la capital de un imperio imaginario. Mandrágora, belladona y opio silvestre.  Sólo eso y podremos untarnos. Sólo eso y nuestras escobas para que el unto penetre profundamente en nuestro ser. Sólo eso y esta vez no fallaré.